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OPINIÓN i

Riesgo de anemia económica

El riesgo de que las principales economías desarrolladas estén transitando hacia un régimen de crecimiento económico reducido a medio plazo ha vuelto a ganar relevancia en los últimos meses. Lo ha hecho impulsado por el aumento de la probabilidad de recesión en Estados Unidos y la eurozona, y la recaída de las expectativas de inflación y los tipos de interés a largo plazo en ambas geografías. Los paralelismos con la situación de Japón han reavivado, incluso, los temores a una posible japonización de algunas economías, especialmente de Europa. Se estima que, de materializarse un escenario de crecimiento de este tipo, las tasas de avance del PIB podrían resultar inferiores a la mitad de las registradas, en media, durante la década previa a la Gran Recesión (4% en el caso de Estados Unidos y 2,5% en el de la eurozona).

En el debate sobre la naturaleza de las fuerzas que pueden conducir a este escenario de riesgo, la disyuntiva radica en la importancia que se le asigne a las secuelas del último “superciclo de deuda” (Kenneth Rogoff) frente a factores de carácter más estructural, esencia de la hipótesis del “estancamiento secular” (Larry Summers). La primera interpretación es relativamente más optimista, dado que este escenario tendría fecha de caducidad una vez se completen los procesos de desapalancamiento en marcha, al que también cabe añadir el de China. Bajo la segunda óptica, la insuficiencia de demanda sería crónica, y esta expectativa estaría detrás de los bajos niveles de tipos de interés a escala global.

Lamentablemente, y dado su impacto restrictivo sobre la propensión a invertir a medio plazo, no faltan elementos que soportan la segunda visión. Entre ellos, cabe destacar el incremento de la aversión al riesgo causado por la crisis financiera global, el envejecimiento poblacional (no solo en los países desarrollados, sino también en China), la desaceleración económica de Asia, los menores ritmos de integración comercial, o el aumento del poder de mercado en algunos sectores de actividad.

Las implicaciones de un escenario de crecimiento reducido para las políticas económicas no serían menores, sirviendo como referencia las lecciones de la crisis financiera y la experiencia japonesa. Los bancos centrales estarían en disposición de reforzar sus estímulos monetarios a través de programas de expansión cuantitativa y el mantenimiento de los tipos de referencia próximos al 0%, en aras de garantizar costes de financiación negativos. Por su parte, las autoridades fiscales probablemente mostrarían una mayor tolerancia con los déficits públicos, al menos mientras se mantenga un entorno de tipos bajos que limite los riesgos de insostenibilidad de la deuda pública. Este contexto supondría una buena oportunidad para aprovechar el impulso del gasto público para solventar deficiencias en infraestructuras y capital humano.

Sara Baliña, de BBVA Research

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