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Mujeres de Beirut, pioneras árabes del siglo XXI

La capital de Líbano es conocida en Oriente Próximo por ejercer de reducto de libertad para las mujeres. Seguimos la pista de algunas de las que rompen estereotipos.

Maya Houdroge (32 años), entrenadora física personal de artes marciales. Ha ganado varias medallas de oro y está preparándose para el campeonato femenino de 'muay thai' (un arte marcial) en Dubái, el próximo 16 de diciembre. Ampliar foto
Maya Houdroge (32 años), entrenadora física personal de artes marciales. Ha ganado varias medallas de oro y está preparándose para el campeonato femenino de 'muay thai' (un arte marcial) en Dubái, el próximo 16 de diciembre.

Entre sudor, colchonetas y musculosos compañeros entrena Maya Houdroge, libanesa de 32 años que pasó parte de su infancia en Sierra Leona. De voz y gestos dulces, a los 9 años empezó con el kárate y desde entonces no ha dejado las artes marciales. Dejó su trabajo en una tienda de ropa para ser entrenadora personal. Sus guantes de boxeo, sus pantalones e incluso el llavero que cuelga de su mochila son rosas. Pero en cuanto entra en el cuadrilátero, sus enormes ojos negros enmarcados por pestañas postizas y sus cejas cuidadosamente depiladas se transforman.

“Durante las competiciones de muay thai no lo pienso. Sé que me pueden herir, romper huesos, pero una vez estoy delante de la contrincante solo pienso en ganar”, asegura Houdroge. Vive sola y está soltera, lo que le crea presión por parte de la sociedad libanesa y la familia. En cuanto a las artes marciales, han acabado por aceptarlo. “Mis amigos están muy orgullosos, y mis compañeros del gimnasio son como mi familia”. Cuando el entrenamiento termina, Houdroge se arregla el pelo, se enfunda en el vestido y se sube a sus tacones. “La feminidad no está reñida con el deporte. Yo no he sido educada en un ambiente sectario y, aunque soy musulmana, rehúyo de la sectarización libanesa. Pero en las artes marciales somos aún minoría”. Hace dos días, un joven intentó agredirla. Lejos de correr, Houdroge dejó caer su mochila, empuñó su pesado llavero y amenazó al joven, que salió pitando calle abajo.

En el mundo árabe, donde los espacios de libertad están segregados por sexo, las mujeres reinan en el ámbito privado, entre muros. Los hombres lo hacen en público. La esfera privada continúa siendo el principal campo de batalla. Arabia Saudí y Líbano, antónimos por excelencia respecto a la libertad de la mujer en el mundo árabe, muestran una caricatura de los opuestos. Riad, capital saudí, se antoja el cementerio de la mujer moderna, en una sociedad donde ella no es más que máquina reproductora, esposa sometida o hija y hermana obediente para luego convertirse en esposa. El ciclo se cierra siempre bajo la tutela del hombre y dentro del hogar. Las mujeres de Beirut son conocidas en la región por haber levantado un reino de libertad. Un oasis en algunos aspectos superficial, pero público, que disfrutan especialmente las de clase media.

Nathalie y Aline son pareja desde hace 14 años. Solo sus padres y amigos cercanos están al corriente de su homosexualidad. En la foto, un momento de intimidad en un aparcamiento de Beirut. ampliar foto
Nathalie y Aline son pareja desde hace 14 años. Solo sus padres y amigos cercanos están al corriente de su homosexualidad. En la foto, un momento de intimidad en un aparcamiento de Beirut.

El crisol religioso que caracteriza a Líbano, con 18 confesiones, ha permitido que las realidades de Riad y Beirut coexistan simultáneamente en un mismo país. En Líbano, por cada hombre hay cinco mujeres, que viven en una realidad a dos velocidades. En las zonas más conservadoras, las mujeres solo se reúnen en casas, bodas o funerales. Líbano está en el puesto 135º de 142 países en el índice de la disparidad de género del Foro Económico Mundial. Sorprendentemente, Arabia Saudí se sitúa cinco por encima.

