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COLUMNA

La gaseosa

Envejecer no siempre te hace más sabio: a veces te hace más previsible, más timorato

El otro día, en la presentación de Canta sólo para mí, la novela (estupenda) de Nativel Preciado, ese crack que es Iñaki Gabilondo estuvo especialmente sembrado. Entre otras cosas, dijo que Juan Carlos fue rey con 37 años, y que entonces esa era la media de edad de los españoles; y que Felipe es rey con 46, y que esa es ahora nuestra media. Sí, el país ha envejecido. Pero además creo que los mayores nos estamos aferrando a la primera línea de la vida como garrapatillas. Al morir Franco, un impulso de cambio recorrió España como un viento de fuego y sobre esa ola cabalgamos un par de generaciones que arrojamos de un puntapié a las generaciones anteriores, jubilándolas prematuramente. Pero luego han transcurrido las décadas y aquí seguimos más o menos los mismos, interrumpiendo el paso. Aquellos que revolucionaron la sociedad cuando apenas tenían 30 años son a menudo los mismos que hoy hablan pestes de la gente bisoña. Y es que envejecer no siempre te hace más sabio: a veces te hace más previsible, más timorato. En las pirámides egipcias hay grafitis de hace 4.000 años sobre lo maleducados y echados a perder que eran los jóvenes: la incomprensión intergeneracional es cosa antigua. Iñaki también resaltó que siempre han sido mejores los primeros Gobiernos, tanto del PSOE como del PP, es decir, los más inexpertos (además, añado yo, en los primeros aún no se han montado el tenderete). En fin, esto es un reconocimiento de lo obvio: creo que los mayores seguimos teniendo cosas que decir y que una sociedad no debe prescindir de ninguno de sus recursos; pero también creo que es bueno que los jóvenes gestionen mayoritariamente la realidad y que cada época tiene que reinventar su maldita gaseosa.

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