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Ser padre en país rico

Un diario personal desde España sobre la odisea de los mil primeros días de vida y la experiencia de la paternidad

Un paseo reciente, con la hija rondando los mil días. Ampliar foto
Un paseo reciente, con la hija rondando los mil días.

1. La concepción: cuestión de elección; motivo de trauma para muchos

La primera vez que me lo preguntaron me sorprendió: “¿Y lo estabais buscando?”. Aparte de tratarse de una cuestión bastante indiscreta, la respuesta parece obvia: cómo no. Tras haber pasado toda la vida envuelto en anticonceptivos, cuando uno deja de usarlos, pasados los 30, viviendo en pareja y con trabajo más o menos estable normalmente es porque va a por lo que va. O al menos, sabe a lo que se enfrenta. Lo llaman planificación familiar. Los hijos, en España, son en gran medida una cuestión de elección. Seres deseados y ultraesperados sobre los que, como poco, se ha pensado y debatido antes de que cobren vida. Quizá demasiado. Si no, tendríamos muchos más y mucho antes. Y no cuando la edad empieza a hacerte barrabasadas. Ahí están las estadísticas. La decisión se dilata por muchos motivos: porque no hay forma de juntar plata para alimentar una boca más; porque da miedo poner trabas a la trayectoria profesional; porque uno quiere seguir viajando; o vivir sin ataduras; o porque no tiene con quién (aunque eso, hoy, tampoco es un problema). El caso es que llega un punto en el que, o te pones a ello, o has de callar para siempre. Y entonces comienzan los dramas del primer mundo. Otra de las preguntas indiscretas frecuentes suele ser: "¿Os ha costado mucho?". Por cada historia de un nuevo embarazo de un amigo suele llegar al menos otra de alguien a quien le “está costando”. Los años no perdonan. Nosotros decidimos el momento, sí. Pero la espera tiene un coste. En la pirámide de población. En las arcas de la Seguridad Social. Y en las facturas de las clínicas de fertilidad. Recuerdo el día en que una buena amiga me mostró el abdomen, amoratado y lleno de pinchazos del tratamiento hormonal al que se estaba sometiendo. Recuerdo también su rostro de ansiedad porque ya había pasado los 35 y su caso no tenía buen pronóstico. Hoy, gracias a la ciencia y la perseverancia, luce una tripa prominente de embarazada. Me puedo imaginar su cara cada vez que le preguntan: “¿Lo estabas buscando?”.

2. El día en que te enteras

Como uno siempre se pone en lo peor, y piensa, por ejemplo, que sus espermatozoides van a resultar pobres y enclenques, el día en que el famoso predictor da positivo suele cogerte desprevenido. Te quedas mudo. Pasas un par de días sin articular palabra. Por supuesto, hay un segundo test para confirmar. Y una primera visita al ginecólogo para que no quede duda. Todo esto suele suceder en el segundo mes de embarazo. Hasta entonces, vives en la inopia. Preocupado porque tu compañera muestra un cansancio inusitado, se duerme en cualquier sitio, a cualquier hora, y asegura que algo de la comida le ha debido de sentar mal porque nota un revoltijo inusual en el estómago. En la primera cita al médico uno ve el chispazo de vida en su forma primigenia, un punto similar a un renacuajo pálido que late a toda velocidad, como un impulso eléctrico, ahí en el monitor de la ecografía.

3. La primera foto

Algunos nos perdemos esa primera cita (y luego nos arrepentimos toda la vida). Pero vi una foto. Y esa imagen, que normalmente te llevas ya a casa en papel e incluso dentro de un USB, como archivo digital, será la primera de muchas que circulará por todas partes. Los hijos del siglo XXI, en un país con mayor número de teléfonos móviles que habitantes, son retratados en sus dos primeros años más veces que nuestros abuelos a lo largo de toda una vida. Circularán sin descanso por Facebook y WhatsApp desde su estado embrionario, en el paritorio, dando sus primeros pasos, pronunciando sus primeras palabras, sentados sobre el orinal junto a sus compañeros de guardería (aprendemos a ir al baño como un acto social, tal y como solían hacer los romanos en la vida adulta). Nadie sabe aún los efectos de esta exposición pública en las personas retratadas. Es posible que haya quien acabe denunciando a sus padres al cumplir los 18 años cuando, al echar la vista atrás, se encuentre un aluvión de vídeos y fotografías.

