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PALOS DE CIEGO COLUMNA i

Europa después de las europeas

La UE seguirá siendo la única utopía política razonable que hemos inventado los europeos

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Marine Le Pen tiene toda la razón: en Europa, la verdadera línea divisoria es la que separa a los nacionalistas de los supranacionalistas, a quienes, como ella, abogan por la preservación y el fortalecimiento de los viejos Estados de Europa de quienes pensamos que los viejos Estados de Europa no son más que viejos e inservibles armatostes y abogamos por su progresiva disolución en Europa. Le Pen declaraba lo anterior en una entrevista concedida al Financial Times durante las pasadas elecciones europeas. Por supuesto, no está sola; al contrario: al menos en este punto crucial, piensan lo mismo que ella los líderes y seguidores de numerosos y cada vez más potentes partidos de la entera UE. Todos consideran que todos los males de sus países tienen una sola causa, llamada Europa (o Bruselas); todos saben que sin Europa (o sin Bruselas) podrían volver a ser felizmente sólo franceses, británicos, holandeses, austriacos o suecos, y que podrían vivir mucho mejor, porque no tendrían que padecer la extorsión de los burócratas de Bruselas ni tendrían que mantenernos a nosotros, sus vecinos del Sur, que, como es sabido, nos pasamos el día cantando, bailando y bebiendo sangría. Son los populistas de siempre; luego está la última moda de la UE: la de quienes también piensan que los viejos Estados son armatostes inservibles, pero que la solución no es disolverlos o abolirlos, sino –éramos pocos y parió la abuela– crear otros nuevos. Sin ir más lejos, aquí estamos nosotros, los catalanes: todos sabemos que nuestros males tienen una sola causa, llamada España (o Madrid), y todos sabemos que sin España (o sin Madrid) podríamos ser felizmente sólo catalanes y encima podríamos vivir mucho mejor, porque no tendríamos que sufrir la extorsión de los burócratas de Madrid ni que mantener a nuestros vecinos del Sur, a esos andaluces, extremeños y demás que se pasan el día cantando, bailando y bebiendo sangría. Como es sabido.

Escribo días antes de las elecciones europeas, así que, a diferencia de ustedes, no sé qué pasará en ellas. Pero todo indica que crecerán todas las formas del euroescepticismo, desde las más atenuadas hasta las más groseras. Es natural: al fin y al cabo, nadie quiere ser responsable de sus propios males y, desde que empezó la crisis, muchos han encontrado un magnífico responsable de los suyos en Europa (o en Bruselas). No obstante, éste no es quizá el peor problema político que afronta la Europa unida. En un artículo publicado en Claves, Paolo Flores d’Arcais afirma que el principal problema es el de la decreciente calidad de su democracia, provocada por una degeneración de los partidos políticos que, poco a poco, está convirtiendo la representación democrática en una ficción: el problema es que “los partidos son, cada día más, máquinas autorreferentes, que la política como carrera obliga a los electores a contemplar a sus representantes, ya desde el día siguiente de las elecciones, como un ellos contrapuesto a un nosotros, como una Casta o Gremio, ajena y a menudo enemiga, enrocada en sus privilegios”. El pensador italiano no propone superar la democracia representativa con la democracia directa, pero sí con una intervención más directa de los ciudadanos en política, “una especie de revolución institucional para darle a la democracia representativa una segunda vida, basada en unos parlamentarios que no puedan hacer de la política una profesión y una carrera, sino que tengan que desarrollar su tarea de delegados tan solo durante un número muy limitado de años, para posteriormente volver a trabajar en la sociedad civil”. Se trata, pues, de imponer una idea de la política como “servicio civil temporal”. Esto significa que el peor problema político de la Europa unida es, como algunos llevan ya tiempo advirtiendo, el mismo que aqueja a los Estados que la componen, y volver a ellos, o crear otros nuevos, no haría más que agravarlo.

Es evidente que el proyecto de una Europa unida es visto cada vez más y por cada vez más gente como un proyecto frío, antipático, hostil y por fortuna reversible. Esto es una catástrofe, porque pase lo que pase en las elecciones, la UE seguirá siendo después de ellas lo que ya era antes: la única utopía política razonable que hemos inventado los europeos.

elpaissemanal@elpais.es