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"Mi objetivo vital es no perjudicar a mis trabajadores"

El diseñador Brunello Cucinelli prefiere el campo a la ciudad, el cachemir antes que la lana y antepone el respeto a sus empleados a la explotación laboral

Parte del equipo que Cucinelli compró en 1998, el Castel Rigone Calcio, posa para ICON vestido con diseños de Brunello Cucinelli. Desde 2008, están en la liga profesional, pero su propietario no está excesivamente interesado en que ganen partidos Ampliar foto
Parte del equipo que Cucinelli compró en 1998, el Castel Rigone Calcio, posa para ICON vestido con diseños de Brunello Cucinelli. Desde 2008, están en la liga profesional, pero su propietario no está excesivamente interesado en que ganen partidos

Brunello Cucinelli (Castel Rigone, 1953) debe ser el perro más verde entre los magnates de la moda italiana. No tiene un barco amarrado en Ischia, no se codea con políticos y cuando habla no cita a Gianni Agnelli, sino a San Agustín, a Voltaire y a su “querido” Platón. Pero lo más elocuente de esa rareza es que, aunque como mandan los cánones entre sus congéneres, Cucinelli posee su propio club de fútbol, el Castel Rigone Calcio, después de haber logrado que juegue en la liga profesional, no tiene ningún interés en que llegue más lejos. “Al final del día es deporte, y los verdaderos retos de la vida son otros. Para mí, el deporte es una forma de educar”, explica, con su característica manera de introducir cuñas elevadas en los más inesperados temas de conversación. El equipo solo juega los sábados, porque el domingo los Cucinelli comen en familia, y cuando compite fuera, los jugadores dejan limpio el vestuario antes de irse. El fútbol representa la parte lúdica de una visión empresarial que ha construido en torno a su firma de moda, que fabrica elegantes, discretas y carísimas prendas de cachemir. Una visión a la que él mismo ha puesto un nombre: “capitalismo ético”.

Brunello Cucinelli, fotografiado para ICON el pasado abril en un aula de Solomeo, en el corazón de Italia, con las alumnas de su escuela de costura
Brunello Cucinelli, fotografiado para ICON el pasado abril en un aula de Solomeo, en el corazón de Italia, con las alumnas de su escuela de costura

Estas no son las enseñanzas de un macho alfa al uso, como tampoco es una experiencia habitual que el fundador de una empresa que el año pasado facturó 323 millones de euros saque unas horas para enseñarte su pueblo, ni que te invite a un trozo de torta di Pascua que ha pedido directamente en el mostrador de la charcutería. Tan relajado como sus maneras es su indumentaria. A pesar de la lluvia, Cucinelli va vestido con su habitual combinación de blazer entallado, camisa con jersey y pantalón con el bajo ligeramente más corto de lo habitual; una combinación poco llamativa sobre el papel, pero igual de cucinellesca que su forma de intercalar nombres de filósofos con recuerdos de infancia mientras caminamos. Salimos a una plazoleta y señala un local cerrado: “Ahí estaba la barbería donde hablábamos de fútbol”. Según avanzamos, se acerca la iglesia donde servía de monaguillo y acaricia un capitel cubierto de musgo (“¡es puro Renacimiento!”). Cuando paramos en el único restaurante abierto para tomar un café, suspira: “¿Ves aquella casa? La ha comprado una mujer rusa. Es encantadora, ¡pero nunca está!”. Hasta hace poco, esta pequeñísima aldea cerca de Perugia, en el centro de Italia, estaba destinada a desaparecer, y todavía hoy, la mayoría de sus casas solo se habitan en verano. “Yo no estoy cerrado a que un extranjero compre una casa en Castel Rigone, el problema es que los sitios necesitan tener vida. Está en juego el estilo de vida de comunidad”, explica, y añade uno de sus mantras: “Tenemos el deber de conservar”.

Cucinelli se ha tomado muy en serio su deber de conservar, pero no tanto Castel Rigone como el cercano Solomeo, un pueblecito medieval situado en lo alto de una montaña. Allí nació su mujer, Federica, y allí decidió establecerse hace treinta años, cuando la aldea estaba en ruinas. Hoy, Solomeo es un conjunto de jardines, plazas y casas pulcramente restauradas que alojan el cuartel general de Brunello Cucinelli, aulas donde se enseñan artes y oficios, un teatro de aires palladianos, la sede de su fundación y su propia casa, junto con las de sus dos hijas. Algunos lo han llamado Cucinelliland. Admitiendo que esto en parte sea verdad, resulta mezquino desdeñar a alguien que confiesa sin complejos haber cumplido su sueño: “Aquí viven 600 personas. Hay familias que trabajan a 20 minutos, en ciudades vecinas, y ves a sus niños por las calles. Este pueblo es el centro de mi vida. Necesito este paisaje”.

Los del pueblo

La vida de Cucinelli no siempre fue tan idílica. Nació en una modesta familia de granjeros y, cuando tenía 15 años, esta se trasladó a un suburbio de Perugia. Su padre había encontrado trabajo en una fábrica de cemento, pero no dio con una vida mejor, sino con la cara más dura del capitalismo industrial. Brunello y sus hermanos también tuvieron su propia ración de mano dura: “En la escuela éramos los de pueblo, nos despreciaban. Traíamos huevos revueltos de casa, mientras que los chicos de la ciudad compraban la comida fuera. Siempre vestíamos con el mismo pantalón, que mi madre lavaba cada noche... Eso fue lo que después me ha dado fuerza para enorgullecerme de mis orígenes”.