En la playa, con casi año y medio. ampliar foto
En la playa, con casi año y medio.

4. “El soldadito dispara"

Enseguida llega el momento de anunciarlo. Hay quien se lanza a contarlo nada más salir del baño con el positivo del test de embarazo aún humeante. El riesgo es que en ocasiones uno se ve obligado a recular porque hasta más o menos los tres meses, la cosa, como suele decirse, no está todavía “asentada”. Un trago amargo y desagradable por el que han pasado muchos. Otros eligen esperar, aproximadamente, hasta el llamado “triple screening”, prueba en la que se pueden detectar riesgos del feto y del embarazo (y uno está aún a tiempo de plantearse, por ejemplo, un aborto). La prueba incluye la ecografía de las 12 semanas, la primera revisión en la que uno comienza a ver en el monitor del ecógrafo un renacuajo evolucionado, con aspecto antropomórfico, y escucha el corazón latir con toda claridad y a un ritmo endiablado. Ese instante se te queda grabado para siempre. Pasada la prueba, reunimos a la familia para comer. Es una de las mejores noticias que se puede dar a nadie. La felicidad que genera es, más o menos, inversamente proporcional al número de nacimientos. En el núcleo familiar y a nivel agregado. Hoy en día, con una de las tasas de fertilidad más bajas del planeta, anunciar un hijo en España es casi como referir un milagro. Y cobra tanta importancia que, a partir de ese instante, el nuevo proyecto de vida se convierte en el foco y centro de toda atención. Casi al día siguiente uno comienza a recibir ropa, objetos y artilugios de recién nacido, consejos de todo tipo, libros, manuales, fajas y herencias de otro tiempo que han sobrevivido a generaciones envueltas en papel crepé

En el círculo cercano de amigos, la noticia genera reacciones diversas. Desde un bochornoso y folclórico “¡Ey, tu soldadito dispara!” a un manteo al estilo de los entrenadores de fútbol cuando el equipo gana algún trofeo. Hay quien te dice que te has vuelto loco. Que no sabes dónde te metes. Que has abierto la caja de los truenos. Pero, en general, un feto despierta simpatía. Nunca en mi vida he recibido tantos abrazos. Y la noticia fue capaz de provocar que la futura bisabuela diera un respingo en la silla y saltara, con sus 90 años, como no la habíamos visto hacerlo en la última década.

5. Público, privado o ambas

El triple screening detecta, entre otras cosas, la trisomía 21, pero no con una fiabilidad del 100%. Hay otras pruebas genéticas muy recientes que se acercan a la certeza absoluta. Pero se practican en la sanidad privada, no suele cubrirlas el seguro, y resultan muy caras (rondan los 1.000 euros). La encrucijada público-privada le acompaña al nuevo proyecto de vida desde que aparece el nasciturus hasta que se quita los pañales y empieza a construir frases con sentido. Desde la primera ecografía hasta la elección de guardería y de colegio. Al menos en países como España, donde el Estado de Bienestar se ha construido con mucho esfuerzo y, a pesar de los siete años de recesión y tijeretazos, compite y supera en muchos casos al sector privado. Nuestro parto en un hospital público, donde nacen 16 bebés de media al día, coincidió con una época de lucha de los empleados de la sanidad frente a la privatización de hospitales en la Comunidad de Madrid. Las ventanas, las paredes, y los muros estaban empapelados hasta arriba con mensajes reivindicando un servicio “de todos y para todos”. El embarazo, en cualquier caso, lo llevamos al principio a través de una clínica privada, y con una amiga de la infancia que ahora es ginecóloga. En cuanto a la Escuela Infantil, disfrutamos de una plaza pública en un centro privado. Un poco de todo.

