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¿Un nuevo Trump?

El presidente de EE UU es un egocéntrico narcisista, un sabelotodo arrogante que se proclama como el mejor en cualquier tema

Donald Trump, durante su primer discurso en el Congreso.
Donald Trump, durante su primer discurso en el Congreso. EPA

En su discurso ante el Congreso el pasado martes, Donald Trump se transfiguró mágicamente en un estadista y lució “presidencial” por vez primera. Ofreció algo para cada miembro de la sociedad: nueva infraestructura, un millón de empleos, licencia pagada de maternidad, rebaja del altísimo costo de los medicamentos, educación especial para estudiantes con dificultades, derrota del “radicalismo islámico” y, todo esto, en unidad, sin odio y en pro del resurgimiento de la nación. ¿Fue esto una real transformación o simplemente una lectura bien ensayada de un discurso escrito para él y proyectado en una pantalla? En todo caso, sus propuestas claves no cambiaron, solo su tono; un buen discurso de una hora no puede borrar 20 meses de incesantes trompicones.

Poco después que Trump anunció su candidatura en junio de 2015, escribí una declaración con Enrique Krauze, firmada por 68 destacados intelectuales, académicos y artistas hispanos, en que criticábamos las ideas del magnate y pronosticábamos los efectos desastrosos de sus ideas (fue publicada en EL PAÍS). Hubo algún académico prestigioso que rehusó firmar la declaración pues creía que la candidatura del payaso se evaporaría con rapidez (lo mismo ocurrió con Hitler). Con 43 días en el poder, EE UU y el mundo ya sufren el efecto devastador de sus dislates.

Trump es un egocéntrico narcisista, un sabelotodo arrogante que se proclama como el mejor en cualquier tema (se autocalificó con un “sobresaliente por su desempeño”); por ello no se asesora e improvisa creando el caos. De inicio dijo que deportaría a once millones de “indocumentados” mexicanos. En febrero decretó que no podrían entrar en EE UU personas de siete países islámicos, ninguno de los cuales ha enviado terroristas. Esta orden creó problemas masivos en aeropuertos en todo el mundo, a residentes norteamericanos se les impidió la entrada, hubo que improvisar medidas para aliviar la hecatombe; por suerte un tribunal distrital anuló la orden ejecutiva, y Trump lo denigró como “supuestos jueces”.

Otro rasgo siniestro es su racismo y xenofobia: contra los mexicanos e hispanos, las mujeres (“con mi poder puedo agarrarlas por sus genitales”), los musulmanes, los judíos, los gais. Tachó de injusto (por ser mexicano) al juez nacido en EEUU que aprobó la demanda contra la Universidad Trump; negó que eso fuese racismo y pagó 25 millones de dólares a los desfalcados, para frenar la propagación del escándalo. Los efectos de su discriminación han sido horrendos: ataques a mexicanos, asesinato de un ingeniero indio tomado por musulmán al grito de “vete de mi país”, detención en un aeropuerto de Muhammad Alí hijo, interrogado por su nombre árabe y religión (los guardias negaron esto); la resurrección del supremacismo blanco y del Ku Klux Klan que descaradamente lo apoyan, la proliferación de suásticas nazis, las amenazas de bomba a 53 sinagogas y la profanación de un centenar de cementerios judíos, el ataque a una pareja de gais porque “ahora viven en el país de Trump”. Su lema, América primero, fue usado por los estadounidenses nazis durante la II Guerra Mundial. Reaccionando a la pregunta de un rabino exclamó: “Soy el menos antisemita en el mundo” y a pesar de su trato abominable de los latinos aseguró que ellos lo adoran. Aunque en su discurso denunció esos ataques, los mismos han sido incitados por su retórica de intolerancia, división y odio.

Otro rasgo siniestro es su racismo y xenofobia: contra mexicanos, hispanos, mujeres, musulmanes, judíos y gais

Trump es un mentiroso patológico: Obama no nació en EE UU, los tres millones de votos con que le superó Hilary fueron fraudulentos, la asistencia de público a su inauguración fue la mayor en la historia del país y también superior a la masiva demostración de mujeres que protestaban contra él; su consejera Kellyanne Conway inventó una masacre en Bowlling Green para justificar las deportaciones. Todo falso. Un lapso freudiano es su constante latiguillo “créanme”. Remembranza de 1984 es su orwelliana construcción de “hechos alternativos”, una triquiñuela para negar la verdad. Denuncia las filtraciones a la prensa por funcionarios como un crimen que hay que erradicar e insinúa que Obama ha sido responsable de ello. Detestable es su alabanza a Putin como un dirigente fuerte; al amonestarle que el autócrata ruso es un asesino, que anexó Crimea y sueña con retomar Georgia, dio la excusa de que EE UU “no son inocentes”. Pidió al FBI que detuviese la investigación sobre sus relaciones con Rusia, únicamente basado en su palabra: “Hace un decenio que no hablo con Rusia,” otro embuste ya que conversó con Putin tras su inauguración y estuvo en Moscú en 2013. Michael Flynn, su consejero de seguridad nacional, dimitió al descubrirse que mintió de haber conversado con el embajador ruso en EE UU; otro tanto hizo el Fiscal Federal Jeff Sessions. Si de verdad Trump no es culpable, ¿por qué le teme tanto a esa investigación?

