Por qué no se da clase en los parques

Los directores dicen que llevar la enseñanza al exterior supone problemas logísticos y de seguridad y exige más recursos

Loa alumnos seguían el protocolo para entrar al colegio madrileño Blas de Lezo el 17 de septiembre.
Loa alumnos seguían el protocolo para entrar al colegio madrileño Blas de Lezo el 17 de septiembre.Víctor Sainz /

En agosto, las autoridades educativas pidieron a los centros que realizaran el mayor número de actividades al aire libre al considerarse especialmente seguro frente a la covid. También plantearon que, en caso de resultar necesario, escuelas e institutos utilizaran bibliotecas municipales y otros edificios externos para asegurar la mayor presencialidad posible. Un mes después del inicio del curso, sin embargo, los ejemplos de centros públicos que han trascendido los límites de su recinto resultan muy escasos. El presidente de la federación de directores de institutos, Raimundo de los Reyes, por ejemplo, no conoce ninguno. El de la federación de directores de colegios de infantil y primaria, Vicent Mañes, tampoco.

Ambos coinciden en que salir, y especialmente trasladar el aula al cielo abierto de un parque, implicaría problemas logísticos, administrativos y de seguridad, además de requerir unos recursos humanos de los que carecen. Los expertos, en general, están de acuerdo, aunque algunos creen que en la falta de iniciativa al respecto ha pesado también la comodidad.

“Sobre el papel queda muy bien decir según qué cosas, pero luego hay que llevarlas a la realidad. Yo trabajo en Mula [Murcia, 16.800 habitantes], donde hay cuatro centros solo de secundaria. Entre los cuatro podemos sumar 25 grupos. ¿Cómo vamos a sacarlos todos a la calle?”, afirma De los Reyes. Y un grupo, prosigue, tiene varios profesores en la misma jornada, así que utilizar sedes distintas supondría un “lapso de 10 o 15 minutos en cada cambio de clase”, lo que al final del día generaría un problema con el horario. “Además de que en las circunstancias en las que nos encontramos el alumnado no puede quedarse solo ese rato, tiene que estar tutelado permanentemente”, dice.

El director admite que tal obstáculo podría solucionarse con la presencia de monitores, pero advierte de que nadie se los ha ofrecido. Y reconoce que, si se hubiera establecido la obligación de que los institutos tuvieran que dar todas las clases de forma presencial, se habrían visto obligados a buscar espacios alternativos, pero subraya que ello hubiera exigido la contratación de muchos más profesores. “Con más recursos siempre caben más soluciones”, señala. De los Reyes considera “inviable”, en todo caso, trasladar las clases a los parques: “A los alumnos indisciplinados que no se pueden marchar del instituto porque están las puertas cerradas, ¿cómo los sujetas si estás en un parque y dicen: ‘me largo’?”.

Cruzar semáforos

Además de la falta de materiales, Vicent Mañes, añade que hoy para organizar cualquier salida es necesario una autorización individual y expresa de la familia de cada alumno, lo que supondría otra carga burocrática, aparte de que algunos padres podrían negarse. “Y para ir con un grupo de primaria al parque, si tienes que cruzar tres semáforos, necesitas dos profesores. O unos monitores con los que no contamos. Una cosa es salir un día a hacer una actividad concreta, que lo hacemos, pero lo otro es muy complicado”.

Juan Manuel Escudero, catedrático emérito de Organización Escolar, coincide con los directores. “Dar clase al aire libre podría ser deseable. Pero la cantidad de alumnos que asisten a la escuela es tan impresionante que me parece que convertirlas en algo regular de lo que puedan disfrutar todos los alumnos es tan complejo que desborda las posibilidades de la escolarización”.

El sociólogo Mariano Fernández Enguita cree, en cambio, que en los centros existe también “una enorme inercia” contraria tanto a dar clase al aire libre como a acordar con otras Administraciones el uso de sus instalaciones. “Los centros están acostumbrados a funcionar como recintos. Cierran las puertas una vez que han entrado los alumnos y crean un ambiente protegido, autosuficiente, como un santuario. Hay poca costumbre de salir y colaborar con lo de fuera, cuando en realidad siempre hay motivos sociales o pedagógicos para establecer relaciones. Lo que saben hacer el conjunto de los profesores del centro en relación con lo que la sociedad sabe hacer es cada vez más insignificante. Qué mejor que poder recurrir al museo de enfrente, a la fundación de la esquina o al grupo de mujeres de no sé dónde. Pero, aunque hay actitudes distintas, la dominante es encerrarse, simplificar. Es un problema de las organizaciones en general, no solo de los centros educativos”.

La covid, subraya Juan Antonio Ortega, miembro de la Asociación Española de Pediatría, “es un contaminante biológico ambiental y necesitamos más actividades al aire libre en los parques urbanos”. Ortega detalló esta y otras recomendaciones en un informe para la federación de padres Giner de los Ríos de Madrid. Su presidenta, Mari Carmen Morillas, cree que si los centros no las están llevando a la práctica es, en buena medida, porque los equipos directivos no dan más de sí. “Las medidas higiénicas, los planes de contingencia y toda la responsabilidad ha recaído sobre ellos, que ya de normal soportan una gran burocracia. Se han sentido saturados, en muchas ocasiones sobrepasados y algunos han dimitido”, afirma.

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