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Puro teatro

El llamado poder cultural liquida todo lo que no tenga la etiqueta de oficial o rebase los bordes programados

Carta de la semana: Puro teatro
Al hilo de la entrevista al actor Israel Elejalde (‘El País Semanal’, 21-2-2016), pienso que es tan repetido el desprecio a los creadores del teatro en España que hace insostenible cualquier aportación renovadora a la interpretación escénica. El llamado poder cultural liquida todo lo que no tenga la etiqueta de oficial o rebase los bordes programados a mayor gloria de una suficiente cuantía de votos para permanecer. Si la verdadera cultura se aventura al riesgo a pesar de los límites y a la búsqueda de la libertad, nunca irá de la mano del poder por muy cultural que se apellide.
Gaspar García Fernández. Madrid

Divas de siempre
El reportaje sobre Sílvia Pérez Cruz (El País Semanal, 14-2-2016) me ha recordado de inmediato a mis tres amores: Marisol (La vida es una tómbola), Penélope Cruz (La niña de tus ojos) y Sílvia Pérez Cruz (todo y todos sus matices)… Amores platónicos, nacidos en el flechazo. El mejor modo de amar, en la distancia, sin compromisos ni rupturas. Solo a través de la admiración. Amores cuya referencia siempre ha sido una exigencia en mis amores de proximidad. Toda una ventaja que he vivido y continúo viviendo.
Jaume Rodriguez Enrich. Igualada (Barcelona)

Pecados y penitencias
Acierta de nuevo Javier Marías en su artículo Sin exigencias del pasado 21 de febrero. Pero puesto que en él alude al penoso catecismo católico, recupero yo el cínico “en el pecado llevan la penitencia” al constatar la dureza de esa fe inaudita que priva a millones de musulmanes de tres placeres máximos que nosotros disfrutamos, a saber: el vino, los desnudos y esa maravilla de la naturaleza que es el cerdo. Graves castigos. Estragos de las religiones.
Alfonso Caparrós Valderrama. Rincón de la Victoria (Málaga)

Prohibiciones
Mi admiración por Javier Marías no me ha impedido reflexionar (perdón por el atrevimiento) sobre la última parte de su artículo Sin exigencias (El País Semanal, 21-2-2016). Sin duda todos tenemos libertad para declinar una invitación si nuestros anfitriones nos prohíben fumar en su casa; sin embargo, ¿rechazaríamos la misma invitación a un restaurante, cine, teatro o concierto de orquesta sinfónica a sabiendas de no poder echar un pitillo (aunque en esos lugares no seamos los dueños)? ¿Podemos comparar el humo de un cigarro, puro o pipa, con el “daño” que nuestros invitados nos causen por beberse una ­botella de vino (o de whisky, si les place)? Creo que no prohibiría a un invitado fumar en mi casa (como fumador, le acompañaría) y mucho menos le obligaría a hacerlo (ya lo haría yo por él), pero jamás rechazaría una invitación por una exigencia que no me cuesta admitir justificada.
José V. Rodríguez Conejo.Monforte de Lemos (Lugo)

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