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Elogio a los pequeños mineros

La minería a pequeña escala no es una maldición. Por el contrario, crea puestos de trabajo en algunos de los lugares más pobres de la tierra

Joseph Bado es un minero de oro a pequeña escala en la ciudad costamarfileña de Angovia. Ver fotogalería
Joseph Bado es un minero de oro a pequeña escala en la ciudad costamarfileña de Angovia.
Angovia (Costa de Marfil)

A las afueras de la ciudad de Angovia, en el oeste de Costa de Marfil, Joseph Bado se encorva sobre una pila de piedra veteada de oro que pulveriza con un martillo. Bado, que ronda los 35 años, nació en una aldea agrícola del centro del país. Frustrado por los magros ingresos que le producían los sembrados de cacao, en 2003 decidió emigrar y hacerse minero. Sus viajes lo llevaron a la vecina Ghana y a Mali antes de volver a Costa de Marfil, en 2013, atraído por la naciente expansión del oro en su país. “En el cacao puedes trabajar años sin obtener nada. Ni siquiera te da para comer”, se lamenta Bado.

Los asentamientos mineros informales como el de Angovia, una serie de colinas salpicadas de inmundos refugios cubiertos con lona impermeable y perforadas por profundos hoyos, han ido surgiendo inesperadamente en años recientes en este país de África occidental. Durante muchos años, el destino económico de Costa de Marfil estuvo ligado a la agricultura. Tras la independencia, en 1960, se convirtió en el mayor productor mundial de cacao. Pocos prestaban mucha atención a los tesoros que pudieran esconderse en su suelo de color ocre.

Pero la fuerte caída del precio del cacao y la subida del de los minerales han dado pie a una fuerte expansión de la minería artesanal. El Gobierno calcula que ahora hay unos 500.000 mineros de oro a pequeña escala, cuando a principios de siglo no había prácticamente ninguno.

Costa de Marfil ha sido uno de los últimos en sumarse a la fiesta de la minería africana, casi cuando la música estaba a punto de apagarse. Pero en todo el continente se ha producido un enorme aumento de la minería a pequeña escala. El Banco Mundial calcula que el número de mineros artesanales en África ha aumentado de unos 10 millones en 1999 a posiblemente 30 millones en la actualidad. Entre los minerales que extraen con sus rudimentarias herramientas están el oro, los diamantes y las esmeraldas.

La suciedad y la inmundicia de Angovia tal vez no la hagan muy atractiva a primera vista. Pero los investigadores están llegando a la conclusión de que la minería a pequeña escala podría ofrecer una vía más atractiva para salir de la pobreza que la agricultura o la emigración a megaciudades ya de por sí saturadas. En Tanzania, por ejemplo, la liberalización en la década de 1980 de la antes pobre economía socialista ayudó a desencadenar el espectacular crecimiento de las ciudades situadas en las regiones auríferas y esmeralderas del país.

En la ciudad tanzana de Kahama, en otro tiempo un somnoliento puesto comercial fronterizo, la población se ha triplicado con creces en los últimos 15 años, hasta rondar los 250.000 habitantes, según las autoridades municipales. Una mina industrial que inició la explotación comercial en 2009 ha aportado puestos de trabajo e infraestructuras, pero los lugareños afirman que la minería del oro a pequeña escala es la que ha impulsado el crecimiento explosivo de la ciudad. Actualmente, presume con orgullo el alcalde, hay diez bancos, 40 gasolineras y más de 300 casas de huéspedes.

Para muchos Gobiernos y organismos benéficos para el desarrollo, las ciudades de minería informal son la definición misma de lo insostenible: sucias, desorganizadas y con poblaciones pasajeras. La mayoría de los mineros trabajan en la clandestinidad, ya que no tienen licencias legales para excavar. Las condiciones laborales son, en general, malas. Muchachos, y en ocasiones niños, descienden por una cuerda hasta una endeble galería a 60 metros de profundidad. Los accidentes mortales son frecuentes y también es común el uso de mercurio, un contaminante, para extraer el oro.

Las minas artesanales proporcionan 10 veces más puestos de trabajo que las industriales

Algunas de las minas informales sostienen a asesinos. Muchas milicias de la anárquica región oriental de la República Democrática del Congo se financian al menos en parte con los ingresos obtenidos de la minería ilegal. Algunas ciudades, como Angovia, han sido testigos de actos de violencia entre los recién llegados y los residentes anteriores. Y en ocasiones pueden estallar conflictos con las empresas mineras oficiales. Anglogold Ashanti, una compañía minera sudafricana, ha declarado que sus planes de invertir en la rehabilitación de la mina ghanesa de Obuasi, una de las más antiguas de África, están paralizados desde que los mineros ilegales la invadieron a principios de año.

Los Gobiernos han respondido al aumento de los asentamientos mineros ilegales de dos formas. Una, expulsando a los mineros. El Gobierno de Costa de Marfil, por ejemplo, afirma haber cerrado más de 280 minas ilegales desde el pasado año. Sin embargo, lo normal es que los Gobiernos y los organismos de ayuda finjan que estas nuevas poblaciones mineras no existen. Los carteles de Naciones Unidas y de distintas ONG que jalonan muchas carreteras rurales de África brillan por su ausencia cuando el escenario cambia de los verdes campos a las minas.

Ambas respuestas son erróneas. La minería a pequeña escala no es una maldición. Por el contrario, crea puestos de trabajo en algunos de los lugares más pobres de la tierra. En todo el mundo, las minas artesanales proporcionan aproximadamente 10 veces más puestos de trabajo que las industriales. Es más, las pequeñas ciudades mineras se ven menos afectadas por los ciclos de expansión y contracción de las materias primas que las que dependen de la inversión de capital a gran escala. Las grandes empresas mineras extranjeras tienden a retirarse rápidamente cuando los mercados retroceden, mientras que los pequeños mineros locales tienden a seguir cavando. Además, los pequeños mineros tienden a gastar sus ingresos localmente. En el centro de Mozambique, por ejemplo, la creciente legalización, a lo largo de una década, de la minería de oro antes ilegal ha fomentado el renacimiento de la actividad agropecuaria en muchas aldeas, así como un auge de la construcción y el comercio.

Los Gobiernos que permiten a los mineros legalizar sus explotaciones obtienen varias ventajas. Pueden vigilar mejor las condiciones de trabajo y medioambientales, y recaudar millones de dólares en impuestos que de otro modo no se pagarían. A cambio, a veces ofrecen a los mineros servicios básicos como agua y alcantarillado.

Otros organismos aportan también su granito de arena. El Banco Mundial colabora con el Banco Africano de Desarrollo para poner la información geológica a disposición de los mineros africanos. El Gobierno de Estados Unidos y la Comisión Europea financian proyectos para ayudar a los mineros a obtener equipamiento avanzado. Algunos recuerdan que la minería a pequeña escala ya ha sido motor de desarrollo con anterioridad. Entre otras cosas, creó las ciudades de San Francisco, Johannesburgo y Melbourne.

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