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Una escuela para aprender a coser sueños

El Mary Help College es la primera escuela de Etiopía de diseño de moda

En ella, 66 mujeres aprenden a ser diseñadoras para llevar su propio negocio y conseguir independencia económica en uno de los países más pobres del mundo

Mihret Admasu es una de los estudiantes del Mary Help College. Ver fotogalería
Mihret Admasu es una de los estudiantes del Mary Help College.

Entre 40 millones de mujeres etíopes, ellas son 66. Nacidas en familias extremadamente pobres, en un entorno hostil en el que predomina la desigualdad de género, ellas lo han conseguido. 66 jóvenes que han soñado, han luchado y han triunfado. Tienen entre 18 y 25 años, y gracias a sus calificaciones han podido acceder al Mary Help College, la primera escuela de Etiopía de diseño de moda, un sector en alza también dentro continente. Tres años de formación profesional que potencian su creatividad, las cualifican para puestos de trabajo mejor remunerados y para mejorar sus condiciones de vida.

Cuando entrevistamos a diez de ellas, esperábamos respuestas ambiciosas y grandilocuentes del tipo: “Quiero trabajar en Milán para una firma de lujo”. Pronto nos dimos cuenta del error. Todas anhelaban libertad, sin más pretensiones. Querían ser autosuficientes, tener un negocio propio que les permita disfrutar de independencia económica desarrollando su creatividad como diseñadoras.

Salimos de Addis Abeba y tras tres horas de trayecto en coche hacia el sur, atravesando los invernaderos que producen las flores que mañana se venderán en Holanda; llegamos a Zway, a orillas del lago homónimo, junto al Gran Valle del Rift. Una localidad de 60.000 habitantes, vestida de una fina capa de naranja, por ser zona de vientos. Todo aquí se cubre de tierra y polvo rápidamente. Hasta las pestañas de los niños son naranjas.

Al entrar al campus de Mary Help, es como atravesar una burbuja. Un recinto donde se respira paz, rodeado de jardines bien cuidados, con residencia para voluntarios y profesores, la casa de las hermanas salesianas (pues es escuela religiosa) y dos edificios que componen este centro de estudios que es “escuela vocacional” y ofrece tres titulaciones de formación profesional a 371 estudiantes: dos de informática y otra superior, que cuenta con tres profesores españoles, y la de diseño de moda. Allí se ven aulas con ordenadores, talleres de costura, una gran biblioteca, un salón de actos, un proyector que, aseguran, se adquirió hace diez años, y en su día fue el primero y único en toda Etiopía. Hasta cuentan con una pequeña cafetería en la que se sirve sólo té y pan recién hecho, traído del horno propio, junto a la casa de las hermanas, a cambio de 1 Birr (5 céntimos).

Sister María Imelda David, filipina de 52 años y directora del College, cuenta lo que representa estudiar en esta última: "Es una mejora significativa en sus vidas, no solo aprenden un oficio sino que también encuentran un trabajo que les permita ser independientes y ayudar económicamente a sus familias. Pasan de estar en sus hogares siendo esclavas de la casa -porque aquí, cuando eres mujer, desde el primer momento trabajas como ama de casa- a tener un porvenir con futuro y trabajo”.

Muy de mañana, cuando aún refresca, el campus ya es un hervidero de bicicletas y jóvenes corriendo con largos rollos de papel vegetal, reglas y telas bajo el brazo. De lunes a viernes y hasta las cinco de la tarde, los casi 150 alumnos de diseño combinan clases teóricas con prácticas, que culminarán en su tercer año con la elaboración de un proyecto de fin de carrera: presentar una colección de cien diseños y cuatro prendas confeccionadas es el objetivo.

Catorce profesores se aseguran a diario de que estas futuras diseñadoras conseguirán llegar a su meta y terminar los estudios con éxito. Ayinalem Yitagesu, coordinadora de estudios, ocho años enseñándolas insiste en el valor de su labor: “Supone un cambio estructural en las vidas de estas jóvenes y de sus familias. Estos estudios les otorgan una gran capacidad para dirigir el rumbo del negocio moda del país”.

Etiopía, con unos 80 millones de habitantes, es un país en el que más del 80% de la población sobrevive con solo dos dólares al día. Según la clasificación registrada en el último informe sobre el Índice de Desarrollo Humano (IDH), publicado en marzo de 2013 por Naciones Unidas, Etiopía tiene el mayor porcentaje en el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), después de Níger, que encabeza la lista. Esta frase tan densa se resume, con matices, en que Etiopía es el segundo país más pobre del mundo.

Sin embargo, el crecimiento económico del país desde el año 2000 es uno de los más vertiginosos del mundo. Etiopía aspira a ser un país de renta media para el 2025 y su Gobierno tiene un Plan de Crecimiento y Transformación (GTP) que parece decidido a cumplir. Sus estrategias están orientadas a impulsar la industria agroalimentaria, promover el empleo, mejorar la calidad de las infraestructuras y los servicios básicos y, sobre todo, a alcanzar y superar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que incluyen promover la igualdad entre sexos en todos los niveles de la enseñanza.

