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Indignante

Cuando los manuales de periodismo quieran enseñar en el futuro cómo se hace una entrevista venenosa no profesional, pueden mostrar la que le hizo el domingo Jordi Évole a Juan Luis Cebrián. Con su carita de niño bueno aparentaba que sólo quería conocer los hechos; pero lo que J. É. pretendía era desprestigiar al presidente de un grupo de comunicación de la competencia y, de paso, al mismo medio, quizá por discrepancia en la actitud hacia un determinado grupo partidista. Eso se llama juego sucio. Convertía sus opiniones, legítimas pero discutibles, en hechos incontrovertidos. J. É., o quien mande en él, podría actuar igual “contra” el dueño de la COPE, de Antena 3, La Sexta, de Telecinco, de La Razón, etc. Y transformar sus opiniones en hechos, sobre todo si pueden poner de manifiesto contradicciones personales de dichos dueños. Leo EL PAÍS desde el 4 de mayo de 1976 ininterrumpidamente. Llevaba y sigo llevando bajo el brazo con orgullo el diario EL PAÍS. ¿De dónde se saca J. É. que ya no se lleva con orgullo? Quizá se refiera a sus amigos, cuyas vicisitudes, malas y buenas, narra el diario. Leer EL PAÍS no significa estar de acuerdo con todo lo que en él se escribe, sino estar bien informado pues distingue entre datos e interpretación. Es una desgracia que J. É. dirija el foco —es menos relevante el que lo haga con intención sana o con mala intención— hacia el periodismo, y no hacia los hechos de la sociedad. Mirarse el ombligo, mejor dicho, el ombligo del vecino, que siempre esconde algo sucio. De imparcialidad, nada; de objetividad, tampoco, J.É., metiste la pata. J. É., ¿o fue otro quien la metió?— Ramón Almela Pérez. Murcia.

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