Opinión
i

La escuela distribuida, donde un día trabajamos desde casa y otro desde el museo

Denunciemos una escuela y una universidad que nos preparan para ir a la oficina, que día a día acaban con nuestra capacidad de autogestión para convertirnos en esas trabajadoras mansas que aceptan lo inaceptable.

Aula rebaño de la Escuela de Campo Adentro en la Casa de Campo de Madrid.
Aula rebaño de la Escuela de Campo Adentro en la Casa de Campo de Madrid.Campo Adentro

Muchos de nosotros estamos a punto de volver a la oficina, a punto de volver a pasar ocho horas cinco días a la semana en un recinto en el que desempeñamos nuestras labores profesionales remuneradas. En un recinto al que hay que llegar a una hora concreta y marcharse a otra. El teletrabajo ha cambiado nuestra forma de entender el tiempo y los espacios en estos últimos meses: el borrado tácito de las diferencias espacio temporales con respecto a nuestras actividades profesionales remuneradas nos ha permitido disfrutar de una situación excepcional que se acabará en los próximos meses.

Trabajar a veces en casa, a veces en la oficina, a veces en un parque, adaptando los espacios a las diferentes labores (un lugar que nos permita estar solos cuando tenemos que concentrarnos; que nos permita reunirnos cuando la presencia sea necesaria o aporte una dimensión precisa a la actividad, y que nos permita cumplir con nuestros cometidos, pero estar acompañados) parece mucho más natural y saludable que pasar ocho horas en el mismo lugar a pesar de que no tenga ningún sentido.

Más información

Más información

Y lo mismo ocurre con la escuela. La necesidad de incorporar nuestros hogares como escenarios educativos formales, más allá de hacer los deberes y de las condiciones materiales que deben entrar en escena, me ha invitado a reflexionar sobre la posibilidad de distribuir los espacios en los que sucede la educación formal.

Los últimos meses me han permitido imaginar una escuela y una universidad distribuidas, donde los espacios sean variados, donde un día trabajemos desde casa, otro desde un museo (o cualquier otro equipamiento cultural o deportivo) y otro en un espacio verde; me han permitido imaginar la capacidad de elegir el contexto de aprendizaje dependiendo de la actividad, creando espacios de interacción reales y variados.

Una escuela y una universidad distribuidas se alejan del monocultivo para instalarse en la permacultura; se deshacen de la idea de concebir una única variedad de conocimiento para generar conocimientos diversos, combinados, enredados y, sobre todo, autogestionados; saberes divergentes y flexibles que desatienden la idea lineal de progreso, porque, de la misma manera que el tiempo no siempre va hacia delante, no siempre estamos en el mismo lugar.

Una escuela y una universidad distribuidas desarticulan las ilógicas de un conocimiento estancado, encapsulado, entendido como producto de unos cuantos, para articular las lógicas de la educación expandida libre y común que comienza por la propia distribución de nuestros cuerpos en diferentes espacios.

Tanto Val del Omar como Giner de los Ríos entendieron la potencia de la distribución diseñando formatos como las misiones pedagógicas o las excursiones campestres que podemos citar como antecedentes de esta escuela que imaginamos compartida, exenta, algunos días vacía y otros llena por estudiantes que no son los habituales. Un lugar de aprendizaje que desafía la custodia como eje vertebral y sitúa la vida como columna vertebral de la escuela.

Denunciemos una escuela y una universidad que nos preparan para ir a la oficina, que día a día acaban con nuestra capacidad de autogestión para convertirnos en esas trabajadoras mansas que aceptan lo inaceptable. Construyamos lugares repartidos, desperdigados y desparramados que nos permitan pensar y pensarnos: permanezcamos en el mismo sitio solo cuando tenga sentido.

Puedes seguir EL PAÍS EDUCACIÓN en Facebook y Twitter, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50