Pero el reparto del espacio público está cambiando. Unas pocas pioneras empujan más allá para conquistar la esfera reservada a los hombres. A medio camino entre el frente de la libertad o el del sometimiento, un grupo de libanesas rompe tabúes y construye un espacio público de emancipación real.

Nathalie y Aline son una pareja especial. No solo por ser lesbianas en un país marcado por el machismo social y religioso, sino porque son novias desde hace 14 años. Con 38 y 35 años respectivamente, aseguran que envejecerán juntas. Entre bromas relatan cómo Nathalie tiene que arrastrar a Aline al gimnasio para perder esos kilitos que, dicen, les sobran a ambas. Quieren abrir una empresa de gestión de negocios, pero, hasta que esta idea se materialice, Nathalie prosigue su labor como trabajadora social en una ONG y Aline lleva cinco meses de “mujer florero”, dice en tono burlón. En un restaurante de Beirut, los gestos de cariño son reprimidos ante la mirada pública. Aline se sonroja y sobresalta cuando Nathalie le da un beso en la mejilla o roza su mano.

El Sky Bar es el local de Beirut más reputado entre la clase alta libanesa. En sus baños, las jóvenes hacen cola para mirarse al espejo y retocarse. Aquí es obligatorio reservar mesa, a partir de 1.200 euros. ampliar foto
El Sky Bar es el local de Beirut más reputado entre la clase alta libanesa. En sus baños, las jóvenes hacen cola para mirarse al espejo y retocarse. Aquí es obligatorio reservar mesa, a partir de 1.200 euros.

A pesar de todo, aseguran que es más fácil para las mujeres homosexuales mostrar afecto en público que para los heterosexuales. “Antes yo llevaba el pelo corto. Un día, en un café, me encontraba mal y dejé caer la cabeza sobre el regazo de Aline. El camarero nos miró sobresaltado y se dirigió hacia nosotras. Al darse cuenta de que las dos éramos mujeres, sonrió y dijo: ‘¡Qué susto, pensé que eras un chico, y eso aquí no está permitido!”, rememora Nathalie. El camino no fue fácil. “Alguien, aún no sé quién, llamó un día a mi madre para decirle que yo era gay. Tuvimos una discusión y dejó de hablarme durante meses”. Finalmente aceptó el noviazgo. Para los vecinos y la familia lejana son sólo compañeras de piso. Su sólida relación ha logrado sobrevivir a todas las trabas que han puesto en el camino la moral de una cultura heredada, la estrecha mirada social y el rechazo religioso. No piensan en tener hijos. Se contentan con sus tres gatos, su trabajo y su vida social.

Beirut ofrece desde hace años varias alternativas de bares y cafés para homosexuales. “Es el único sitio en el que puedes ser espontánea y cogerle la mano a tu chica, darle un beso sin que nadie te mire con asco o te juzgue”, apunta Nathalie. Las opciones, aunque escasas, son variadas. El recorrido de la noche gay beirutí comienza en el café Bardo. Jóvenes y no tan jóvenes disfrutan de una excelente comida y bailan al ritmo de la música. Todos se conocen. Pero pocos han salido del armario y todos temen el rechazo familiar, profesional y social, así como la represión legal. El artículo 534 del código penal libanés prohíbe “mantener actos sexuales innaturales”. Según Ahmed Saleh, voluntario de la ONG Helem, cerca de 50 homosexuales han sido detenidos en 2014, sujetos a condenas que pueden alcanzar el año de cárcel. Nathalie y Aline rehúyen la cámara. A pesar de su naturalidad dentro de estos reductos de libertad sexual, saben que el reconocimiento social pleno está aún lejos. Tan solo Jean d’Arc, “de treinta y pocos”, accede a posar junto a su amiga. “Ya hace muchos años que salí del armario, y no pienso volver a entrar”, asegura mientras brinda con su copa.

Generalmente son las chicas quienes critican lo que consideran poco femenino. Los hombres suelen tomarlo como una muestra de coraje”

La última parada de la noche gay acaba en las discotecas Life y Posh. “Vengo de una familia conservadora musulmana. Tengo cuatro hermanas y todas llevan velo. Cuando mi madre descubrió que yo era lesbiana me encerró, y me vi casada a la semana con un hombre que no conocía”, cuenta Suha, de 27 años. Su destino es común para las lesbianas libanesas, independientemente de su religión, que son descubiertas por sus padres. Suha logró un divorcio por el que perdió a su familia. “Les amenacé con suicidarme”, da por toda respuesta antes de regresar junto a su novia.

