Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Cuatro años de CNMC: menos defensa de la competencia y peor supervisión regulatoria

El experimento no ha funcionado. El balance de la institución no puede ser más desolador

El presidente de la CNMC, José María Marín Quemada.
El presidente de la CNMC, José María Marín Quemada. EFE

La defensa de la competencia y la supervisión regulatoria en nuestro país pasan por horas bajas. El experimento de la CNMC, que abría sus puertas hace cuatro años, no ha funcionado. El balance no puede ser más desolador.

En manos de la Sala de la Competencia las normas de defensa de la competencia han perdido fuerza disuasoria. Se detectan pocas infracciones, las solicitudes de clemencia han caído y las multas impuestas son irrisorias. Por si fuera poco, con demasiada frecuencia, sus decisiones son anuladas por los tribunales.

Otro tanto ha ocurrido con la Sala de Supervisión Regulatoria, cuyas actuaciones no han perseguido el bienestar del consumidor ni la liberalización de los distintos mercados encargada de supervisar (energía, telecomunicaciones, audiovisual, transporte, postal). La pasividad y falta de actuaciones reseñables en estos sectores resulta escandalosa, agravándose la captura que ya sufrían algunos de sus predecesores (CNE, CMT, CRF, CNSP, CEMA y CREA).

La integración entre la aplicación de las normas de competencia y la supervisión de las normas de regulación sectorial ha sido una quimera. Los ahorros y sinergias anunciadas no se han materializado. A los ojos de la CNMC las prácticas anticompetitivas en las industrias reguladas han dejado de existir como también cualquier esfuerzo de promoción de la competencia.

Entre las muchas razones por las que la CNMC no ha funcionado destacan sobremanera los problemas de gobernanza. En la mayoría de los designados para ocupar el Consejo de la CNMC es difícil atisbar el conocimiento y la experiencia requeridos en los ámbitos de actuación de la institución. A esa falta de aptitud de muchos consejeros se unió desde el principio una falta de actitud y una inclinación a la ociosidad preocupante. Con estos mimbres, difícilmente podía tejerse nada. Incluso si la integración de defensa de la competencia y supervisión regulatoria hubiera sido una buena idea, así es imposible que funcionara.

Además el experimento tampoco funciona porque el sueño de la integración de la competencia y la regulación es imposible. Fuera de la retórica que bautizó a la CNMC como una institución que las integraría de manera seria y coherente en beneficio de los consumidores y usuarios, no sólo no ha habido integración, sino que ha empeorado gravemente tanto la defensa de la competencia como la supervisión sectorial.

Es poético sostener que la competencia y la regulación sectorial son dos caras de la misma moneda, pero el símil es desafortunado. No hay duda de que entre ellas pueden existir colaboraciones fructíferas; pero no la integración que la CNMC ha intentado sin éxito. A la vista de lo anterior solo cabe esperar que cuanto antes la CNMC se divida para que sus sucesoras emprendan la labor de reconstruir la defensa de la competencia y la supervisión de la regulación sectorial en aras del bienestar del consumidor.

Francisco Marcos es profesor de la IE Law School