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La ‘mirada divertida’ de Canal +

Fue saludable, y se constituyó pronto en algo más que una televisión: fue un modo de ver, de ser, de estar en la vida

Una imagen de los guiñoles de Canal Plus.
Una imagen de los guiñoles de Canal Plus.

La influencia que Canal + ha ejercido durante 26 años sobre la estética española, y no solo sobre la estética televisiva, debe quedar registrada entre los hallazgos positivos de la cultura de este tiempo. Trajo frescura y novedad y mantuvo el pulso de su propio desafío.

Esa aventura partió de un importante riesgo empresarial, pues asumir que la gente iba a pagar por ver la tele era como creer en pajaritos pintados; pero los promotores, los mismos que pusieron en marcha este periódico hará pronto 40 años, creyeron que era tiempo de aventuras y consideraron un reto superar la resistencia gubernamental de entonces a concederles un canal abierto.

Es curioso: teniendo en las manos un canal cerrado esos promotores lo convirtieron en una ventana por la que entró todo el aire del mundo. Por decirlo con una frase que repitió entonces (y después) su primer director, Juan Cueto, Canal + lanzó “una mirada divertida” sobre el mundo.

Una mirada diversa, y creativa, por la que entró lo que se hacía por esos mundos y lo que se hacía en este mundo. Era 1990, esta democracia estaba a medio hacer (sigue a medio hacer) y de veras no había terminado del todo la Transición, que sigue, ay, sin terminarse; contribuyó con modos desenfadados (y también serios) a hacer este país menos barbudo y solemne; como aquellos Beatles que arrojaban lo viejo por el retrete del tren (en Qué noche la del aquel día), el Plus destruyó esa cara de palo de la que presumimos los españoles coléricos y sentados.

A la gente le hizo gracia (y le irritó, para qué nos vamos a engañar) que hubiera que usar una llave para entrar en esa casa nueva, pero se afilió pronto a su estética porque permitió una forma nueva de ver el cine, el fútbol, de contemplar las invenciones estéticas o científicas, de ver cine codificado; buscó animar a que la gente se riera de sí misma y de sus políticos; esos monstruos risueños que fueron los guiñoles ayudaron, como otras secciones del Plus, a quitarle caspa y solemnidad a la vida española.

La cortinilla que lo separaba de las cadenas generalistas, cuando el Plus emitía en codificado, dejó de ser una frontera antipática y se convirtió en una manera de ofrecer premio por ver lo que había detrás de ese nuevo fielato de la televisión. Fue saludable, y se constituyó pronto en algo más que una televisión: fue un modo de ver, de ser, de estar en la vida. Ayudó al cine y a las artes, le dio camino a muchos creadores para airear en esos espacios sus propias invenciones.

Ahora Canal +, que debe su nombre a la franquicia francesa de la que proviene, ha pasado a llamarse #0, el hastag del guarismo inaugural; a su frente, ahora en Telefónica, siguen responsables de aquella mirada que sobre la tele, la cultura y la vida fijó Canal +, de modo que puede decirse que la leyenda continúa. Celebrar que ha existido es celebrar también que siga entre nosotros el espíritu divertido con el que nació.

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