Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Bernard Dadié, la biblioteca ambulante

Bernard Dadié, la biblioteca ambulante

El escritor Josué Guebo se adelanta para abrir la puerta, discreta, metálica, inserta en un muro igual de discreto junto al INSAAC, el Instituto Nacional de las Bellas Artes de Abiyán. Estamos a pocos pasos del edificio custodiado por una estatua del mítico Ernesto Djédjé, el rey del ziglibiti, y en pleno Cocody, barrio pijo de la capital económica marfileña. Josué nos guía para atravesar una casa amplia, llena de recuerdos, cuadros, libros, objetos de arte y homenajes. Una casa amplia que huele a desinfectante y pescado frito y que desemboca en un patio amable, herboso, donde se sienta una biblioteca ambulante de cien años: Bernard Dadié.

Bernard Dadié casi se sumerge en su sillón color verde desvaído, de hueso frágil, muy delgado, con sus gafas de pasta negra y su camisa de paño en tonos marrón. Aunque se va achicando físicamente por esas mutaciones de la edad, su leyenda le dibuja un halo alrededor de la cabeza canosa y compensa su progresivo empequeñecimiento corporal agrandándole el aura, la fuerza interior, todo lo que impone respeto.

¿Ya se ha dicho que cumple un siglo en este año que vivimos a su sombra? ¿Y que aparenta quizás 70 primaveras?

Bernard Dadié según Lola Huete Machado

"Bueno, les quiero agradecer la visita y bienvenidos en primer lugar", comienza a hablar cuando nos sentamos junto a él. Su médico nos avisa de que es preferible no excederse de los veinte minutos de entrevista. Su salud es delicada y puede agotarse, advierte educadamente, mientras nos reciben y saludan algunos de sus hijos y amigos. Disponen algo para picar y refrescos en una mesa contigua. Y se figura una que es algo habitual: la casa Dadié siempre parece estar abierta a las buenas conversaciones y las noticias del exterior. También a los trinos de los pájaros, el susurro de las hojas, el rumor de la lluvia: el guirigay del trocito de naturaleza que le queda entre los muros y que tan bien supo poner su propietario por escrito.

La anciana leyenda ya abandonó la escritura, aunque le acaban de conceder un premio Unesco envuelto en un homenaje que le ha rescatado del olvido. Queda poco más que él de los padres de las letras africanas y lo cierto es que intimida encararse con un siglo de historia hecho carne, cana y arruga. "Me gustó el premio de la Unesco, porque me creía un poco fuera de mi propio país", afirma con sencillez. "Pero cuando ese premio llegó de México, la gente que vi en mi homenaje el pasado 11 de febrero, me tranquilizó".

Dadié procede de Assinie, una zona costera paradisíaca en la ruta hacia Ghana. Su padre era sindicalista, agricultor y miembro del Partido Democrático de Costa de Marfil (PDCI). Su tío, granjero en Bingerville, la antigua capital de Costa de Marfil tras el abandono de Bassam, se convirtió en otra referencia moral para él. Ambos le inculcaron el amor por la comunidad, la familia y la tradición y sentaron las bases filosóficas de su obra.

"Lo que hacemos ahora es la continuación de lo que hicimos ayer", precisa suavemente esta concreta mañana de marzo en que le visitamos. "No podemos hablar de hoy sin tener un pie en el ayer". Y su ayer queda muy lejos, como se encarga de recordarnos. "Salí de la escuela en el 36 y en el 37 mi jefe me dijo que iría a prisión. Le pregunté por qué y me dijo que mi manera de hablar me metería en la cárcel. En aquellos tiempos había ciudadanos franceses libres y nosotros, sujetos franceses", rememora.

