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LA PUNTA DE LA LENGUA
Columna
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Manifestaciones que corren por la pista

"Manifestódromo" aparece y desaparece, pero mientras tanto va haciendo camino

Álex Grijelmo

Las manifestaciones incordian mucho, como las libertades en general, y por eso en estas últimas semanas han aparecido proclamas encaminadas a tener la fiesta en paz si la plebe quiere sublevarse y ocupar la calle. Surge así de nuevo la idea de crear un “manifestódromo” para confinar en él las marchas que tanto abundan en estos años de crisis.

Cada cierto tiempo, la propuesta aparece y se entierra. Y mientras dura, entretiene y distrae. Y va haciendo camino.

La voz “manifestódromo” se ha formado, obviamente, con los elementos compositivos manifesto y dromo. La primera pieza de este vocablo procede de “manifestación” (término que desde el latín se vincula con el acto de expresar algo), y los periodistas le agradecemos su encogimiento, pues “manifestacionódromo” cuadraría con dificultad en los titulares, sobre todo a una columna. Y el segundo elemento lo tomamos del griego y nos suena también familiar, porque se reproduce en palabras como “hipódromo” o “canódromo”.

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¿Cómo habría que denominar a ese idílico lugar acondicionado para concentraciones humanas, dotado tal vez de servicios urinarios y sanitarios?

Pero ¿qué relación habrá entre este “manifestódromo” y los demás vocablos formados con ese elemento helénico? No parece fácil deducirlo; salvo si, como se verá enseguida, acudimos a cuestiones del subconsciente.

El elemento “dromo” entronca con el verbo griego que significa “correr” (édromon: yo corrí), que nos alumbra también en palabras como “dromedario” (de dromás, corredor) y “síndrome” (de syndromé: correr juntos, concurrir), según se puede comprobar en el diccionario etimológico de Corominas y Pascual. Por tanto, inferimos que los dromedarios corren que se las pelan; que en un síndrome concurren distintas circunstancias; que en el hipódromo galopan los caballos (hyppós, en griego); que en el canódromo corren los perros (de can, en latín), y que en el aeródromo aceleran las aeronaves en su maniobra de despegue. Pero entonces, ¿qué prisa tendrán las manifestaciones para que las lleven también a un lugar que etimológicamente significa “pista de carreras”?

Es ahí donde aparece el efecto subconsciente, si se nos permite la exageración. A menudo las manifestaciones, en efecto, terminan en gente que corre. Esto sucedía mucho cuando se trataba de actos ilegales, allá por el franquismo, pero la costumbre no ha desaparecido en nuestros días ni siquiera en las concentraciones convocadas con todos los sellos, pólizas y visados. Así que relacionar las manifestaciones con la velocidad o con el acto de huir de cargas y descargas (de pelotas de goma o de botes de humo) no parece una extravagancia.

Por eso quizás no nos extraña de plano tal asociación de ideas y que se llame “manifestódromo” a un lugar que ni siquiera se podrá abandonar deprisa, sino despacio y de uno en uno; porque en caso de salida masiva se prolongaría la manifestación más allá del recinto permitido.

¿Pero entonces cómo habría que denominar a ese idílico lugar acondicionado para concentraciones humanas, dotado tal vez de servicios urinarios y sanitarios, y dispuesto incluso con cuadrículas para un mejor conteo de los participantes?

El español dispone de un elemento adecuado para ello: el sufijo -torio, que a menudo forma adjetivos y sustantivos derivados de un verbo, a fin de significar un lugar. Llamamos “sanatorio” al sitio donde se sana, y “dormitorio” al lugar donde se duerme, y “observatorio” al punto donde se observa. No siempre funciona así, claro: un “supositorio” no es el lugar donde se supone, aunque sí se coloque en el lugar donde se supone. (Esta voz llegó directamente del latín suppositorium: lo que se coloca debajo, lo que se sub-pone). Pero esas otras formaciones no le quitan al sufijo -torio su productivo valor para sugerirnos un lugar en el que se realiza la acción significada por la raíz. Así pues, una alternativa morfológicamente correcta a “manifestódromo” sería “manifestorio”. Vocablo horrible, desde luego, pero muy adecuado —precisamente por eso— para aplicarse a lo que designa: es tan feo como confinar en un cercado a quienes protestan.

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Sobre la firma

Álex Grijelmo
Doctor en Periodismo, y PADE (dirección de empresas) por el IESE. Estuvo vinculado a los equipos directivos de EL PAÍS y Prisa desde 1983 hasta 2022, excepto cuando presidió Efe (2004-2012), etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades

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