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La aventura de Doñana

Refugio de mandatarios y personalidades de todo el mundo, enclave de especies en peligro tan emblemáticas como el lince ibérico y el águila imperial

El parque nacional cumple medio siglo como reserva biológica

Este es un viaje a sus secretos a través de quienes mejor lo conocen

Imagen aérea de cigüeñas alimentándose en la corriente del desagüe de una balsa de cultivo acuícola extensivo de peces de estuario.
Imagen aérea de cigüeñas alimentándose en la corriente del desagüe de una balsa de cultivo acuícola extensivo de peces de estuario.

En una choza hecha de madera y junco en la veta de Las Carabiruelas, en medio de la marisma de Doñana, donde reinaron siempre el paludismo y los señoritos, nació José Boixo un 30 de septiembre de 1935, diez meses antes del inicio de la Guerra Civil. Doñana era entonces uno de los cotos de caza más grandes de España, un lugar aislado en la margen derecha del Guadalquivir donde aristócratas y reyes iban a matar venados, jabalíes, patos, linces, zorros y otras alimañas, también Alfonso XIII, que durante catorce años fue cada invierno de montería antes de refugiarse en Roma.

En aquel tiempo, Doñana era virgen y salvaje y solo había pasado por manos de unas pocas familias. Durante seis siglos, el coto perteneció a los duques de Medina Sidonia, hasta que en 1900 Guillermo Garvey lo compró por 150.000 duros y más tarde lo recibieron en herencia los duques de Tarifa. En 1935, tras la muerte de estos, los marqueses de Borghetto obtuvieron la propiedad de las 27.000 hectáreas en pago de una deuda, y más o menos por aquellos días el padre de Boixo se mudó del Coto del Rey a la marisma de Hinojos a cuidar las reses de unos ganaderos de Villamanrique de la Condesa.

Colonia de reproducción de flamencos en el parque nacional. Algunos años crían hasta 20.000 parejas en los islotes de las marismas.
Colonia de reproducción de flamencos en el parque nacional. Algunos años crían hasta 20.000 parejas en los islotes de las marismas.

La marisma era un territorio inhóspito que ni siquiera los ingleses habían logrado domar, pese a que trataron de cultivar algodón y arroz en los años veinte sin éxito. Solo había por estas tierras unos cientos de carboneros, mieleros, piñeros, salineros, leñadores, aparceros, arrieros y –los dos oficios más deseados– guardas y caseros de los palacios de Doñana y de las Marismillas.

“La vida aquí era muy dura… muy dura”, recuerda Boixo ante uno de los alcornoques centenarios del coto, hoy parte de un espacio natural protegido que se ha ido ampliando hasta 108.000 hectáreas, del que son su corazón la estación biológica y el parque nacional de Doñana, declarado reserva de la biosfera y patrimonio de la humanidad por la Unesco.

El humedal, que abarca territorios de las provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz, es el más importante del continente, con varios ecosistemas diferentes y una situación privilegiada entre Europa y África, donde cada año pasan el invierno cientos de miles de aves acuáticas y se conservan especies al borde de la extinción como el lince ibérico y el águila imperial. Doñana es, además, “un icono internacional de la conservación”, asegura Juan José Negro, director de la estación biológica, que ahora cumple 50 años de su fundación por José Antonio Valverde, el naturalista que logró concienciar al mundo de la importancia de preservar el lugar cuando, bajo el franquismo, empezaba a urbanizarse la playa y desecarse la marisma para cultivar, lo que hubiera supuesto su final.

“Si Valverde llega a venir más tarde, esto no existiría”, dice Boixo, que entre 1965 y 2000 fue guarda mayor de la estación biológica, hoy una institución científica de prestigio internacional adscrita al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en cuya plantilla hay 47 investigadores.

Doñana era un joven condenado a muerte; ahora es una persona mayor, pero indultada, dice Miguel Delibes de Castro, exdirector de la estación biológica

Estamos en la Cota 32, una de las alturas privilegiadas de Doñana, desde donde Boixo mira al Charco del Toro, una laguna hoy totalmente seca. Al sur se ve Matalascañas, pueblo turístico que en verano multiplica por 40 su población hasta sobrepasar los 100.000 habitantes. Al llegar a Matalascañas desde Almonte se ven en la carretera los cuatro o cinco pozos que extraen agua para esta comunidad del acuífero 27, el mismo que nutre Doñana. Los pozos están a unos pocos metros del linde del coto y, según organizaciones ecologistas, son uno de los problemas graves que atentan contra Doñana junto a los más de mil pozos ilegales que riegan los cultivos de fresa y arándanos en la zona.