6. Síndrome del nido

Al principio, no se le da demasiada importancia. Un bebé se cuela en casa en forma de libros que comienzan a rondar por la mesa, tipo Qué se puede esperar cuando se está esperando. Pero en el último trimestre de embarazo, comienza a ser acuciante. Toca preparar el hogar a conciencia para la llegada del hijo. Una llamada de la naturaleza que en esos mismos libros suelen denominar “el síndrome del nido”. Y que en la práctica significa que el despacho o estudio del que solía disfrutar en la casa, con pilas de libros y papeles, guitarras y ceniceros sucios, se deshace y se transforma en otro lugar. Una habitación limpia, luminosa y acogedora. Los abuelos maternos nos regalaron un moisés. La abuela paterna un pequeño colchón. Una tía abuela, la funda. Rebuscaron ropa de cuando éramos niños para reutilizarla. Rescataron algún viejo peluche. Nos descubrieron para qué sirven las muselinas (para todo en la lactancia; se nos llenó la casa de pequeños trapos de tela). Compramos una bañera de bebés. Un cambiador. Pañales. Más ropa. Unos amigos nos pasaron otra enorme bolsa con prendas de tres niños ya crecidos. Incluso decoramos algo el cuarto. Semanas antes de nacer, se podría decir que el feto ya tenía un hueco propio. Y bastante considerable. Con armarios y cajones repletos. También ésta es la época de los consejos. Recuerdo, en concreto, uno del abuelo paterno: “Tenéis que ir pensando en la infraestructura”. Se refería a cómo íbamos a organizarnos cuando, pasados los primeros meses de baja, ambos padres nos reincorporáramos al trabajo. Cómo compaginar vida laboral y familiar. Un aviso de la voz de la experiencia.

7. La preparación al parto

Una matrona recia y de ideas claras daba la clase en un aula del Centro de Salud público de la zona. No éramos muchos hombres, y tampoco se nos tenía demasiado en cuenta. Allí la protagonista es la mujer, como es obvio. El segundo día de clases (eran seis sesiones), hubo entre los varones un descenso en el número de asistentes, y un incremento notable de tabletas con las que pasar el rato mientras las mujeres practicaban, pongamos, ejercicios pélvicos. Es muy probable que en otros lugares del globo, en sociedades menos individualistas, y con mayor sentimiento de comunidad, uno alcance la edad fértil sabiendo mucho más del embarazo y del parto y sus tres fases, expulsión de la placenta incluida. De lo que la madre ha de comer y lo que no. Del puerperio. De la lactancia. De los cólicos. De qué hacer si muestra un tono de piel amarillento (sacarlo al sol). Del sueño y hasta los mocos del recién nacido. En mi caso no sabía casi nada. Y más allá de las clásicas respiraciones, y del masaje en los riñones de tu pareja, está bien atesorar ciertos conocimientos como que si se han roto aguas no hace falta coger un taxi a la carrera y salir volando al hospital. Hay tiempo de pasar por casa y preparar una maleta. A menos que las aguas vengan manchadas de sangre o heces. En ese caso sí hay que volar. Al final, en cualquier caso, las clases tomaban la forma de un grupo de autoayuda en el que las embarazadas compartían sus temores, dudas y dolores cotidianos. Algo necesario ante lo desconocido. Para coger confianza. Pero ninguna explicación supera la realidad.

8. El parto: “Esa es la tuya”

Muchas de las lecciones sobre el parto, en cualquier caso, fueron en balde: al final la doctora del hospital programó una cesárea. En España, según datos de 2011, uno de cada cuatro niños nace de esta forma, 10 puntos porcentuales por encima de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (15%). Muchos futuros padres intentan elegir hospital para evitar en la medida de lo posible este trance, o para que el parto sea lo más “natural” posible: en una piscina o incluso en el salón de su casa. No es más que el comienzo de un debate que te acompañará desde entonces. Crianza natural al estilo de Carlos González, con su colecho y su lactancia prolongada; o el estoico método Estivill de dejar berrear a los bebés hasta que se duerman?