Dadié estudió en Bassam y Bingerville durante los tiempos de la colonia y se convirtió en escritor en Senegal, a través del teatro. Allí también militó en el periodismo haciéndose un hueco en las páginas de Le Réveil, un rotativo vinculado a la Asamblea Democrática Africana (RDA). Apuntaló la negritud, como Senghor, y también la independencia de su país. Pasó por prisión, como predecía su jefe, en 1950. Alllí escribió un cuaderno de rebelión panafricana. Posteriormente, ya libre, creó el Círculo Cultural y Folclórico de Costa de Marfil en 1953. Ese año, publicó su primera novela, Climbié, que se desarrolla en una sociedad rural de su país. Con la independencia, otorgada en 1960, sigue escribiendo y añade a sus obligaciones el servir a los marfileños y sus causas como ministro de Asuntos Culturales entre 1977 y 1986. Publica Un Négre à Paris (1959), Patron de New York (1964) y La Ville ou nul ne meurt (1968) y crea las crónicas, un nuevo género de la literatura africana. Su nombre se engrandece con sus poemas Dans tes yeux y Je vous remercie, mon Dieu, dos himnos enamorados de su piel y su identidad.

Bernard Dadié se hizo escritor cuando su país sufría el control directo y abierto de Francia. Básicamente -dice- para dejar su huella en el futuro, expresarse y evitar el castigo por ello. Explica que quería dejar impreso para las generaciones futuras que el mundo es grande y que nuestros actos tienen consecuencias que no podemos imaginar. También que lo importante son las relaciones humanas y de confianza entre personas, independientemente del color de su piel. "Usted es blanca, yo soy negro, ¿dónde está la diferencia? Una nariz y una nariz. Dos ojos y dos ojos", y va señalando con un dedo largo y tostado, masticando, sin dientes ya, las palabras.

Muy activo cultural y políticamente, apoyó al régimen del expresidente Laurent Gbagbo en la crisis de hace cinco años aunque le costara más de un disgusto. Hoy prefiere bucear en la memoria de los años de la colonia, recibir amigos y admiradores, admitir homenajes y agasajos tardíos. "Antes leía todos los periódicos, veía la televisión y oía la radio. Veía la evolución de la cosas. Escuchaba unos y otros discursos. Paré porque no puedes escuchar sin tener la tentación de escribir y se me pasó la edad de escribir", constata sencillamente.

Sus amigos y su familia lo arropan, junto a una mesa cubierta con sus publicaciones: un auténtico abanico de posibilidades, desde el ensayo al teatro pasando por novela, poesía y crónicas. Libros que casi parecen ajenos a él, varados en la mesa, amorosamente dispuestos por quienes guardan su legado, independientes ya de sus manos. Él, Bernard Dadié, se limita a quedarse con lo simple, disfrutar de los placeres más sencillos, agradecer la visita y tender otro puente humano con nuevos conocidos. Sus allegados recogerán después a esos hijos adultos en papel, que llevan años vagando libres por el mundo. Todavía no hablan español y se dejan apreciar por los visitantes, curiosos y expectantes, dispuestos a una nueva aventura.

Je vous remercie mon Dieu,

de m’avoir créé Noir,
d’avoir fait de moi
la somme de toutes les douleurs,
mis sur ma tête,
le Monde.
J’ai la livrée du Centaure
Et je porte le Monde depuis le premier matin.

Le blanc est une couleur de circonstance
Le noir, la couleur de tous les jours
Et je porte le Monde depuis le premier soir.

Je suis content
de la forme de ma tête
faite pour porter le Monde,
Satisfait
de la forme de mon nez
Qui doit humer tout le vent du Monde,
Heureux
de la forme de mes jambes
Prêtes à courir toutes les étapes du Monde.

Je vous remercie mon Dieu, de m’avoir créé Noir,
d’avoir fait de moi,
la somme de toutes les douleurs.
Trente-six épées ont transpercé mon coeur.
Trente-six brasiers ont brûlé mon corps.
Et mon sang sur tous les calvaires a rougi la neige,
Et mon sang à tous les levants a rougi la nature.

Je suis quand même
Content de porter le Monde,
Content de mes bras courts
de mes bras longs
de l’épaisseur de mes lèvres.

Je vous remercie mon Dieu, de m’avoir créé Noir,
Je porte le Monde depuis l’aube des temps
Et mon rire sur le Monde,
dans la nuit
crée le jour.