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EL PULSO COLUMNA i

Sea moderno, póngase barba

Los implantes de vello facial se han multiplicado en Nueva York, informa 'The New York Post'

Los precios van de los 3.000 a los 8.500 dólares

Los implantes de vello facial se han multiplicado exponencialmente en Nueva York, informa The New York Post. Los precios para esta sencilla intervención van de los 3.000 a los 8.500 dólares. Ampliar foto
Los implantes de vello facial se han multiplicado exponencialmente en Nueva York, informa The New York Post. Los precios para esta sencilla intervención van de los 3.000 a los 8.500 dólares.

Yo estaba mirando por unos prismáticos a un hipster barbado que me saludaba con la mano mientras me miraba fijamente. Me era extrañamente familiar, de hecho lo conocía pero todavía no sabía de qué.

Site horas antes. Me levanté temprano y como era domingo me puse el chándal y me fui a comprar churros. Después, ya en casa, me quité el chándal, me vestí con mi ropa de camuflaje, cogí mi gorro con orejeras, mis prismáticos y me dispuse a salir por la puerta. Intenté ser sigilosos pero justo en ese momento el furby empezó a gritar: “¡Viva la fiesta!”. –¡Oh no! –dijo mi mujer mientras se desperezaba– No me digas que estás otra vez con eso. –¡Cariño, he traído churros! –¿Cuánto va a durar esta locura? –Todavía no he acabado mi estudio, se necesita mucho trabajo de observación. –Pero vamos a ver, amor mío –dijo en un tono condescendiente– ¿qué interés tiene un puñado de hipsters? –Necesito conocerlos mejor, como se relacionan, como visten, su hábitos migratorios… –Cariño, llevas meses con esta mierda. –Creía que me apoyabas en esto. Salí dando un portazo. Y sí, llevaba siete meses observando a hipsters.

Seis horas antes. Acodado en mi observatorio de Malasaña, oteaba con mis prismáticos la plaza del Dos de Mayo. Los hipsters no suelen ser muy madrugadores, pero había uno que merodeaba solo por la plaza. No sabía decir muy bien si se acababa de levantar o todavía no se había acostado. Era un ejemplar de unos veintitantos años, barbado, de aproximadamente un metro ochenta de estatura. Vestía pantalón de pitillo cortijano, camisa de cuadros que llevaba por fuera, cárdigan beis sin abotonar, gafas de sol y gorrilla de los Cleveland Indians. Permanentemente se metía las manos en los bolsillos y se encogía de hombros. Al cabo de un rato empezaron a venir más hipsters y se arremolinaron a su alrededor. Llegué a contar una docena: siete varones y cinco hembras. Me era más difícil observar detenidamente sus vestimentas pero pude ver: shorts, leggins, más camisas de cuadros (algunas abotonadas hasta arriba), pajaritas y pitillos. Todos los varones tenían bello en la cara sin excepción. Rieron, Se empujaron, se liaron algún cigarrillo y entonces hicieron una formación en uve y se marcharon. Decidí seguirlos.

Media hora antes. Al grupo original se fueron sumando más individuos, todos parecían dirigirse al mismo sitio: un mercadillo situado en una vieja estación de ferrocarril. Al llegar allí me quedé patidifuso: había miles y miles de ellos deambulando de aquí para allá. Me fijé en uno que iniciaba un ritual de cortejo. Miraba de soslayo a una hembra, daba un paso, retrocedía, hacía como que miraba una caja de vinilos. Entonces ella, no del todo ajena, también se acercaba a esa misma caja. Al final los dos cogieron el mismo disco de Bill Callahan y se rieron. Intercambiaron los números de teléfono y ella se alejó. Entonces el muchacho se giró, se me quedó mirando fijamente y empezó a saludarme con la mano.

–¡Ey, Joaquín, tío! –exclamó mientras se acercaba– ¡Cuánto tiempo! ¿Qué coño haces con esos prismáticos?

–Eh… nada, los acabo de comprar en un puesto de trastos viejos y los estaba probando.

–¿Te acuerdas de mí? Soy Jaume, de Bellas Artes.

Jaume de Bellas Artes, cuando lo dejé era un muchacho barbilampiño y lucía una barba tupida y esponjosa, color cebada.

–Es un implante, tío.

–¿El que? No sé a qué te refieres.

–La barba, es un implante. Me lo hice en Nueva York, me costó como 3.000 dólares.

–¿Y cómo lo hacen? –le pregunté mientras se la mesaba– Es muy suave y rizada.

–Principalmente con pelo de la nuca, pero también te cogen pelos de los…

¡Jaume! –Se oyó a lo lejos– Ven a ver este puesto de calcetines de algodón orgánico, es lo más.

Jaume me dio dos besos y se marchó.

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