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Johan Norberg: “Somos adictos a las malas noticias”

Ensayista considerado parte de los 'nuevos optimistas'. Defensor del liberalismo y la globalización, considera que, a largo plazo, todo siempre irá a mejor

Johan Norberg, la semana pasada, en su conferencia en la Fundación Rafael del Pino de Madrid
Johan Norberg, la semana pasada, en su conferencia en la Fundación Rafael del Pino de Madrid

Johan Norberg fue anarquista en sus años mozos y ahora es un gran defensor de la causa liberal. Este ensayista sueco de 44 años despuntó en 2001 con la publicación de En defensa del capitalismo global, uno de los 15 libros que ha escrito hasta la fecha, y desde entonces recorre el mundo dando conferencias. Se considera parte de los 'nuevos optimistas', una suerte de corriente de pensamiento que engloba a académicos, miembros de think tanks, y autores de distintas sensibilidades políticas que tienen en común el uso de datos para estudiar tendencias a largo plazo y contrarrestar el pesimismo reinante. Entre ellos está el psicólogo y profesor de Harvard Steven Pinker, autor de Los ángeles que llevamos dentro.

Formado en la Universidad de Estocolmo y especializado en Historia de las Ideas, Norberg publica ahora en España Progreso: diez razones para mirar al futuro con optimismo (Deusto, Grupo Planeta), ensayo que fue libro del año en 2016 según The Economist. En él recurre a una decena de variables (pobreza, esperanza de vida, alimentación, libertades) para compararlas con las de hace dos siglos y concluir que vivimos la mejor época de la historia de la humanidad. Concede esta entrevista en la Fundación Rafael del Pino, horas antes de pronunciar una de sus conferencias.

PREGUNTA. Su libro está plagado de indicadores que invitan al optimismo, pero si tuviera que elegir uno, ¿con cuál se queda?

RESPUESTA.Elegiría el de la esperanza de vida. Resume tantas otras cosas: nuestro mejor acceso a la alimentación, agua potable, riqueza, mejor sanidad en general. Es un indicador que no varió en 100.000 años y que en tan solo 100 ha pasado de los 30 a los 71 años.

P. Usted destaca que se ha avan­zado en la lucha contra la pobreza. Plantea que en 1820 el 94% de la humanidad subsistía con menos de 2 dólares y en 2015 ya solo el 10% estaba en esa situación. Pero en el reciente Foro de Davos se alertó de la creciente desigualdad y se dijo que en los últimos cinco años el crecimiento no sirvió para reducir la pobreza.

Los bancos no sufrieron lo suficiente con la crisis. Deberían haberlo perdido todo”

R. Me inquieta cuando la gente dice que las desigualdades son la gran amenaza. El problema es la pobreza, no la riqueza. Es bueno que la gente haga dinero creando nuevas tecnologías que permiten un mayor acceso al conocimiento, que se mejore la logística. Cosas como la esperanza de vida, el acceso al conocimiento, a la educación, están mejor que nunca, en parte porque las tecnologías del transporte han reducido el coste de todo. Por eso pienso que la apertura y la globalización son lo más importante para el progreso.

P. Algunos sostienen que la globalización y el liberalismo, combinados, contribuyeron a la crisis de 2008. En los noventa, en pleno apogeo de la globalización, el comercio era más libre que nunca, se privatizó, se desregularon los mercados…

R. No fue el hecho de que tuviéramos una economía global y un comercio sin barreras lo que nos condujo a eso. Fue que todo el mundo en el sector financiero asumió demasiados riesgos. Sobre todo, los propietarios de casas, de inmuebles.

P. ¿Se refiere a la gente que compró casas?

R. Me refiero a los bancos. Todos los que compramos casas, los bancos que lo hicieron posible…

P. ¿Responsabilizaría usted a la gente que se compró casas?

Puede haber una crisis en cualquier momento. Cuando nos dicen que todo va de maravilla llegan los errores”

R. No. Responsabilizaría a los bancos centrales. Y a las políticas monetarias. El dinero era gratis.

P. En 2005, el filósofo canadiense John Ralston Saul escribió El colapso de la globalización y la reinvención del mundo. En este ensayo aseguraba que el dinero se ha convertido en una especie de ficción. Daba el dato de que en los años setenta el comercio era seis veces el valor de los bienes y decía que para 2015 era 150 veces ese valor. La distancia entre la economía real y la economía financiera se fue ampliando, se creó una pura inflación de dinero. ¿Coincide con este análisis?

