Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Sobre naciones negras y cultura

Autor invitado: Albert Roca (*)

Para celebrar el Día de África (25 de mayo pasado) Casa África presentó en su sede la publicación Naciones Negras y Cultura, obra emblemática, de gran trascendencia y significación social y política de Cheikh Anta Diop, historiador y antropólogo senegalés que estudió los orígenes de la raza humana y la cultura africana precolonial y que ha sido considerado uno de los más grandes historiadores africanos del siglo XX. En el momento de su publicación, en 1954, dicho mensaje, construido como una tesis doctoral, resonó como un descomunal exabrupto… Este texto es un extracto del prólogo, escrito por Roca.

La publicación de Naciones negras y cultura de Cheikh Anta Diop marca un hito en la empresa de traducir a los clásicos africanos que ha asumido Ediciones Bellaterra, con la decisiva colaboración de Casa de África. Tras la antología del pensamiento africano de Emmnauel Chukwudi Eze, el reconocimiento a la fuerza del panafricanismo a través de la emblemática obra de Nkrumah, África debe unirse, así como una primera incursión en esa fuente de la vida que es la tradición oral mediante la epopeya de Sunyata, recogida por D. T. Niane, la presente obra enlaza con la reedición en castellano de la Historia del África negra de Joseph Ki-Zerbo. La simple evocación de algunos de los paralelos y de las diferencias entre estos dos grandes autores –no podemos aspirar a más en estas líneas– quiere ser un recurso para calibrar mejor el significado de esta nueva publicación: para apreciar más ajustadamente, pues, la importancia de la contribución de la nueva historiografía africana al patrimonio humano; para entender por qué la obra de Diop supuso un punto de inflexión en tantos campos del pensamiento y de la ciencia; y para valorar como esta traducción también señala la madurez de la Biblioteca de Estudios Africanos.

Cheikh Anta Diop (1823-1986) fue un intelectual, investigador y político senegalés. Físico de formación, se acercó a la historia y a la cultura africana como palancas imprescindibles para fundamentar e impulsar la independencia y el bienestar de las poblaciones africanas. Y éste perfil es sin duda paralelo al de Josep Ki-Zerbo (1922-2006), de su misma generación, formado en la misma atmósfera de emancipación que siguió a la Segunda Guerra Mundial, reconocido intelectual y político inevitablemente acantonado en la oposición burkinabé, dados su espíritu crítico y su inconformismo social. Pero las diferencias son tan o más ilustrativas. Joseph Ki Zerbo se formó como historiador y rápidamente alcanzó prestigio como tal, llegando a ser uno de los directores de la Historia General de África (HGA) propulsada por la UNESCO.

Vía Seneweb

Cheikh Anta Diop también fue miembro del Comité Científico Internacional de la HGA, pero su participación en la magna obra fue mucho más polémica, y, por lo tanto, más sonada, aunque no fuese un director de la misma. Su aportación sobre el antiguo poblamiento de Egipto –como la cuestión de la clasificación de las lenguas de África– generó tal revuelo que sólo se pudo calmar con un insólito doblado: dos capítulos abordaban, más o menos disimuladamente, el mismo tema desde perspectivas teóricas y con conclusiones históricas bien distintas. Esta pluralidad, que puede parecer desconcertante en una obra con pretensiones enciclopédicas, refleja en el fondo el estado habitual del campo de investigación en ciencias sociales. Pero, además, la misma trayectoria de Diop era más consubstancial con dicha pluralidad que la de la mayoría de los colegas, incluyendo a Ki-Zerbo.

Físico de formación, como ya se ha dicho, se zambulló sin dudarlo en los dimes y diretes de la etimología comparada, discutió sobre las interpretaciones de los estudios genéticos, reinterpretó resultados arqueológicos y análisis de anatomía comparada, se entusiasmó con la crítica de textos antiguos y de autores modernos y contemporáneos que le había precedido y no hizo ascos a las etnografías de los antropólogos, pese a la mala prensa que la disciplina tenía en África (por su asociación al impulso colonial y su especialización en los supuestos primitivos que parecía connotar fatalmente a los africanos). No extraña que ninguna de las disciplinas aludidas acabe de reconocer a Cheikh Anta Diop. En alguna nota biográfica en castellano se le ha calificado de "polígrafo", término que con un sabor rancio –apenas se utiliza para designar a figuras posteriores a la primera mitad del siglo XX, con alguna excepción asociada a la enfermiza atmósfera intelectual franquista–, remite a un personaje que sabe de todo, pero nunca en profundidad, un tastaolletes, en catalán.

