Los hábitos o por qué los Beatles alcanzaron la excelencia

En 1960 los Beatles era un grupo de rock como tantos otros. Tocaban en Liverpool, su ciudad natal, pero tuvieron una oportunidad que les cambió su vida: fueron invitados a tocar en Indra, un strip-club de Hamburgo. La única peculiaridad que tenía dicho club era que cada función debía durar ocho horas, lo que significa que tenían que estar continuamente tocando y explorando nuevas formas de hacer sonar sus instrumentos. Durante el año y medio que fueron a Hamburgo actuaron 270 noches, lo que equivale a más de mil doscientas horas de concierto, cifra que no alcanza la mayoría de los grupos musicales en toda su carrera. De ese modo, cuando saltaron a la fama en 1964 llevaban una larga trayectoria sobre sus espaldas, como recoge Malcolm Gladwell. Esta es otra de las claves del talento: la tenacidad y la práctica que convierte lo difícil en un hábito y nos ayuda a conseguir la maestría en algo. Así lo demuestra también la neurociencia.
Uno de los niveles más significativos del aprendizaje es la creación de hábitos. Gracias a ellos, conseguimos que nuestro cerebro ahorre energía y de ese modo, somos capaces de realizar, al mismo tiempo, diferentes tareas (el ser humano no puede manejar más de cuatro conceptos/tareas a la vez y si una de las tareas es nueva, solo se puede compaginar con tres inconscientes o ya conocidas). Si no, pensemos cuando aprendimos a conducir. Los primeros días nuestra concentración solo está puesta en el cambio de marchas o en las reglas en las que nos han insistido en la autoescuela. Después de un tiempo, ni somos conscientes de cuándo cambiamos la marcha y lo que es más interesante, mientras conducimos, podemos ir pensando además en otras cosas. Todo ello se logra a través de una nueva agrupación neuronal. Cuando se analiza la formación de un hábito en nuestro cerebro, se comprueba que es una agrupación de neuronas que necesita de varios elementos. Por un parte, una intención, un deseo, que en realidad es fruto de una necesidad, como hemos dicho antes. Cuando todo ello ocurre, nuestras neuronas se aproximan gracias a la dilatación de las células de Schwann que recubren el axón. Sin embargo, lo que permite que dicha agrupación tenga consistencia es la repetición en el tiempo. Cada vez que repetimos una acción, como conducir, nuestras neuronas van desprendiendo vainas de mielina que ayudan a que dicha agrupación se afiance con fuerza. Pues bien, en la actualidad se sigue estudiando el número de veces que necesitamos repetir una acción para convertirla en hábito. Se habla de veintiún días para hábitos sencillos como la práctica de algunos deportes, por ejemplo. Sin embargo, para hábitos más complejos como cambiar una actitud o desarrollar algunas habilidades, se necesita más tiempo, en torno a 24 semanas mínimo.
Si regresamos al ejemplo de los Beatles, para llegar a alcanzar un nivel elevado de maestría es necesario repetición y repetición. Gardner habló de la regla de los diez años y Gladwell de las 10.000 horas. La repetición va tendiendo las autopistas en nuestro cerebro para que se produzcan las conexiones neuronales y la creación de hábitos. Sin embargo, para que la repetición tenga éxito se necesita una fuerza de voluntad que habita debajo de cualquier cambio de hábito. La fuerza de voluntad es un músculo que se entrena, que nos permite seguir adelante a pesar de las frustraciones y que contribuye a la plasticidad de nuestro cerebro.
En definitiva, si deseamos mejorar nuestro talento, tenemos por tanto que ser persistentes y disponer de la fuerza de voluntad para continuar, como le ocurrió a los Beatles y a todas las personas con resultados extraordinarios.
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