R. Estoy moderadamente de acuerdo con este argumento. Cuando ingresamos dinero en una cuenta de un banco, actuamos como si aún lo tuviéramos. Es nuestro, sí, pero alguien lo está utilizando a la vez, porque el banco se lo presta, de modo que la oferta de dinero se incrementa. Esto es lo que ocurre, entre otras cosas, con la deuda. Los bancos centrales juegan con el dinero porque no está basado en ningún valor, y eso puede crear grandes problemas porque cuando drenamos el sistema de liquidez, eso crea grandes crisis.

Johan Norberg: “Somos adictos a las malas noticias”

P. ¿Hemos hecho lo suficiente para evitar que vuelva a suceder?

R. A menos que volviéramos a algún tipo de patrón oro y aboliéramos la facultad de los bancos de mantener tan solo una fracción del monto de los depósitos de los clientes, es difícil mantener el sistema en forma. Lo que tendríamos que haber hecho desde el principio es asegurarnos de que los bancos no se sintieran demasiado seguros. Ese es el problema del legado de la crisis financiera: cuando las entidades financieras cometieron estos enormes errores, en cierto modo fueron rescatadas y salvadas por los contribuyentes. A veces se habla del capitalismo de casino, pero yo nunca he ido a un casino en el que, arriesgando, si ganas te llevas el dinero y si pierdes el contribuyente te lo devuelve. Los propietarios y los accionistas de los bancos no sufrieron lo suficiente; tendrían que haberlo perdido todo.

P. También en la última edición de Davos se dijo que no se descarta una nueva crisis. ¿Considera que es algo que pueda suceder a corto plazo?

R. Esto arruina un poco mi imagen de eterno optimista, pero creo que puede ocurrir en cualquier momento. Y nada me da más miedo que escuchar a analistas y empresarios decir que la economía va de maravilla, porque ese es el momento en que se cometen errores y, de pronto, la recesión golpea. Así ocurrió en 2006. Acabo de arruinar mi imagen de eterno optimista.

P. Desde luego.

R. Debo añadir algo. Puede haber problemas, incluso muy graves, a corto plazo, pero en la nueva economía nuestro conocimiento y nuestras capacidades tecnológicas no paran de crecer, así que podemos tropezar y caer, pero tropezamos sobre un suelo cada vez más alto.

P. El optimista está de vuelta…

R. Sí, ¡uf!

P. ¿Necesitamos más nuevos optimistas?

Ilustración y progreso

El ensayista sueco Johan Norberg destaca en su último libro que el progreso nace con la Ilustración y se desarrolla gracias al liberalismo y la globalización. A continuación, un extracto de Progreso; diez razones para mirar al futuro con optimismo, que acaba de publicar el sello editorial Deusto (Grupo Planeta).
“Este progreso empieza a desarrollarse con la Ilustración y sus grandes avances intelectuales, que se dan entre los siglos XVII y XVIII y nos ayudan a examinar el mundo a través de las herramientas del empirismo. Poco a poco aumenta el escepticismo ante las autoridades, las tradiciones y la superstición. El corolario político de este cambio es el liberalismo clásico, que rompió las cadenas del autoritarismo, la esclavitud y los privilegios. Y, no lo olvidemos, la Revolución Industrial transformó la economía a lo largo del siglo XIX y ayudó decisivamente a vencer la incidencia del hambre y la pobreza. Estas sucesivas revoluciones bastaron para liberar a gran parte de la humanidad de las duras condiciones de vida que, hasta entonces, eran habituales. Más recientemente, en las últimas décadas del siglo XX, la globalización ha contribuido a que estas ideas, libertades y avances tecnológicos se extiendan por todo el mundo, ampliando y acelerando el alcance del progreso”.

