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Más que una canonización

Elevando a la gloria de los santos a José de Anchieta, el papa canoniza también la labor social de los jesuitas en Brasil

La canonización por parte del papa jesuita Francisco del padre José de Anchieta, uno de los fundadores de la ciudad de São Paulo y de algún modo también de Río, está cargada de simbolismo político y social.

El Papa al hacer santo, siglos después de su muerte, al canario Anchieta, de origen vasco, uno de los primeros jesuitas españoles llegados para catequizar a los indígenas en Brasil, ha dado también un espaldarazo a las famosas y polémicas Misiones de los jesuitas en América Latina.

Anchieta, hijo de la nobleza, de origen judío, llegó a Brasil con 20 años y a pesar de su frágil salud llevó a cabo una labor importante no sólo religiosa sino también política y social. Hasta entonces, las colonias se agrupaban en el litoral del país y Anchieta, junto con sus compañeros jesuitas, pensó que era importante crear ciudades en el interior y el 25 de enero de 1554 celebró la primera misa en el poblado de São Paulo al que bautizó con el nombre cristiano del apóstol de los gentiles.

Los jesuitas, que acabaron expulsados de Brasil en 1720 por su defensa contra los indígenas a los que los colonos intentaban esclavizar, llevaron a cabo una acción no solo de catequesis para convertirles a la fe, como era costumbre de la época, sino que fueron más allá: les dieron estudios y enseñaron a cultivar la tierra para que pudieran vivir de su trabajo sin tener que dejarse esclavizar.

Anchieta estudió enseguida tupi así como sus costumbres y redactó la primera gramática de dicho idioma. Poeta, dramaturgo e historiador, el joven jesuita que acabó muriendo en Brasil a los 64 años fundó numerosos colegios. En el mejor estilo de la praxis ignaciana, heredada del fundador Ignacio de Loyola, un capitán del ejército, los jesuitas en Brasil trajeron junto con la espada y la Biblia el saber y la erudición, conscientes de que solo las letras y las ciencias les harían libres.

Siglos de disputas sobre la labor de los jesuitas en las Américas criticadas por la carga que llevaba de colonización de los indígenas a los que imponían la fe por las buenas o las malas, no han podido oscurecer la labor que en plena Edad Media, en tiempos de Inquisición, llevaron a cabo en las Misiones a través de una acción social y de rescate a la dignidad del ser humano que no puede acabar esclavo de nadie.

Eso, gracias a la fidelidad de un principio fundamental del cristianismo original: todos los seres humanos poseen la dignidad de ser hijos de Dios y por tanto con derecho a su propia dignidad y libertad.

Aquella labor misionera, polémica, pero también de fuerte sabor social de los jesuitas llegados a Brasil, es lo que el papa Francisco, el primer papa jesuita de la Historia de la Iglesia, ha querido destacar y sancionar con la canonización de su compañero jesuita, José de Anchieta. Para su canonización le perdonó hasta el frequisito requisito indispensable para la canonización de hacer un milagro.

Para el papa Francisco, por lo visto, el mejor milagro es la dedicación de una vida a la defensa de los valores no sólo religiosos sino simplemente humanos.