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Desempolvar la alta costura

La exposición ‘Paris haute couture’ recorre la historia de los tejidos en 100 vestidos.

Reivindica su vigencia en este particular momento de la historia de la industria textil.

Vestido de tafetán y plumas de Balenciaga (1967). Ampliar foto
Vestido de tafetán y plumas de Balenciaga (1967).

Durante más de 20 años, un vestido verde dibujado en terciopelo azul oscuro de Charles Frederick Worth estuvo en el archivo del museo Galliera de París, respetando los requisitos de conservación y restauración que requiere la alta costura. La pieza del que se considera el creador de este tipo de artesanía de los tejidos sale ahora de las catacumbas de la institución para mirar de frente a Alexander McQueen. El diálogo entre diseñadores lo ha concitado Olivier Saillard, director del museo y comisario de Paris haute couture, la muestra que reúne a maestros y discípulos en una sala del Ayuntamiento de París sin mirarle las costuras al tiempo. De igual a igual.

“Hemos dedicado un año y medio de trabajo para seleccionar 100 vestidos”, explica en conversación telefónica Saillard. Ordenado de manera cronológica, el recorrido pone fecha de partida a mitad del siglo XIX y alarga su final hasta Cristóbal Balenciaga. Entre los renglones históricos se cuelan Karl Lagerfeld para Chanel, Ricardo Tisci en nombre de Givenchy o Jean Paul Gaultier, sin desviar la línea, pero con la clara intención de certificar, como opina el comisario, que la técnica de la alta costura se mantiene firme en los ateliers del nuevo siglo. “No hay mucha diferencia entre lo que se hacía en el XIX y lo que se crea en la actualidad. Tal vez el reclamo esté en revalorizar el trabajo artesanal, la base de estos diseños”.

Vestido de té de Charles Frederick Worth (1895). ampliar foto
Vestido de té de Charles Frederick Worth (1895).

Olivier Saillard demanda el oficio invisible de los bordadores atrincherados en los talleres de París. Los soldados que convirtieron la ciudad en sede de la alta costura desde unas barricadas tan sólidas que ninguna otra metrópolis de la moda ha sido capaz de superarlas. Y eso que el advenimiento y consolidación del prêt-à-porter en las calles y los calendarios oficiales de la moda han hecho desaparecer muchos de estos talleres –unos pocos resisten bajo mando de Chanel.

Los desfiles que hasta los noventa mitificaban esta costura en más de media hora de presentación comenzaron a marchitarse. Una década después, Oscar de la Renta daba la puntilla en The Wall Street Journal: “La alta costura se ha vuelto completamente irrelevante”. Olivier Saillard pretende con esta muestra, que se podrá ver hasta el 6 de julio en la sala Saint-Jean de la Alcaldía, una visión más pragmática: “La alta costura es el patrimonio de una casa de moda”. El historiador no es ajeno a la coyuntura de la moda, pero encuentra en un grupo de diseñadores contemporáneos su pequeño reducto de argumento y satisfacción personal. “Azzedine Alaïa, Comme des Garçons, Rei Kawakubo y Junya Watanabe tienen la habilidad de abrir nuevos caminos de investigación, que a lo mejor no responden a los cánones de la alta costura, pero se acompañan de una técnica y un lenguaje igual de virtuosos”.

El mismo entusiasmo muestran desde la casa Swarosvki, patrocinador de Paris haute couture. Su trabajo con los cristales comenzó al mismo tiempo que en París el patronaje se complicaba. Desde entonces, según relata Nadja Swarosvki, el recorrido no solo ha ido en ­paralelo, sino que se ha imbricado en los ­tejidos. “Los 30 vestidos con cristales de la exposición muestran la evolución de la técnica”, explica la heredera. Desde los cristales en cadenas metálicas de los primeros diseños, el metal era el medio de unión, pasando por las piezas agujereadas que se cosían directamente, hasta los cristales que se planchan o remachan al tejido, “aportando ligereza y versatilidad”.

El 90% de las prendas que se expondrán pertenece al museo Galliera, preparado para su próxima reapertura este otoño tras las obras de reforma. El 10% restante sale de casas de moda parisienses como Dior y Chanel. Los dibujos y las imágenes que conforman la segunda parte de la exposición muestran los borradores de los sueños de los diseñadores, sus lugares de trabajo y las clientas que terminaron por cumplir esos delirios preciosistas. Elsa Schiaparelli, bajo mando de la editora jefe de la revista Harper’s Bazaar, concluyó en 1938 una capa rosa tocada en la espalda con un gran sol bordado, otro de los inéditos de la exposición.

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