R. Sí. Necesitamos más datos que demuestren cómo ha evolucionado todo. Mi libro rebosa optimismo, pero lo que oigo es que la gente no cree en los datos y piensa que todo va a peor.

P. Tal vez esto ocurra porque hay una generación, por ejemplo en un país como España, que sabe que va a vivir peor que sus padres, que no podrá comprarse una casa, que no tendrá estabilidad laboral…

R. Sí, pero esto es el resultado directo de la crisis financiera, de cosas que han ocurrido, sobre todo, desde 2008. Desde entonces se ha producido una verdadera sacudida de las cosas: España ha mejorado su dato de PIB con respecto a los años de la crisis. Pero es cierto que ha perdido varios años de crecimiento y oportunidades. Si esto se mezcla en la mente de la gente con todo tipo de riesgos geopolíticos, con el terrorismo, todo ello crea la sensación de que hay problemas.

P. Los medios influyen en nuestra visión negativa del presente. Y dice usted que nos hemos convertido en adictos a las malas noticias. ¿Es así?

R. El periodismo recurre mucho a lo dramático, a lo chocante. Pero no hay que responsabilizar a los periodistas. Yo y tantos otros lectores somos los responsables porque queremos eso, somos adictos a ellas porque está en nuestros genes, creo.

P. ¿Lo considera una cuestión genética?

R. Pienso que exagerar los riesgos fue un valor para sobrevivir durante decenas de miles de años. Y los psicólogos lo han demostrado: lo malo tiene más fuerza que lo bueno.

P. Steven Pinker es uno de los que decían esto…

Uno de los mejores empujones a favor del libre comercio ha sido la llegada de Trump: la gente se ha dado cuenta de que no podemos confiarnos"

R. Efectivamente, y su trabajo me ha inspirado mucho. Él considera que en la prehistoria de nuestra evolución necesitábamos conocer las malas noticias inmediatamente. Seguimos programados así, aunque vivamos en condiciones más seguras que nunca. La diferencia es que ahora nos enteramos antes y más que nunca porque siempre hay alguien con un móvil para documentarlas y compartirlas al instante. Siempre hemos sido adictos a las malas noticias, pero nunca nos hemos ahogado tanto en ellas como ahora.

P. Que hayamos ido a mejor no implica que esa tendencia se vaya a mantener. ¿Cree que seguiremos yendo a mejor?

R. Esa es la gran cuestión, ¿no? Soy optimista con respecto a lo que la gente puede hacer cuando tiene libertad de explorar nuevos conocimientos, de experimentar con nuevas tecnologías y modelos de negocio, de intercambiar más allá de las fronteras. Pero no soy optimista con la política. Hemos visto fuertes reacciones contra el liberalismo y la idea de una economía abierta. El populismo, de derechas y de izquierdas, los Donald Trump del mundo, podrían amenazar el progreso de muchas maneras. Dicho lo cual, uno de los mejores empujones a favor de la globalización y el libre comercio ha sido la llegada de Trump: la gente se ha dado cuenta de que no podemos confiarnos. Soy optimista a largo plazo porque, si cometemos errores estúpidos en Europa o en Estados Unidos, otros vendrán a recoger la antorcha y continuarán con el progreso de la humanidad.

P. ¿Es legítimo ser tan optimista con la globalización cuando estamos frente a un fenómeno como el cambio climático?

R. Creo que sería irresponsable no ser optimista cuando nos enfrentamos a retos como este. A veces se confunde el optimismo con confiarse y dormirse en los laureles. Si transmitimos la idea de que todo son problemas y no hay solución, aparece la desesperación y no hacemos nada. El riesgo ahora es que la gente esté demasiado asustada con el mundo, y lo que hay que hacer es inyectar un optimismo basado en hechos que ayude a solucionar los problemas.

P. Hay quien considera que la necesidad de crecer cada año, en un planeta con recursos finitos, es lo que ha conducido al mundo a esta situación.

R. No estoy de acuerdo. Creo, como Indira Gandhi, que la pobreza es lo que más contamina. Hasta que no consigues niveles de vida dignos, no te preocupas por el río o por el bosque. La riqueza es lo que nos ha dado la oportunidad de saber cómo combatir esos problemas medioambientales.

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