El autor durante una conferencia. Vía proudlyafrikan.org

Si encima este supuesto amateurismo se vincula al carácter abiertamente comprometido del trabajo de Diop, empeñado en instrumentalizar sus conocimientos en la lucha por la independencia, la descalificación no tarda en llegar, tachando su trabajo de "ideológico", en lugar de "científico". Y, sin embargo, todas las disciplinas mencionadas encierran alguna deuda con la obra del senegalés, deuda que en el campo de los estudios históricos crece hasta hacerse enorme. Véase el porqué. Ki-Zerbo ejemplifica la generación de autores que visibilizaron la historia africana y, al hacerlo, no sólo aumentaron la autoestima de las sociedades africanas, sino que la dotaron de un futuro y de un presente político: aplicando los postulados de Renan –gran teórico del nacionalismo moderno a la francesa–, los africanos sólo podrían ser autónomos, organizarse en una sociedad civil con voz y decisión propia sobre su futuro, en una nación, si tenían una memoria común, una historia. La historiografía colonial había minimizado la iniciativa africana atribuyendo sistemáticamente a factores externos cualquier cambio o innovación significativos: es lo que se ha llamado camitismo, una de las grandes coartadas de la tutela colonial.

Así pues, Ki-Zerbo, como el británico Basil Davidson entre muchos otros, revisaron la producción de los mejores especialistas coloniales (nombres como Raymond Mauny o Roland Oliver), identificaron la voluntad local en el pasado del continente y pusieron esa nueva historia al servicio de los africanos y las africanas del siglo XX: la HGA fue uno de los grandes instrumentos en esta tarea (véase el prólogo de Historia del África negra de J. Ki- Zerbo). Pero Cheikh Anta Diop fue más allá. Al concentrarse en esa recuperación de la historia africana, analizó su proceso de ocultación anterior y, tras descartar que fuese un efecto colateral y espontáneo de la ignorancia y el desinterés de los poderosos hacia los débiles (en una terminología más actual, "de los desarrollados hacia los subdesarrollados"), lo tachó de falsificación (pseudo) científica consciente. Con ello, cuestionó la honestidad y el rigor de la ciencia institucionalizada y la hizo dependiente de la sociedad de su época, adelantándose a Kuhn y Lakatos. Pero, además, al buscar las razones profundas de esa estafa, no sólo desmintió la universalidad de la inferioridad africana, sino que postuló una supremacía negra original, fundacional: la "verdad ocultada" era que los egipcios eran negros africanos que habían constituido la primera civilización y habían fecundado a Grecia.

Diop no se limitaba a afirmar que el futuro de los africanos debía estar en sus manos, sino que obligaba a revisar el concepto mismo de progreso humano, al poner en duda su linealidad y algunos de los ejes sobre el que se había medido. Y eso pica: ¿así que todo aquello del paso del "mito al logos" o no era cierto o no pasó ni donde ni como nos habían dicho? ¿debemos reinventarnos adónde vamos si resulta que estamos redescubriendo de dónde venimos? La aproximación del senegalés era, pues, revolucionaria, y lo era en más de un sentido: no sólo daba la vuelta a alguna de nuestras presunciones históricas más arraigadas, sino que asumía que había que hacerlo mediante la lucha, mediante la fuerza, ya que el fair play no reinaba ni en las relaciones internacionales ni en las evaluaciones científicas. Tal vez la imagen más simbólica, y carismática, de Cheikh Anta Diop sea enfundado en su bata blanca en el laboratorio de C14 que consiguió hacer construir y funcionar en Dakar (antes que no pocos países europeos): parece decir "dejadnos medir a nosotros mismos y las teorías serán más ponderadas, más contrastables; tendréis que demostrar nuestros sesgos, como hemos hecho nosotros con los vuestros, en lugar de darlos por hechos".

Portada de la edición de 1954 en Présence Africaine (París). Vía Afrikara.

(...)

Reafirmemos que, tal como se señala en la cubierta, Cheikh Anta Diop consideraba NNC, y yo me atrevería a decir que también el conjunto de su obra, como un punto de partida, y no una pancarta de llegada. En el año 1974, en el sonado congreso de El Cairo, el establisment egiptológico examinó las tesis sobre el Egipto negro. Es curioso que casi todas las facciones entendieron posteriormente la reunión como un triunfo propio. Sin duda, la africanidad de Egipto se convirtió desde entonces en un lugar común, aceptado por la mayor parte de las «vacas sagradas» de la egiptología. Pero también es verdad que, poco a poco, se ha ido evidenciando que lo que se comprende por africanidad es muy distinto. Desde entonces, numerosas reuniones internacionales de la subdisciplina han contado con la presencia de investigadores diopistas, nombres como Théophile Obenga, Mubabinge Bilolo, Pathé Diagne o Pierre Oum Ndigi, por citar algunos.

Sin embargo, su producción bibliográfica, como la del propio Diop, apenas forma parte del arsenal formativo utilizado en las grandes instituciones de investigación sobre el Antiguo Egipto: no se recomienda, ni mucho menos se exige que los futuros doctores la conozcan y, naturalmente, la contrasten. Uno puede adivinar la ausencia flagrante de diopistas y, más aún, de académicos subsaharianos en los equipos internacionales que investigan sobre el Antiguo Egipto.