Peor aún es su autoritarismo y ataque irascible contra toda crítica aunque sea documentada. Al inicio de la campaña electoral rehusó contestar una pregunta del periodista mexicano Jorge Ramos y lo expulsó del recinto de forma violenta. En su primera conferencia presidencial con la prensa, denegó la palabra a representantes de medios de comunicación críticos como The New York Times o CNN, acusándoles de “fabricar noticias” (¡qué ironía!) y ser “enemigos del pueblo americano”. Posteriormente les impidió la entrada a dichas conferencias, algo nunca visto en EEUU. También descalifica a sus oponentes: tildó de “perdedor” al héroe de la guerra de Vietnam John McCain por haber sido capturado, mientras que él evadió el servicio militar con una argucia; imitó burlonamente a un periodista discapacitado por una pregunta molesta, y se burló de la brillante Meryl Streep (20 veces nominada al Oscar), diciendo que es la actriz más “sobrevaluada” de Hollywood.

Desde el inicio prometió construir un muro “fantástico” en la frontera con México que pondrá fin a la entrada de “criminales, drogadictos y violadores”, denigrando a los inmigrantes mexicanos que juegan un papel económico crucial en los EEUU. El muro costará al menos 20.000 millones de dólares y no detendrá la inmigración pues ella mayormente ocurre por vía aérea. Tozudamente, Trump ha afirmado muchas veces que México pagará por el muro, algo negado con firmeza por el presidente Peña Nieto y dos expresidentes mexicanos. Cambiando de táctica, Trump dice que financiará el muro con un impuesto del 25% a todas las importaciones de México, lo cual provocará una política similar del vecino. En su discurso ante el Congreso anunció una legislación para proteger a “las víctimas de los inmigrantes”. Peña Nieto ha afirmado rotundamente que no aceptará a los deportados en base a una decisión unilateral de EE UU.

Es asombroso que los congresistas republicanos le permitan estos desatinos, que van en contra de sus creencias neoliberales

La ciega furia republicana contra el Obamacare fue exacerbada por Trump con su llamado a “abrogar y reemplazar”. Dos días antes de su discurso dijo que “nadie sabía lo complicado que es la atención sanitaria”; en realidad él es quien lo ignoraba, a diferencia de Obama y decenas de miles de expertos a los que Trump desoyó. Hay 22 millones de ciudadanos cubiertos por el plan de sanidad asequible y no hay idea si continuarán cubiertos y cómo. En su discurso pretendió ofrecer algo nuevo asegurando que los que tengan una enfermedad crónica previa tendrán que ser cubiertos, algo que ya está en la ley que él desconoce.

Una de sus primeras acciones fue anular el tratado de comercio transpacífico, creando un vacío que rápidamente está llenando China; a esta la provocó con su anuncio que fortalecería los lazos con Taiwan, abandonando la política estadounidense desde Nixon de una sola China (luego intentó deshacer el entuerto). Se propone renegociar o anular el tratado de comercio de América del Norte, lo cual provocaría una grave crisis en México, la segunda economía latinoamericana y el principal socio comercial de EE UU y eso podría desestabilizar la región.

Su último desvarío es aumentar el presupuesto de defensa en 53.000 millones de dólares, recortando por esa suma a programas vitales como la protección del ambiente y la ayuda internacional; aunque ha prometido que no tocará la seguridad social, hay temor de que la privatice. Además, reducirá los impuestos, beneficiando al 1% más rico de la población, algo que apoya con entusiasmo su gabinete de multimillonarios. Cuando a la rebaja impositiva se unen 20.000 millones del muro y un billón en infraestructura, el déficit presupuestario se disparará. En su discurso ante el Congreso no explicó cómo se financiará su gran visión del futuro, solo dijo que “el dinero está entrando a chorros”.

Es asombroso que los congresistas republicanos le permitan estos desatinos, que van en contra de sus creencias neoliberales, como la libertad de comercio, el equilibrio del presupuesto y la reducción de la deuda pública, así como el riesgo del creciente poderío ruso y de la expansión china. Pero no importa, ellos estaban regocijados, levantándose y aplaudiendo el discurso de Trump. Detrás de él vendrá el diluvio.

Carmelo Mesa-Lago es catedrático distinguido emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh.

 

 

 

 

 

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