Hay veces que el quirófano, por indicación médica, parece la única salida. La doctora fue muy clara a la hora de explicar el peligro de esperar a término, sin aplicar cesárea: “El riesgo es que se muera”. Por muy “natural” que uno desee el parto, el instinto no es capaz de luchar contra esas palabras. Así que, finalmente, ni respiraciones, ni contracciones, ni dilatación: el padre ha de aguardar en la sala de espera, a las puertas del quirófano. Expectante. Inquieto. Aterrado. Cuando se oyó el primer llanto, una señora de etnia gitana que también andaba por allí, pero mucho más tranquila, me miró con ojos de sabiduría ancestral y dijo: “Esa es la tuya”. Ese primer llanto se queda incrustado en la memoria, como una cicatriz en la piel.

Durante el 'piel con piel', nada más nacer. ampliar foto
Durante el 'piel con piel', nada más nacer.

A partir de ahí, comienzan a sucederse un carrusel de instantes extraordinarios. Y todo va tan rápido que apenas da tiempo a digerirlo. El llamado “piel con piel”, por ejemplo: mientras la madre sigue en observación, el padre tiene la opción de sustituirla, tomar en brazos al recién nacido, y dejar que trepe por su pecho desnudo, para que tenga ese primer contacto de mamífero con su especie. Me daba pánico cogerla. Es un ser diminuto, torpe e indefenso. La rodee con mis brazos y permanecí sin moverme 30 minutos. Es curioso, en ese momento busca succionar lo que sea. Y se mueve a tientas (apenas son capaces de ver) hacia el pezón. Por eso, quizá, se le proporciona al progenitor una jeringuilla con leche, para dosificársela con extremo cuidado en su pequeña boca. La descarga de felicidad extrema que lo envuelve todo probablemente esté directamente relacionada con la supervivencia de la especie. Si no, no habría forma de soportarlo. Porque enseguida aparecen elementos que te hacen ver que no va a ser sencillo. El meconio, por ejemplo, ese primer excremento viscoso y oscuro. Al menos, en ese momento no huele. La limpieza del cordón umbilical. Dar el pecho. Bañar a una cría de apenas tres kilos (impresiona ver a las matronas metidas en esta faena, tomando a los bebés con una mano como a cachorrillos, a toda velocidad). Los gases. Y el papeleo infinito que sigue a todo nacimiento.

9. Papeleo y lactancia

A las dos semanas de nacer, al bebé le toca ir al pediatra. Para ir al pediatra es necesario solicitar una tarjeta sanitaria a su nombre. Para solicitar la tarjeta sanitaria es imprescindible pasar por la Seguridad Social. Y allí, uno aprovecha ya para solicitar la baja y prestación de paternidad (13 días naturales) y maternidad (16 semanas; aunque es posible repartir la baja de la madre entre ambos progenitores, lo cual dificulta extraordinariamente que el hijo se mantenga exclusivamente con lactancia). Papeles. Documentos. Citas. En el hospital incluso facilitan una hoja con todos los trámites. Una cara entera, con letra diminuta. Las doce pruebas de Astérix. Lo normal es que lo haga el varón, liberado de la lactancia. Mientras, en casa, la obsesión de los padres primerizos comienza a penetrar en los poros. La lactancia, ese gran desconocido. Los primeros días, incluso se anota en un cuaderno el tiempo y el ímpetu en cada toma del lactante. Pecho derecho, pecho izquierdo. La madre pasa un primer mes en el que da un mínimo de ocho y hasta doce tomas diarias. Casi una hora por cada toma. Unas diez horas diarias con un bebé colgado. Sin descanso. Sin dormir. Con un tajo cicatrizando en el abdomen. Y los pezones al rojo vivo. Escuchando todo tipo de consejos contradictorios sobre cómo hacerlo. Si es mucho o poco. Si mejor de lado. Si mejor al estilo “balón de rugby”. Y siempre queda la duda de si el bebé se está alimentando en condiciones.