“Desde que hicieron el campo de golf en Matalascañas nunca más se ha llenado el Charco del Toro ni otras lagunas de por aquí cerca”, afirma Boixo, que ha vivido aquí toda su vida. “Yo solo salí de aquí a hacer la mili, era de la quinta del 56”, dice mientras observa con nostalgia los paisajes de toda su vida: están las dunas móviles, que avanzan desde el mar hacia el interior sepultando pinares que después vuelven a resurgir petrificados; el monte y el bosque mediterráneo, rico en flora y fauna, donde los antiguos dueños introdujeron ciervos, gamos y otros animales para repoblar sus cazaderos; la fértil vera, donde se unen el monte y la marisma, y la inmensa planicie marismeña, con sus lucios y sus aguas someras que en invierno se llenan de patos, garzas, flamencos, espátulas y decenas de especies de aves acuáticas.

'Doñana expedition' de 1957, en la puerta del palacio de Doñana. Entre ellos, el famoso fotógrafo Eris Hosking, los ornitólogos James Fergusson y Guy Mounfort, y personalidades como Julian Huxley, Max Nicholson y lord y lady Alanbrooke, así como José Antonio Valverde y Mauricio González Gordon.
'Doñana expedition' de 1957, en la puerta del palacio de Doñana. Entre ellos, el famoso fotógrafo Eris Hosking, los ornitólogos James Fergusson y Guy Mounfort, y personalidades como Julian Huxley, Max Nicholson y lord y lady Alanbrooke, así como José Antonio Valverde y Mauricio González Gordon.

A los nueve años de edad, Boixo mató su primer lince, cuenta durante un paseo por el coto. “Estaba fuera de mi casa con la escopeta y disparé a algo que se movía. Entré corriendo: ‘Papá, papá, he matado un león’; ni yo mismo sabía lo que era aquello”. Era el año 1944 y ya los Borghetto habían vendido 17.000 hectáreas de su propiedad al marqués de Bonanza (Manuel González Gordon), el marqués de Mérito y Salvador Noguera, que constituyeron la Sociedad del Coto del Palacio de Doñana.

“En aquel tiempo, los dueños te pagaban por matar depredadores y alimañas. Un lince eran cuatro duros; un zorro, tres duros; un milano o un águila, tres pesetas; una comadreja, dos”. Hasta los 14 años, a eso se dedicó, hasta que en 1952 Franco ordenó plantar eucaliptos en Doñana para producir celulosa bajo amenaza de expropiación, y durante años José Boixo estuvo trabajando en eso.

“Todavía hoy se están arrancando aquellos árboles”, cuenta Héctor Garrido. Héctor es fotógrafo y censador de aves de Doñana desde 1991, y en estos momentos la avioneta en que realiza el censo de enero de 2014 sobrevuela Los Sotos, en la zona noroeste del parque nacional, donde se ve abajo varios hombres que trabajan quitando eucaliptos. “Es un árbol que hace mucho daño en Doñana pues demanda mucha agua, empobrece el suelo y modifica los ecosistemas originales”, explica Garrido. La avioneta vuela bajo y pasa por el ojo de Martinazo, la laguna de Santa Olalla, el cerro de los Ánsares, el lucio de Mari López, la punta de Malandar, el brazo de la Torre y otros lugares espectaculares de donde salen miles de patos cuchara, cercetas y silbones, además de varias bandadas de moritos, una de las especies que habían desaparecido completamente en los años cuarenta y que hoy es muy abundante.

Pese a que este invierno casi no ha llovido, desde el cielo el coto se ve majestuoso. Hay lucios y lagunas con bastante agua y allí se observan las mayores concentraciones de pájaros. Cuando dentro de dos horas y media termine el vuelo, Héctor habrá contado 30.000 ánsares, 25.000 flamencos, 50.000 agujas colinegras y 95.000 patos…, en total, cerca de 300.000 aves acuáticas. “Algunos años buenos de lluvia hemos censado hasta 750.000 aves en el invierno”, dice al ayudante de Héctor, José Luis, mientras desde el aire señala unas marcas de ruedas que surcan la marisma. Son las rodadas de los camiones que realizan trabajos forestales dentro del coto y que en vez de coger siempre por el mismo lugar cruzan por donde les viene en gana. “Eso es fatal, porque esas marcas son profundas y duraderas y alteran el delicado equilibrio de la marisma”, señala Héctor.

José Boixo, guarda mayor de la reserva biológica de Doñana entre 1965 y 2000, junto al esqueleto de un alcornoque muerto.
José Boixo, guarda mayor de la reserva biológica de Doñana entre 1965 y 2000, junto al esqueleto de un alcornoque muerto.

Desde la altura se ve la maravilla que es Doñana, pero también todos los peligros que lo acechan, la mayoría exteriores, empezando por la agricultura.

