Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
TRIBUNA

Un problema de impotencia

El mayor error cometido por los partidos socialdemócratas europeos en las últimas décadas ha sido la aceptación acrítica de la pérdida del poder político representativo

¿Y si el problema de los partidos socialdemócratas no estuviera ni en los objetivos ni en las políticas que persiguen? ¿Y si el problema consistiera más bien en que estos partidos ya no consiguen llevar sus ideas a la práctica cuando acceden al poder?

En el artículo de José María Maravall que abrió esta serie sobre la crisis de la socialdemocracia (“Los deberes actuales”, 27/3/2012), el autor mostraba con datos incontestables que la supuesta crisis “electoral” de los partidos progresistas es un mito, por mucho que en la actualidad un manto azul haya cubierto Europa. Si se analizan los resultados globales a lo largo de décadas, los apoyos electorales a la socialdemocracia apenas han variado. Pero la crisis podría ser de otra índole. Desde hace unos 30 años, muchos partidos socialdemócratas se han encontrado con dificultades crecientes no ya para corregir, sino simplemente para frenar el aumento de las desigualdades sociales. Desde el periodo de posguerra hasta finales de los años setenta del pasado siglo, las desigualdades sociales disminuyeron en los países desarrollados. Pero esta tendencia se rompió en los años ochenta en Estados Unidos y en Gran Bretaña; lo mismo ha ido sucediendo luego en otros países.

Ni Clinton en Estados Unidos, ni Blair en Gran Bretaña, ni Schroeder en Alemania, por poner tres ejemplos especialmente sobresalientes, consiguieron cambiar el rumbo. La experiencia alemana muestra que no se trata de un fenómeno solamente anglosajón. El aumento de la desigualdad en Alemania entre 2000 y 2005, durante el mandato de Schroeder, fue muy pronunciado. Con la llegada de la crisis económica, la situación está empeorando rápidamente en todos los países avanzados, en buena medida por las políticas de austeridad que se están siguiendo y que no sólo contraen la actividad económica, sino también la capacidad redistributiva de los Estados.

Esta especie de “impotencia” ante la desigualdad es lo que, a mi juicio, justifica hablar de una crisis de la socialdemocracia, que se manifiesta en la pérdida de credibilidad de sus propuestas. Se trata de un problema que va más allá de si los partidos que enarbolan este ideario político consiguen llegar al poder con mayor o menor frecuencia.

Muchos de estos partidos se han encontrado con dificultades no ya para corregir, sino para frenar el aumento de las desigualdades sociales

Hay dos razones, me parece, de esta impotencia, una económica y otra política. Aunque están muy relacionadas, cabe distinguirlas. En primer lugar, se encuentra el modelo económico de los últimos treinta años, basado en la expansión desaforada del crédito como motor del crecimiento, la hipertrofia del sector financiero y la libertad completa de movimientos de capital. Este modelo tiene un impacto negativo sobre la igualdad. En materia fiscal ha habido una competencia a la baja entre los países en los impuestos al capital, así como un aumento de los impuestos indirectos, con lo que el papel redistributivo de los impuestos es hoy mucho menor que en el pasado. A su vez, en los mercados de trabajo han aumentado considerablemente las desigualdades entre tipos de empleo. Las diferencias entre gobiernos progresistas y conservadores han podido amortiguar estos cambios, pero no revertirlos.

Aparte de estas fuerzas económicas, de difícil control, asociadas a la globalización, ha habido, en segundo lugar, cambios institucionales que, a pesar de ser perjudiciales para el proyecto socialdemócrata, han sido apoyados sin reservas por los partidos de este ámbito. Me refiero a las reformas que limitan gravemente el poder democrático, como la independencia de los bancos centrales o las reglas de déficit cero. En el caso europeo, todo se complica aún más por la cesión de soberanía a instituciones carentes de mandato popular. Nos encontramos hoy en la situación extraordinaria de que el destino de los países europeos se decida entre el Banco Central Europeo y la Comisión: ambas instituciones son extremadamente ideológicas en sus planteamientos “técnicos” sobre la salida a la crisis y, sin embargo, no tienen que responder por sus decisiones ante la ciudadanía.

Quizá el mayor error cometido por los partidos socialdemócratas europeos en las últimas décadas haya sido esa aceptación acrítica de la pérdida del poder político representativo. Cuando se echa la vista atrás, resulta incomprensible que los gobiernos socialdemócratas de finales de los ochenta permitieran que la principal responsabilidad en el diseño institucional de la unión monetaria recayera sobre los gobernadores de los bancos centrales.

El debilitamiento del poder representativo, en beneficio de agencias reguladoras, instituciones supranacionales y reglas constitucionales, constituye, a mi juicio, un factor clave en la impotencia política que sufren los partidos socialdemócratas cuando llegan al poder. Va siendo hora de revisar la idea simplona de que toda crítica de la globalización y de la integración europea es sinónimo de resistencia al cambio, nostalgia, localismo o nacionalismo trasnochado.

La condición para hacer políticas socialdemócratas pasa por la recuperación del auto-gobierno democrático. Mientras las decisiones cruciales no estén en manos de los representantes de la ciudadanía, no hay mucho que hacer. Si alguien busca un reconstituyente ideológico, puede comenzar por la lectura del libro del economista de Harvard Dani Rodrik, La paradoja de la globalización.

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de sociología. Su último libro es Años de cambios, años de crisis. Ocho años de gobiernos socialistas (Catarata).

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Más información