Dar el pecho a los hijos ha ido variando según las modas. En estos momentos, se impone amamantar el mayor tiempo posible. Los pediatras suelen recomendar un mínimo de seis meses de lactancia exclusiva. En nuestros padres era al contrario: el biberón como forma de liberación. Este debate genera una presión enorme en la madre, que se interroga: ¿será capaz de aguantar más de un año, como las nórdicas? Son momentos bonitos e inolvidables, suelen decir las madres, pero resulta muy duro y muy esclavo. Hay quien acude en busca de consejo a grupos de lactancia, y allí se topa con otras madres desesperadas y con el pecho dolorido; quien pregunta y repregunta a las matronas; y hasta quien se compra el último tomo a la Liga de la Leche y valora apuntarse a alguna de sus reuniones. Muchas abandonan por el camino.

Si una madre lactante quiere separarse del bebé, existe un aparato llamado sacaleches que suena como un pequeño aspirador, y succiona al modo en que lo hacen las máquinas ordeñadoras. “Te sientes como una vaca”, es lo que suelen decir quienes pasan por ello. “Pero también tiene un punto liberador”. Algunas, cuando se reincorporan al trabajo, acuden con él en el bolso. Para que no cese el flujo de leche. Nuestra hija fue amamantada durante unos heroicos 13 meses. La madre, con el sacaleches en la mochila, llegó a hacer viajes de trabajo a Europa en los que se levantaba a las cuatro de la mañana, daba el pecho en casa, luego tomaba un avión. Se reunía con quien le tocara. Y en los descansos se escondía en el baño y encendía el sacaleches. Regresaba a última hora de la noche a casa y volvía a dar el pecho al bebé. Al día siguiente, de nuevo al puesto de trabajo. A esto lo llamamos conciliación.

10. La conciliación y los abuelos

Jugando en el jardín de la abuela. ampliar foto
Jugando en el jardín de la abuela.

Uno de los padres es el encargado de llevar por la mañana a la niña a la guardería (que empezó a los nueve meses). El otro se encarga de recogerla por la tarde. El plan funciona cuando no hay distorsiones. ¿Qué ocurre si el niño se pone enfermo? (lo cual sucede a menudo desde la primera semana que entra en contacto con otros niños en la escuela infantil) ¿Y si uno ha de ir de viaje de trabajo durante una semana? Ahí han entrado en juego los abuelos. Por suerte, los cuatro viven en la misma ciudad. Tres de ellos ya están jubilados. Y han sido el eje de salvación de situaciones críticas. Pero un abuelo es mucho más que un cuidador para emergencias. No pasa una semana sin que la niña, estando sana, vea a uno o varios de ellos. Desde que empezó a hablar, más o menos al año y medio, casi todos los días simula que coge el teléfono y llama a uno de ellos. Ahora ya es capaz de sostener una conversación telefónica sencilla, pero real con ellos. De vez en cuando, incluso han mantenido una conversación por Skype. Pasar un rato con los abuelos aporta a un niño mucho más que cualquier profesor de cualquier escuela. Digamos que entre ellos existe un vínculo de veneración incondicional. Y recíproca. Su primer viaje sola sin sus padres lo pasó con ellos en la playa. Uno de los abuelos fue el primero en descubrir que ya tenía conciencia de sí misma: se le preguntaba por su nombre, y se señalaba en el pecho. “Yo”. Y, al revés, con ellos ha descubierto infinidad de cosas. Del placer de los paseos, al chocolate. O la fuente inagotable de vídeos que hay en los teléfonos móviles y tabletas conectadas a Internet. Hace poco, el pediatra nos preguntó en la revisión obligatoria de los dos años si la niña estaba expuesta a menudo a las pantallas. Le dijimos que, sobre todo, a través de los abuelos (a nosotros no nos hace demasiada ilusión, de momento). Él respondió que ése es precisamente su papel. Educar en aquello que consideran conveniente. Lo cual puede coincidir, o no, con el criterio de los padres. Si dejas a tu hijo en sus manos no tienes nada que objetar. Los abuelos, en su apoyo, han estado presentes en momentos increíbles en los que alguno de los padres no estaba. Hablábamos de conciliación: yo me perdí el día que mi hija comenzó a caminar. La había visto levantarse, recorrer un par de pasos de la mesa al sofá. Pero la vi caminar por primera vez en un vídeo que recibí por WhatsApp estando de viaje en el extranjero. Acababa de cumplir 13 meses.