La reprobación social libanesa condena a aquellas que se apartan del canon de la estética y el recato. El culto al cuerpo se extiende por todas las clases sociales. Durante el día acuden a centros comerciales y consumen sin límite en moda importada de París y condimentada en Beirut. Por las noches conquistan espacios antes reservados al hombre, subidas en sus tacones de 15 centímetros, con kilómetros de rodaje en unas calles impracticables. “Miles de libanesas llevan mi firma”, comenta orgulloso Nabil Fuleihan, cirujano estético fetiche de Líbano, donde abundan clubes y bares convertidos en pasarelas de pechos sintéticos, narices al estilo Angelina Jolie, minifaldas y generosos escotes. Sky Bar es el local más reputado entre la jet-set. Aquí es obligatorio reservar mesa, a partir de 1.200 euros. Ante la fila de retretes vacíos, una larga cola de vestidos de Armani, nubes de perfume de Chanel y bolsos de Louis Vuitton esperan su turno para retocarse frente al espejo. Joumana Haddad, periodista y escritora libanesa de 44 años, se enfrenta a estos tabúes en su último libro, Superman es árabe. “Muchas libanesas han adoptado elementos superficiales de libertad, como decidir si cubren su cuerpo. Las que buscan la independencia económica son las menos. Esa libertad de vestimenta la usan para lograr un marido rico, lo que demuestra que la necesidad de casarse para existir sigue presente. La mujer aquí no existe como individuo, sino por referencia al hombre”, afirma la escritora.

Manal Khalil (en el centro), de 33 años y divorciada, es asistente de proyectos en la ONU. Cada día, tras terminar el trabajo, va al gimnasio a hacer deporte y luego al bar a tomarse un martini rosso con sus amigos. ampliar foto
Manal Khalil (en el centro), de 33 años y divorciada, es asistente de proyectos en la ONU. Cada día, tras terminar el trabajo, va al gimnasio a hacer deporte y luego al bar a tomarse un martini rosso con sus amigos.

Manal Khalil, de 33 años, acude cada día sobre las siete de la tarde a Danys, un bar de barrio donde sabe que, sin previo aviso, siempre encontrará a alguno de sus amigos. Lleva siete años trabajando como asistente de proyectos en Naciones Unidas. “Vengo aquí porque me siento como en casa. Si fuera sola a un bar me mirarían mal, como a una buscona. Además no me gusta ir a clubes, donde hay que vestirse de boda, ser superficial y pagar una barbaridad por cada copa”. Khalil dedica su tiempo libre a viajar, ir al cine y al gimnasio. Tras cuatro años de matrimonio, se divorció hace dos. Se siente afortunada por el apoyo de su familia, pero no es inmune a la presión social que hay sobre una mujer independiente y divorciada en la treintena. “Lo primero que me preguntan es cuántos hijos tengo, para mirarme con cara de compasión cuando respondo que ninguno. Es cansino, sobre todo porque la mayoría de mis amigas están casadas”, relata al tiempo que sorbe un vermut. La sectarización de Líbano deja también su impronta en las relaciones entre jóvenes. “Si una amiga conoce a un chico que le atrae, tiene que averiguar de qué religión es. Yo tengo suerte, pero en otras familias rechazan las relaciones entre personas de diferentes religiones como musulmanes y cristianos, o drusos y cristianos. Si el chico es de otra religión, algunas desisten de inmediato”. Khalil lleva una vida normal fuera de la superficialidad de Beirut, pero su pelo corto a lo garçon no pasa desapercibido. “Generalmente son las chicas quienes critican lo que consideran poco femenino. Los hombres suelen tomarlo como una muestra de coraje en esta sociedad”.

Un motorista acaba de aparcar su Honda azul frente al bar. Al quitarse el casco, deja caer una larga melena rubia. Los clientes se giran en su dirección. Los hombres especulan sobre los centímetros cúbicos de la moto. Y ellas admiran a esa mujer sobre dos ruedas, que pertenece a un grupo cada día más numeroso en Beirut. Entre ellas, las 27 damas del grupo Harley-Davidson.