Cuando salió del colegio empezó a estudiar ingeniería, pero lo dejó a los 21 años. Entonces decidió que todo lo que necesitaba saber estaba en el bar: “No bebíamos, pero sí fumábamos”, cuenta entre risas. Allí pulió ese encanto que sabe regalar a sus interlocutores; allí surgió su amor por la filosofía, y también allí nació, en 1978, la idea de aprovechar la industria local y producir jerséis de cachemir en colores vivos, por entonces algo inédito.

“Empecé fabricando jerséis de mujer, uno muy ajustado y otro más masculino. Eran muy largos, preciosos”, recuerda. En 1985 la empresa ya se había establecido, hacía dos años que se había casado, volvió a casa y compró el primer pedazo de Solomeo: el mismo sitio desde donde ha convertido aquellos coloridos suéteres en una coleccion para ambos sexos en tonos tierra, gris y beis. No fue hasta el año 2000 cuando Cucinelli, diseñador autodidacta, se atrevió con el total look y, según él, solo en 2008 la marca empezó a encontrar su identidad. “Quería que mi hombre y mi mujer tuvieran un gusto en común. Para ella, lujo deportivo y chic, y para él, pantalón de pana o cargo con americanas bien cortadas… Algo muy italiano, pero muy masculino. Sin edad. ¿Acaso parece que yo tenga 62 años? No, un hombre de 30 podría ponerse lo que yo llevo puesto”.

El precio de mis prendas es alto, puede ser, pero es justo

Brunello Cucinelli

Cucinelli no solo ha construido una solvente compañía (hace dos años salió a bolsa, en una operación que los analistas llamaron “brillante”), insuflado vida a la región de donde proviene y creado un paraíso para él y su familia. Además, puede apuntarse el tanto de haber mantenido la mayor parte de su producción en la región de Umbría, y de ser precursor de uno de los actuales gritos de guerra de la industria del lujo: la responsabilidad social corporativa. Como es menester, Cucinelli apela a la filosofía para explicar su ética laboral: “Nos enorgullecemos de trabajar 12 horas, ¡pero San Benedetto dictaba siete! Eso sí, si eres mi empleado, solo te daré los buenos días a las 8 de la mañana. Después, no quiero que pierdas ni 30 segundos”.

Vistas de Castel Rigone, el pueblo de Umbría donde nació Brunello Cucinelli
Vistas de Castel Rigone, el pueblo de Umbría donde nació Brunello Cucinelli

Después de haber visitado la fábrica, rodeada de vegetación, y haber comido en su amplia y luminosa cantina; tras haber tocado el cachemir y hablado con sus jóvenes empleados, intento buscar algún defecto. ¿El capitalismo humanista solo es posible en empresas que venden prendas de varios miles de euros?, le pregunto. Él se encoge de hombros: “Si quieres fabricar algo de calidad y hacerlo en Italia, debes hacerlo para un segmento específico del mercado. Si no, tienes que deslocalizar la producción. Mi objetivo vital es trabajar sin perjudicar a los trabajadores. Yo vi llorar a mi padre con mis propios ojos. No quiero hacer daño a nadie. ¿Qué sentido tiene que yo venda chaquetas de 2.000 euros si a ti te pago 1.000? Todos mis proveedores deben tener beneficio. El precio de mis cosas es alto, puede ser, pero es justo”. ¿Y qué dicen sus inversores? “Tengo más de cien, algunos muy conocidos [Zegna, Benetton], y solo uno o dos me han sugerido tomar medidas para aumentar los márgenes. Yo siempre les digo lo mismo: ‘¿Tú quieres una compañía que tiene beneficios sanos y planes a largo plazo? ¿Que respeta la materia prima, a los artesanos y a todos sus proveedores? Si te gusta, únete, pero si lo que quieres es dinero abundante y rápido, no compres nuestras acciones”. Por extraño que parezca, nuestro hombre, que ha sido varias veces premiado y condecorado y recibió un título honorario de Filosofía y Ética de la Universidad de Perugia, nunca se ha sentido tentado de entrar en política. “Jamás. Como decía mi gran Platón: conocí a un buen poeta, se metió en política y arruinó la política y la poesía”.

Por las nubes

Durante nuestro paseo por Solomeo, visitamos la escuela de costura (también hay de paisajismo e incluso albañilería), el teatro (inaugurado en 2008 y con cómodos asientos de cuero), el jardín de los filósofos y la biblioteca de las residencias que hay diseminadas por el pueblo para acoger a actores y estudiantes. Entre un sitio y otro, Cucinelli derrocha esa energía común a los hombres que se han creado un universo a su medida. Mientras caminamos alaba mi chaqueta, se la pone y se entusiasma explicando los gestos sutiles y mínimos detalles que implica diseñar una colección masculina. Nos sentamos a charlar en una terraza y me cuenta que hace poco había recibido la visita de un directivo de Apple muy interesado en conocer su teoría sobre la vida sencilla y la “dignidad del beneficio”. Seguimos andando. Me coge del hombro, cita de memoria a sus autores favoritos (Kant, Marco Aurelio, San Agustín) y vibra contándome que acaba de hacerle a sus hijas “un regalo para la vida”: sendas bibliotecas con mil volúmenes, personalmente elegidos por él. Por fin, cuando volvemos a Castel Rigone, Cucinelli exclama algo que podría explicar todo su pensamiento: “Vivimos un siglo de renacimiento, de moralización. Es maravilloso”. Y acto seguido confiesa su método: “No veo las noticias. Solo leo las páginas culturales del periódico. No soy preso de la cotidianidad, la vida diaria mata el espíritu. Mi madre solía comprar el periódico para leer las esquelas, pero yo prefiero no estar preocupándome de si lloverá o no mañana. Como decía Marco Aurelio: ‘Sigue la corriente”.

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