En 1996, en un gran congreso celebrado en Dakar para revisar el legado de Cheikh Anta Diop, diversos países africanos enviaron delegaciones culturales para participar en actividades paralelas a las sesiones académicas. La República de Egipto envió la compañía nacional de danza, que, además de ejecutar algunos bailes folclóricos, deleitó al público con unas piezas de ballet clásico. La blancura extrema de sus componentes chocó a más de uno: eran rusos, ya que la compañía había sido un presente de la antigua Unión Soviética al pueblo egipcio en la época de Nasser. A nadie se le puede escapar la ironía de semejante elenco de "caucasoides modélicos" conmemorando la obra de Diop y cantando el renacimiento que proponía.

Sólo la publicación y la lectura de la obra de Cheikh Anta Diop, por parte de colectivos cada vez más amplios, pueden romper esta barrera invisible, este juego de fachadas, en beneficio del conocimiento no sólo sobre el África, sino sobre la humanidad. Y quien dice conocimiento, dice desarrollo, bienestar, sabiduría.

(*) Albert Roca es traductor de la obra y director de la Biblioteca de Estudios Africanos de Bellaterra. Cheikh Anta Diop. Naciones negras y cultura. De la antigüedad negroegipcia a los problemas culturales del África Negra de hoy. Editado por Bellaterra integrado en la Biblioteca de Estudios Africanos de Casa África.

Comentarios

"tastaolletes". Muy curiosa la fijación escatológica de los catalanes.
Diop era un historiador aficionado. En miles de años, sólo hubo UNA dinastía nubia en Egipto. La civilización egipcia se difundió hacia el SUR (Nubia), no al contrario. Incluso hay alucinados que afirman que hasta la cultura griega es de origen africano ("Afrodita negra"). Más ciencia y menos ideología, que las culturas subsaharianas son tan dignas como cualquier otra.
Para Gramaticus. Digo yo, que tendrá usted pruebas más sólidas que las que ya aportaron en su día Cheikh Anta Diop y Teophile Obenga en el Coloquio del Cairo de la UNESCO en 1974, por no hablar de la ampliaciones posteriores de Martin Bernal (El de "Atenea negra" no "Afrodita negra") entre otros. Egipto fue básicamente negro, africano y se pobló y civilizó de sur a norte en el lógico fluir del Nilo. Todas las pruebas lo confirman día a día: craneometría, melanometría, fuentes clásicas, arqueología, lingüística, etc... Es muy sencillo criticar sin argumentar. Diop fue Doctor por la Universidad de París (una de las más antiguas del mundo), algo harto difícil de lograr para alguien que es, como usted dice, un historiador aficionado (por otra parte ser un historiador aficionado no es algo que me parezca criticable a pesar de que la mayoría de los egiptólogos eurocéntricos que han construido la imagen falsa de los egipcios sí que fueron aficionados). Está claro que la lucha intelectual continúa porque aunque usted y otros muchos digan que que las culturas subsaharianas (término por otra parte carente de sentido geográfico o cultural) son tan dignas como cualesquiera otras, no pienso que lo crean verdaderamente, porque si fuese así se habrían parado a considerar seriamente y estudiar detenidamente las pruebas del Egipto Negro antes de criticarlas atropelladamente.
"tastaolletes". Muy curiosa la fijación escatológica de los catalanes.
Diop era un historiador aficionado. En miles de años, sólo hubo UNA dinastía nubia en Egipto. La civilización egipcia se difundió hacia el SUR (Nubia), no al contrario. Incluso hay alucinados que afirman que hasta la cultura griega es de origen africano ("Afrodita negra"). Más ciencia y menos ideología, que las culturas subsaharianas son tan dignas como cualquier otra.
Para Gramaticus. Digo yo, que tendrá usted pruebas más sólidas que las que ya aportaron en su día Cheikh Anta Diop y Teophile Obenga en el Coloquio del Cairo de la UNESCO en 1974, por no hablar de la ampliaciones posteriores de Martin Bernal (El de "Atenea negra" no "Afrodita negra") entre otros. Egipto fue básicamente negro, africano y se pobló y civilizó de sur a norte en el lógico fluir del Nilo. Todas las pruebas lo confirman día a día: craneometría, melanometría, fuentes clásicas, arqueología, lingüística, etc... Es muy sencillo criticar sin argumentar. Diop fue Doctor por la Universidad de París (una de las más antiguas del mundo), algo harto difícil de lograr para alguien que es, como usted dice, un historiador aficionado (por otra parte ser un historiador aficionado no es algo que me parezca criticable a pesar de que la mayoría de los egiptólogos eurocéntricos que han construido la imagen falsa de los egipcios sí que fueron aficionados). Está claro que la lucha intelectual continúa porque aunque usted y otros muchos digan que que las culturas subsaharianas (término por otra parte carente de sentido geográfico o cultural) son tan dignas como cualesquiera otras, no pienso que lo crean verdaderamente, porque si fuese así se habrían parado a considerar seriamente y estudiar detenidamente las pruebas del Egipto Negro antes de criticarlas atropelladamente.