11. "Mira lo que hago"

Desde el minuto cero de vida, todo son logros. Superación de etapas. Puntos de no retorno. Los primeros dientes. La primera vez que sigue un objeto con la mirada, que come algo sólido, que dice “mamá” y “papá”, que usa una cuchara, un tenedor, un cuchillo. Los ya citados primeros pasos. Las primeras frases. Ahora, que ronda los mil días de vida (desde la concepción), ha dejado de dormir en una cuna. Se le ha caído el chupete para siempre (tuvimos que fingir que lo tirábamos por la ventana). Salta con los pies juntos. Comienza a hacer sus necesidades en un orinal. Pide Cola Cao para el desayuno. Su aprendizaje de palabras se ha vuelto exponencial. Lo imita todo, hasta los tacos e improperios. Cuando hace algo que considera relevante, avisa: “Mira lo que hago”, una actitud humana para ser conscientes de que existimos. Y ya es capaz de negociar a su manera: si hay algo que no le apetece comer, te mira, levanta un dedo y dice: “Una”. En el primer cumpleaños, no fue capaz ni de soplar su vela solitaria. En el segundo, apagó las dos de una bocanada, después de cantar ella misma el cumpleaños feliz.

Detalle de uno de sus juguetes. ampliar foto
Detalle de uno de sus juguetes.

Los padres, por su parte, también han ido superando etapas. Una de ellas, quizá el mayor aprendizaje, es que ya no nos dejamos arrastrar por el terror del principiante. Recuerdo las primeras noches con la recién nacida. Cada poco tiempo nos acercábamos y poníamos la oreja muy cerca de su boca, para comprobar si aún respiraba. Uno acaba acostumbrándose a que la vida discurre y late por sí misma. Pero en los primeros meses cuesta. Aterra pensar que ese milagro pende de un hilo. Y así, por ejemplo, acabamos yendo a urgencias una madrugada porque creíamos que habíamos intoxicado al bebé con una dosis que considerábamos letal de paracetamol para niños. Fueron unas cinco gotas. Pero cometimos el grave error de consultar la duda en Internet, donde enseguida surge un mar de respuestas confusas y contradictorias. Aún conservamos el informe médico. Resulta sonrojante. Dice: “Sin patología objetivable”. Nos mandaron de vuelta a casa aconsejando administrar una dosis aún mayor del mismo medicamento. Como se suele decir, por suerte, los niños están hechos a prueba de padres primerizos.

Salimos del hospital a las dos de la madrugada. Esto también es algo a lo que te acostumbras: los progenitores olvidan lo que significa dormir de un tirón. Pero todo esto, los malos tragos, tienen su recompensa. Estos mil días tan extremos para el niño constituyen a la vez una de las experiencias vitales más potentes para sus padres. Y más gratificantes, por mucho que suene a tópico. La primera vez que escuchas el sonido de su voz, o de una carcajada suya. La primera vez que te llama o te da un beso. Cuando eres testigo de que acaba de descubrir algo nuevo y sorprendente. O acaba cayendo rendida en la cuna mientras le lees un cuento. El mismo cuento que te leían de niño.

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