El parque nacional está rodeado por 40.000 hectáreas de cultivos de arroz y otras 6.000 hectáreas de fresas y otros frutos de invernadero, cubiertas por gigantescos plásticos. Los pesticidas que se emplean, aunque de un modo u otro afectan al entorno de Doñana, no son el principal problema, sino “otros, como el robo del agua por los pozos ilegales y la sobreexplotación del acuífero, el mal estado del estuario o el dragado del Guadalquivir”, asegura desde tierra Felipe Fuentelsaz, representante de la ONG World Wildlife Fund (WWF).

Coincidiendo con el 50º aniversario de la creación de la estación biológica, WWF ha hecho un informe a la Unesco y el resto de las organizaciones internacionales que velan por la conservación de Doñana en el que se alerta sobre la peligrosa situación en que se encuentra el parque y se denuncia la mala gestión y el incumplimiento, por parte del Gobierno y la Junta de Andalucía, de 16 de las 18 recomendaciones hechas por la Unesco en 2011 para asegurar el futuro del humedal más emblemático de Europa.

“Doñana está casi en la UVI”, resume Fuentelsaz. Su opinión es compartida por algunos trabajadores del parque, aunque científicos como Fernando Hiraldo y Miguel Delibes de Castro, ambos exdirectores de la estación biológica, consideran el diagnóstico exagerado. “Antes, Doñana era un joven fuerte pero condenado a muerte; ahora es una persona mayor, con menos fuerza, pero indultado”, afirma Delibes, de 67 años, director de la estación entre 1988 y 1996.

Delibes conoce bien Doñana, pues llegó aquí a los 27 años captado por Valverde y dejando atrás un trabajo mucho más rentable con Félix Rodríguez de la Fuente. “Doñana ha sido casi toda mi vida”, indica, señalando que al comienzo la estación tenía 6.671 hectáreas y hoy, “aunque las agresiones exteriores son muchas”, el área protegida es de más de 100.000 hectáreas.

El exmandatario de la antigua URSS Mijaíl Gorbachov y el expresidente español Felipe González (ambos, en pantalón corto), en la entrada del palacio de Doñana, durante la visita que el primero realizó a principios de la década de los noventa. Detrás de Gorbachov, el entonces director de la estación biológica, Miguel Delibes de Castro.
El exmandatario de la antigua URSS Mijaíl Gorbachov y el expresidente español Felipe González (ambos, en pantalón corto), en la entrada del palacio de Doñana, durante la visita que el primero realizó a principios de la década de los noventa. Detrás de Gorbachov, el entonces director de la estación biológica, Miguel Delibes de Castro.

La historia de cómo se salvó este paraje privilegiado que sigue asombrando hoy a ornitólogos y naturalistas de todo el mundo tiene que ver con la voluntad de José Antonio Valverde y también con la ciencia. Sin duda, fue fundamental la repercusión que tuvieron las expediciones científicas internacionales que en los años cincuenta visitaron el coto, en especial la Doñana expedition de 1957, integrada por los ornitólogos de campo James Fergusson, J. Parrington y Guy Mounfort –que en 1958 publicaría Portrait of a Wilderness–. También el mejor fotógrafo de naturaleza del momento, Eric Hosking, y personalidades como Julian Huxley, Max Nicholson y lord y lady Alanbrooke. Mauricio González Gordon, uno de los dueños de Doñana, fue el anfitrión, y Valverde, invitado de última hora.

Lo que vieron les impresionó, y José Antonio Valverde contó después con su respaldo y el del naturalista suizo Luc Hoffman, primer vicepresidente de WWF. Esta organización se creó en 1961 con el fin de proteger la naturaleza, pero sobre todo para recaudar los 33 millones de pesetas necesarios para comprar –el 30 de diciembre de 1963– las 6.671 hectáreas que formarían la primera reserva biológica de España y que fueron donadas al CSIC un año después con fines de investigación y conservación. Seis años más tarde, WWF adquirió otras 3.124 hectáreas en la marisma de Aznalcázar, cuya gestión también cedió al CSIC, y ese mismo año de 1969, Valverde logró que el Gobierno de Franco creara el parque nacional de Doñana, con otras 35.000 hectáreas.

De ser un “mal bicho” que se pasaba el día cazando linces, meloncillos y águilas, hoy especies protegidas, Boixo pasó a preservarlas y a perseguir a los furtivos que entraban al coto a matar ciervos y jabatos. Valverde lo nombró guarda mayor de la reserva en 1965 y entonces Doñana, más todavía, se convirtió en su vida. “Lo primero que hicimos fue numerar con tablillas todos los alcornoques centenarios que había, que eran 454”. Entre ellos estaban los impresionantes ejemplares de La Pajarera, un verdadero espectáculo de árboles donde cada año anidan cientos de cigüeñas, garzas y espátulas.

