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OPINIÓN

Cambiar el régimen, hacer la revolución

Todos los grupos admiten como deseables los principios del Estado de bienestar

Hablar del régimen político es realmente hablar del conjunto de normas que rigen la actividad de un sistema durante un tiempo. Desde ese punto de vista, la puesta de moda del término en los últimos tiempos no tiene apenas importancia. Lo que pasa es que todos sabemos que el uso de la palabra régimen no es inocente ahora. El Régimen de 1978 que mencionan Pablo Iglesias o algunos militantes de Izquierda Unida tiene que ver con el franquismo; es decir, es una referencia faltona, insultante al sistema de libertades que sucedió a la dictadura.

La Transición era hasta ahora el concepto a desbaratar, se la solía tratar como si fuera un plan maquiavélico urdido por socialistas y populares para repartirse el poder y perdonar a los fascistas todas sus culpas. En cierto sentido, la arremetida contra la Transición no era otra cosa que una muestra de impotencia por no haber puesto en marcha la Revolución. Hasta ese punto, sólo algunas fracciones de Izquierda Unida y de grupos minoritarios se habían manifestado, desde hace unos años, contra el resultado pactado de la crisis política del franquismo. Lo que es nuevo es la adscripción de una parte tan importante del electorado como la que presuntamente representa una alternativa como Podemos. De modo que, habida cuenta también de la defección nacionalista, tan solo el PP y el PSOE se muestran defensores de la Constitución del 78 y de su consiguiente Régimen.

La derecha cuando desmantela los sistemas educativo o sanitario intenta que parezca que los quiere hacer más eficientes

¿Pero qué es lo que caracteriza a ese Régimen del 78? Desde mi punto de vista, la monarquía, la organización democrática en torno al sistema de partidos y la organización de la economía en torno a los principios del Estado de bienestar. 

Curiosamente, tanto la derecha como la izquierda revolucionaria han acabado por admitir los principios del Estado de bienestar como deseables para cualquier régimen. Es gracioso ver cómo los teóricos de Izquierda Unida, del PP o de Podemos reivindican esta arquitectura socialdemócrata como si fuera suya. La propia derecha cuando desmantela los sistemas educativo o sanitario intenta que parezca que los quiere hacer más eficientes.

Sobre el sistema de partidos poco habría que hablar que exceda la factura de una nueva ley electoral que corrigiera problemas con las minorías y con las finanzas de la política. El sistema es imperfecto, pero no está trucado.

Cambiar el régimen supone para la derecha un mal negocio, no tiene nada que ganar con ello. En la izquierda, sacudida ahora por las convulsiones de una posible ruptura, vemos una doble tentación. El PSOE reconstruye su alternativa en torno a la defensa de ese Régimen del 78 y su reforma. Los grupos clásicos como Izquierda Unida y otros minoritarios se pueden coaligar para proponer un nuevo sistema sin rey y con reyezuelos autonómicos, pero no sin arquitectura socialdemócrata. Y desde luego, sin ningún tipo de capricho chavista. Podemos sería la gran incorporación a este frente popular sin sentido. La soñada revolución. El cambio drástico de régimen a ninguna parte. Pero la revolución, al fin y al cabo. 

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