Las damas de Harley-Davidson hacen una pausa en su recorrido por Beirut. De izquierda a derecha, Rima Makari (50 años), Grace el Khoury (32 años), Carole Khazzha (27 años) y Talar Bogharian (40 años). ampliar foto
Las damas de Harley-Davidson hacen una pausa en su recorrido por Beirut. De izquierda a derecha, Rima Makari (50 años), Grace el Khoury (32 años), Carole Khazzha (27 años) y Talar Bogharian (40 años).
Cuatro de ellas llegan al café Chez Paul para desayunar. La primera es la química Talar Bogharian, que aparca una espléndida Harley roja. Madre de dos hijos a los 40 años, viste pantalones y camiseta holgadas. La sigue Grace el Khoury, de 32 años, soltera. Porta pantalones ajustados y trabaja en el hotel Hilton. La tercera, Rima Makari, de 50 años, es jubilada convertida en ama de casa. Por último llega Carole Khazzha, soltera de 27 años y trabajadora de éxito en la hostelería.

De edades, personalidades, vestimenta, profesiones y confesiones dispares, estas mujeres solo aparentan tener una cosa en común: la pasión por las Harley-Davidson. Han decidido invertir su dinero en una máquina que pesa 250 kilos (la más barata cuesta 10.000 euros) y dedicar su escaso tiempo libre a recorrer las carreteras del país. En sus conversaciones no existen filtros. Comentan su sexualidad, se burlan entre ellas, mentan a sus maridos o novios, y hablan de política o las nuevas restricciones de circulación. “Nos gusta conducir en grupo, pero en ocasiones Grace y yo salimos solas y nos perdemos por los caminos”, comenta Bogharian. “Hay grupos de mujeres en Dubái, El Cairo o Bahréin. Obviamente, no en Arabia Saudí (donde ellas tiene prohibido conducir por ley). Allí las compañeras se visten como hombres y se ponen un casco para que no las detenga la policía”.

Yo no he sido educada en un ambiente
sectario y, aunque soy musulmana, rehúyo
de la sectarización libanesa”

Tras pagar la cuenta, Makari se calza su chaqueta de Harley-Davidson, se coloca las gafas y hace rugir su moto. Con 30 años de experiencia, es la primera mujer motorista de Líbano. “En tiempos de guerra era más cómodo moverse con la vespa para ir a trabajar. A veces me ponía una falda, y la verdad es que la gente alucinaba, pero me daba igual”, asegura. Se alegra de que ninguno de sus dos hijos tenga moto. “Es peligroso”, responde provocando la risa de sus amigas. Las damas se suben a sus máquinas ante la admiración de los hombres, que no logran contener una mueca de extrañeza. Las motos ronronean bajo sus botas y las chicas inician su viaje. Makari acelera y adelanta al resto. El Khoury lo hace a su vez al tiempo que todas lanzan gritos de júbilo. A su paso, las transeúntes y conductoras de coches las vitorean: “¡Olé esos traseros!”, o “¡Bravo por las mujeres valientes!”.

En el camino, las motoristas se comunican por signos. El dedo índice levantado indica un camino estrecho, y entonces forman en fila india. Índice y meñique levantados significan que deben colocarse en filas de dos. Cuando un vehículo se aproxima demasiado, las damas de Harley no usan el claxon. Les basta con forzar el acelerador; el potente gruñir de las motos es suficiente para apartar a los incautos. Tras la adrenalina del paseo, se reúnen con sus compañeros moteros, algunos de ellos sus maridos, para terminar el día con unas copas en el bar. Mientras planean su próxima salida, los hombres se arremolinan alrededor de los vehículos, entusiasmados con algún accesorio nuevo. A pesar de lo agotador que asegura que puede ser el día a día, Bogharian se muestra optimista: “El principal desafío diario para nosotras sigue siendo tomar nuestras propias decisiones como mujeres. En esta sociedad necesitas siempre el aval de un hombre para que te respeten. Lo vamos logrando, pero tenemos que esforzarnos 10 veces más”.

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