Los cambios avanzan lentamente, pero el esfuerzo por eliminar la desigualdad empieza a dar algunos frutos. En Mary Help College, este año hay más alumnas (66) que alumnos (40). Esta proporción es poco habitual. No siempre fue así. En 2001, cuando se inauguró el centro, el número de chicos doblaba al de chicas y la relación ha ido igualándose con el paso de los años, llegando incluso a invertirse.

Según datos del Instituto de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), Etiopía es uno de los países que más está aumentando la inversión del gasto público en educación del 17% en 2006 al 25% en 2010. En la sede de esta escuela en Zway (también tiene en Adís Abeba y Dilla), una pequeña localidad de 60.000 habitantes a 160 kilómetros al sur de la capital, no recibe apoyo económico del Gobierno, aunque sí homologa sus títulos académicos.

Las hermanas salesianas, que gestionan el centro, sobreviven gracias a las aportaciones de diversas ONG, entre ellas las españolas Fundación Olmos y África Directo, que mantienen en pie la escuela. Han conseguido que los alumnos tengan que pagar 600 Birr (25 Euros, aproximadamente), una cifra simbólica, por cada curso académico. Este importe sufraga solo una décima parte de los gastos del centro por cada estudiante, pero si la cuota anual fuera más alta la escuela estaría vacía. Muchos de los alumnos ni siquiera pueden pagar esa cantidad mínima y realizan trabajos a cambio, como confeccionar uniformes que venden a colegios cercanos o limpiar los jardines del colegio.

Kewbensh Gemechu, tiene veinte años y le brillan los ojos al ver las cámaras. Quiere ser modelo y desea que le hagan fotos: “Cuando era pequeña, veía la tele y me preguntaba cómo se harían los vestidos. Me encanta la moda. Crearla y vestirla. Quiero ser modelo para poder mostrar mis diseños. Me gustaría ser tan buena diseñadora como Sara Mohammed y abrir mi propia firma en Etiopía”. Kewbensh tiene novio desde hace tres años y en cuanto termine sus estudios dice que se casará. Su novio estudia marketing y me cuenta la apoya incondicionalmente.

Un plan de vida entre 66. Los sueños de jóvenes que viven en una región muy deprimida y han logrado así acceder a una educación técnica que las ayudará a conseguir reconocimiento social y empleos con un mayor nivel de ingresos. Diseñadoras que acarician el sueño del éxito: la libertad.

Un final de cuento

Cuando nacieron Haimanot y Tigist Damtew, gemelas, una de ellas estaba destinada a morir. Demekech, su madre, carecía de recursos para alimentarlas a ambas. Carmela Green-Abate, fundadora de la ya desaparecida ONG Gemini Trust, supo del nacimiento de las pequeñas y decidió hacerse cargo de su manutención y educación.

Las hermanas Damtew crecieron sanas, fueron al colegio y gracias a Carmela pudieron aprender bien el inglés que tan útil les sería en el futuro. Querían estudiar informática, pero otra persona que sería clave en sus vidas estaba a punto de cruzarse en su camino: Deborah, una australiana que vivía en Adís Abeba y colaboraba con Gemini Trust, observó que tenían habilidades manuales y buen gusto, así que decidió enseñarles a manejar las herramientas necesarias para diseñar joyas.

Se hicieron rápidamente con la técnica y pronto descubrieron que sus diseños eran muy creativos. A los pocos meses empezaron a vender sus collares en casas particulares y en reuniones de amigos en cafeterías. El siguiente paso fue hacerse un hueco en el “mercadillo de las ONG” de Adís Abeba, un área comercial frecuentada por europeos y americanos que se volvían locos con sus collares. Vendían todo lo que diseñaban así que se dedicaron día y noche a producir más obras.

Confiadas en el gran potencial de trabajo, se asociaron al Ethiopian Women Exporters’ Association. En poco tiempo, fueron seleccionadas como modelos de pequeñas empresarias para representar a Etiopía en ferias internacionales de mujeres emprendedoras. Ya en 2009, fueron elegidas para ir a la feria de artesanía SIAO Handcraft Trade Fair Artists en Burkina Faso. Ese mismo año también las patrocinaron para viajar al Bead Merchant of Africa en Sudáfrica. Allí aprendieron a diseñar con otro tipo de materiales que no tenían en Etiopía y asistieron a talleres de técnicas de ventas y marketing.

En 2010 viajaron a Ghana, y después sus joyas y su entusiasmo las llevarón a India, Méjico… Su último destino ha sido la Exhibition Ethiopian Jewellery en el Goethe Institut de Dar Es Salaam, en Tanzania, en 2013. Una exposición que les propuso alguien que las había descubierto a través de su página de Facebook, H&T Designs.

En sus viajes aprovecharon para comprar cuentas y piezas originales de cada país que combinaron después con las que adquirían localmente y creando así diseños únicos en Etiopía. Muchas de sus compradoras son extranjeras que después venden sus complementos en establecimientos de medio mundo. Hoy pueden encontrarse diseños de Tigist y Haimanot en Australia, Francia, Estados Unidos o Reino Unido.

En agosto, Tigist tiene pensado mudarse a Alemania para abrir una tienda allí y gestionar el negocio de la firma on line. Al despedirnos, Haimanot me contaba que habían luchado mucho pero que sabían que el esfuerzo no siempre es suficiente para cumplir sueños… “Our dream is now our world. We are lucky and thankful”.

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