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Amenazantes vientos de proa

El precio del Brent, el proteccionismo arancelario y la normalización monetaria ponen en riesgo el impulso de la economía

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso.

Los vientos internacionales que llevan casi un lustro meciendo la economía española desde la popa, empiezan a soplar contra la proa. Y amenazan así con frenar su impulso, para mal fario de los españoles y también de su Gobierno entrante.

El primer viento en invertirse está siendo el precio del petróleo (Brent), que en 2013 rozó los 118 dólares, bajó al inicio de 2016 a poco más de 27, se estabilizó luego sobre los 50, subió a 80 a final de mayo y se ha quedado este miércoles en los 75.

Esta subida arriesga con consolidarse gracias al factor Trump-1, las amenazas a Irán que reducirían la oferta global. Si eso se consolida perjudicaría el crecimiento español: del 2,8% calculado para 2018, quizá en más de medio punto. Ralentizaría la creación de empleo, quizá en un tercio del medio millón de nuevos puestos previstos.

Y dispararía el gasto público y complicaría el déficit —¿cuatro, cinco décimas?—, provocando el incumplimiento del compromiso de rebajarlo al 2,2% del PIB adquirido por Mariano Rajoy y genéricamente validado por Pedro Sánchez.

El segundo viento desfavorable viene del factor Trump-2, la combinación del proteccionismo arancelario contra los emergentes (y lo europeos), que descrestaría sus exportaciones a EEUU, con el alza del dólar, dañoso para los países más endeudados y con sus deudas denominadas en el billete verde, provocando la huida de capitales hacia Norteamérica.

Con algunos de estos emergentes, Europa mantiene florecientes intercambios: y España en particular con el área latinoamericana, afectada por la crisis de Argentina y las asechanzas contra México.

Seguramente en buena parte por esos motivos, el crecimiento de la eurozona en el primer trimestre fue decepcionante, bajando del 0,7% al 0,4%. Lo que se va oteando como menos circunstancial de lo que se predijo, incluso aunque el tipo de cambio del euro haya seguido siendo ventajoso (para exportar), al caer un 7% frente al dólar desde los máximos de febrero.

El tercer viento negativo será el de la llamada normalización monetaria: esto es, la retirada progresiva de los estímulos expansivos de las compras del BCE y el alza (suave) de los tipos de interés cero.

Atención: algún día será necesaria (para crear margen con el que afrontar otra crisis). Pero perjudicará especialmente a los que más han aumentado su deuda (como España, que la triplicó desde el inicio de la crisis), al encarecer su factura.

Que el BCE discuta ya la normalización todos los meses en su consejo está dentro de lo previsto: es motivo de preocupación —incluso de acicate para contener la deuda—, ojalá que no de angustia.

Que sea inmediata, eso es más discutible, con la venia de los agoreros: porque la inflación estaba en abril en el 1,2% (aún lejos del 2% de referencia) y porque es mejor llegar algo tarde que precipitarse y tener que rectificar, como el canciller Heinrich Brüning en 1931 (depresión presupuestaria, sequía crediticia), sin llegar a tiempo. Por suerte, Mario Draghi no es Brüning.

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