La lucha entre los pájaros y los alcornoques existía ya entonces. Las deyecciones de las aves sulfataban el suelo circundante y los árboles se secaban lentamente. Hoy, debido a una enfermedad que afecta a las raíces más finas de la planta y no les permite tomar agua, los alcornoques infectados mueren en menos de un año. La ciencia investiga y, al parecer, hay un posible remedio que ha funcionado en otras especies de árboles, pero la dirección del parque nacional –que pertenece a la Junta, mientras la estación biológica depende del CSIC– no acaba de tomar la decisión de experimentarlo con algunos alcornoques, y los árboles siguen muriendo. “Doñana es mucho Doñana”, reconoce uno de los gestores del parque. Para hacer cualquier cosa, uno se lo piensa.

En aquel tiempo, los dueños te pagaban por matar depredadores y alimañas. Un lince eran cuatro duros; un zorro, tres duros, y un águila, tres pesetas

“Hoy quedan poco más de 200 alcornoques”, se lamenta Boixo, que se detiene ante un palmito rodeado de arbustos y zarzas en Santa Olalla, en medio del coto, donde predomina el monte viejo, algo que disgusta al antiguo guardés, pues, dice, habría que desbrozarlo.

“Este palmito le gustaba mucho a Felipe”. Felipe es Felipe González, y fue el primer presidente de la democracia que utilizó el coto para pasar su tiempo libre e invitar allí a políticos extranjeros. “Al que más le gustaba era a Helmut Kohl”, recuerda González, que todavía hoy afirma que lo único que echa de menos de ser presidente del Gobierno es “disfrutar de Doñana”. Cuenta Delibes que un día Felipe invitó a Kohl a ir al cerro de los Ánsares a ver la llegada espectacular de miles de gansos salvajes. “Es al amanecer, hay que levantarse temprano”, le dijo Felipe. “¿A qué hora?”, respondió. “A las seis”. “Hombre”, contestó el excanciller alemán, “a esa hora yo ya llevo un buen rato combatiendo contra el socialismo”.

González también invitó a Gorbachov después del golpe de Estado en la antigua URSS. “Aunque Felipe le explicó varias veces que el palacio de Doñana era una institución pública, no hubo forma; al despedirse escribió en el libro de vistas: ‘Muchas gracias a Felipe González por haberme invitado a su dacha”, recuerda Delibes.

El entonces joven guarda José Boixo (a la izquierda), junto al fundador de la reserva biológica de Doñana, José Antonio Valverde (a la derecha).
El entonces joven guarda José Boixo (a la izquierda), junto al fundador de la reserva biológica de Doñana, José Antonio Valverde (a la derecha).

González se quedaba en el palacio de Doñana, mucho más austero que el de las Marismillas, donde se alojaron Aznar, Zapatero y ahora Rajoy. A Zapatero lo que le gustaba era aislarse. hacía 10 kilómetros de footing por la playa. Aznar también corría, pero tramos de sprint y se cronometraba. Rajoy lo que hace es andar. “A Felipe, en cambio, le gustaba pasear con los guardas, hablar con los pescadores, socializar con la gente”, cuenta José María Pérez de Ayala, responsable de atender las visitas institucionales.

Un radiocasete de un coche interrumpe la paz de la marisma. Aparece un jeep Toyota, y después otro vehículo 4×4, y otro, y otro más. Sus ocupantes van de juerga. “Son de las hermandades rocieras”, explica Héctor. Hay más de cien hermandades, y algunas poseen 10.000 miembros. Decenas de ellas tienen derecho a pasar por Doñana y a pernoctar durante la romería del Rocío (50 días después de Semana Santa), pero también en otras dos fechas de su elección, como hoy. Muchos tiran papeles y desperdicios.

Está el Rocío… Los pozos ilegales. Y los planes de dragado del Guadalquivir o de hacer un oleoducto, pero en medio de estas amenazas Doñana resiste y otras muchas cosas alientan. Cuando en 2003 comenzó a funcionar el Centro de Cría del Lince Ibérico de El Acebuche, la población de linces en Doñana estaba a punto de extinguirse. Hoy, en los cuatro centros de cría que ya existen en la Península hay 143 ejemplares, 44 de ellos cachorros nacidos en 2013, además de tres centenares de ejemplares en libertad. Once parejas de águilas imperiales anidan en el parque y se han recuperado especies de aves acuáticas como el morito. Cincuenta años después, muchos peligros acechan a este antiguo coto de señoritos. Pero la aventura de su vida continúa.

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