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Alarma nacional británica por la salsa Marmite

Los bancos y empresas pueden trasladar operaciones fuera del Reino Unido, pero con el desayuno no se juega

Una tostada con Marmite.
Una tostada con Marmite. REUTERS

Con la tranquilidad que da un segundo apellido como el que figura sobre estas líneas, y mientras en casa preparamos el té de las cinco, me permitirán que me ría de las siguientes cosas: las sandalias con calcetines, los enchufes trifásicos que hay que comprar en Boots en cuanto uno aterriza en Londres y la conducción al revés. Si los burócratas de Bruselas no pudieron con todo eso y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte logró mantener imperturbables sus millas, sus libras, sus onzas, sus pintas, sus fish&chips y su moqueta en el baño mientras el continente seguía su camino hacia la universalidad, ¿por qué el Brexit nos habría de extrañar?

A todos los símbolos que les hacen y harán diferentes, además, se ha unido estos días el Marmite, esa salsa pastosa y negra conseguida a partir de levadura de cerveza que ha desatado un antes y un después en la percepción del Brexit por parte del pueblo británico.

No importa aquí que buena parte de la humanidad considere el Marmite agrio e incluso repugnante, sino que es un símbolo de britanidad tan definido como la pasta de cacahuete lo es de la americanidad o el chop suey de la cultura china. Fabricado por Unilever (empresa británico-holandesa), su desaparición de los estantes de la cadena de supermercados Tesco desató la alarma nacional-culinaria en las islas. Ante el encarecimiento de materias primas debido al desplome de la libra, Unilever subió su precio y Tesco lo retiró. A nadie pareció importarle demasiado la desaparición de los helados Ben&Jerry, los jabones Dove o el detergente Persil, el traslado de programas bancarios al exterior o la búsqueda de plantas para construir futuros modelos de coche en cualquier otro lugar de la UE. Pero con la salsa Marmite no se juega.

El escándalo fue tal en las redes que ambas partes llegaron a un acuerdo urgente para calmar las aguas y que la pasta volviera al desayuno. Pero la batalla solo ha empezado, porque de fondo hay una pugna entre proveedores y comercios por decidir quién paga el coste del Brexit.

El escritor Frederick Forsyth cuenta en sus memorias cómo en Málaga aprendió a torear y conoció el amor en brazos de una condesa alemana que tarareaba una canción nazi durante el coito (sic). Aquello fue en los años cuarenta y luego nunca dejó de venir a España, especialmente a Barcelona, Puerto Banús y la Costa del Sol, que conoce bien y disfruta mejor. Lo contaba hace pocos días a EL PAÍS con una pasión para narrar sus viajes que solo se venía abajo en cuanto se tocaba el Brexit.

Hay cientos de miles de británicos que frecuentan España como Forsyth y millones de ocasiones en que ese gran país ha demostrado su capacidad de aunar integración e identidad. Pero si nadie ha podido hasta ahora con el Marmite y la moqueta en el baño es porque la razón allí no siempre asiste al corazón. Palabra de (medio) british.

 

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