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La banca de inversión financia el oro negro

Estas entidades respaldan con miles de millones de euros los combustibles fósiles comprometiendo la emergencia climática

Plataforma petrolera propiedad de Saudi Aramco.
Plataforma petrolera propiedad de Saudi Aramco.

Estos días, en Nazaré (Portugal), algunos de los surfistas más temerarios del mundo se deslizan sobre olas que barren el agua a 60 kilómetros por hora alzados en muros de 20 metros de altura. Es la mejor imagen para entender el futuro del petróleo. Llega una ola gigante. Y tras de sí, una inundación. El huracán es el dinero.

Los grandes bancos de inversión del mundo —cuenta The Guardian— han respaldado con más de 700.000 millones de dólares (unos 630.000 millones de euros) a las empresas de combustibles fósiles que se están expandiendo más agresivamente en nuevos proyectos de petróleo, gas y carbón desde que se firmó el Acuerdo de París sobre cambio climático en 2015. Frente al auge verde se impone la inmisericorde realidad del capital. “No existe ningún proyecto de crudo, si los números salen, que tenga problemas de financiación”, revela Antonio Rojas, experto de Analistas Financieros Internacionales (AFI).

Tanto es así que la banca de inversión, convertida en los banqueros del oro negro, está anegando la industria con dólares. Sobre todo JPMorgan Chase, quien —­acorde con los datos de la oenegé californiana Rainforest Action Net­work— es el gran prestamista de la neoera fósil. Ha destinado desde el tratado parisiense 195.663 millones de dólares (177.000 millones de euros) para financiar, entre otras actividades, el contaminante fracking o exploraciones de gas y petróleo en el Ártico. Los 33 bancos que analiza la organización enviaron 1,91 billones de dólares al sector fósil entre 2016 y 2018. “En ese tiempo, el Santander ha financiado esta industria con 14.973 millones de dólares, mientras el BBVA destinó 12.008”, desgrana un portavoz de la organización. “Y aunque en términos absolutos estos números palidecen frente a los de los bancos estadounidenses, que dominan la financiación fósil, estas entidades [los dos únicos bancos españoles que han estudiado] todavía respaldan un sector que acelera hacia el caos climático”.

Aunque hay mejoras a pie de página. El Santander no financia, aclaran en el banco, nuevos proyectos de carbón. Y califican como “restringidas” operaciones que exigen “un grado de análisis mayor”. Entre otras, exploración, producción y refino de petróleo y gas en “geografías sensibles”, yacimientos marinos profundos y ultra profundos y recursos de gas no convencional.

Nada importa. Pese a todas las restricciones, a las finanzas les encantan los combustibles fósiles. Las gestoras Vanguard (161.100 millones de dólares), BlackRock (87.300 millones) y State Street (38.300 millones), conocidas como The Big Three, supervisan 286.700 millones de dólares (260.000 millones de euros) en acciones de empresas petrolíferas, gasistas y de carbón a través de 1.712 fondos. Son datos de The Guardian. La contradicción entre las expectativas y la realidad la justifica la industria de los inmensos patrimonios. Nadie espera que estas compañías sean señaladas con el dedo o que queden apartadas de las grandes carteras. “No debemos excluir aquello que debemos cambiar”, justifica Carla Bergareche, directora general de la gestora Schroders en España. Y añade: “Los inversores tenemos que presionar a las empresas de combustibles fósiles para que mejoren sus prácticas mediante un diálogo activo y el compromiso con la compañía, exigiendo más información y transparencia y, además, ejerciendo el derecho a voto en las juntas de accionistas”.

Pero el activismo inversor no parece estar frenando esta oleada de oro negro. Tampoco los políticos. El carbón, el petróleo y el gas se benefician al año de ayudas por valor de cinco billones de dólares (10 millones al minuto) según el Fondo Monetario Internacional (FMI), que describe sus propias estimaciones como “escandalosas”. Es lo que vivimos. El crudo y el sistema que le apoya complican los objetivos del cambio climático. Las perspectivas resultan densas al igual que el alquitrán. “Calculamos que el máximo irreversible de los hidrocarburos se alcanzará en 2029. Queda una década de crecimiento y de demanda, sobre todo por la industrialización y motorización de los países emergentes”, prevé Roberto Scholtes, director de estrategia de UBS.

Más petróleo y más barato para un planeta al que hieren. Una gasolina muy asequible supondría, por ejemplo, que el coche eléctrico tarde en adoptarse más tiempo. A nadie le extraña que muchos ecologistas duden de que la transición (que exige billones de euros) resulte posible. Sobre todo bajo la lluvia ácida de las cifras. Valentina Kretzschmar, directora de investigación de la consultora energética Wood Mackenzie, calcula que las ganancias de un proyecto de energía solar y eólica renovables oscilan entre el 6% y un 7%. Mientras, el petróleo y el gas proporcionan un 15%. “Colocar más capital en proyectos con bajos retornos significaría simplemente dejar valor para los accionistas sobre la mesa”, reflexiona la analista.

Sin embargo, resulta imposible reducir de forma suave el tamaño de una industria de 16 billones de dólares de capital y de 10 millones de empleos. Al menos si se quiere ser efectivo. “Estamos al comienzo de una transición energética y la mayor incertidumbre es la velocidad del proceso”, señala Eric Borremans, experto en sostenibilidad de Pictet AM. Pues o es rápida, o nos abrasaremos. Porque el sector maneja sus propios tiempos. “El sistema tiene su inercia y no se consigue ralentizarla de la noche a la mañana. Una cosa son los deseos y otra la realidad”, matiza Andreu Puñet, director general de la Asociación Española de Operadores de Productos Petrolíferos (AOP). Y la realidad, apunta el ejecutivo, son 1.200 millones de coches en el mundo y un parque de vehículos eléctricos en España de solo 60.000 unidades.

Nuevos actores

Y entre tanta contradicción, “la gran sorpresa”, lanza Arturo Rojas, de AFI, “es que el petróleo no se acaba”. Además, llega de geografías inesperadas. “Brasil, Canadá, Noruega y la Guayana juntas pueden añadir un millón de barriles diarios [la producción total es de 80 millones al día] en los próximos años”, vaticina Daniel Yergin, ganador del Premio Pulitzer y vicepresidente de la consultora energética IHS Markit. “Y tendrá un impacto profundo en la seguridad energética. Estos países están relativamente aislados de las tensiones geopolíticas de otras regiones productoras. Los problemas en el estrecho de Ormuz, el ataque con misiles en Arabia Saudí a las instalaciones petroleras junto a los actuales riesgos comerciales evidencian un peligro de interrupción del suministro”.

La salida a Bolsa de la megapetrolera Saudi Aramco se suma a la tormenta. “Los inversores en Aramco no son accionistas de una compañía, sino de un país”, razona Norbert Rücker, jefe de economía del banco Julius Baer. ¿Deberíamos permitir que Wall Street invierta en un reino que sitúa los derechos humanos sobre el filo de la navaja?

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