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Cuentas a contracorriente

La realidad ha acabado con la creencia de que con el retorno del crecimiento las cuentas cuadrarían solas

Luis de Guindos conversa con el vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis. Ampliar foto
Luis de Guindos conversa con el vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis. EFE

En los primeros años de la crisis, la economía pública en España aparecía descompasada respecto a la privada. Frente a los despidos de trabajadores, el cierre de empresas y el desplome de rentas y consumo familiares, las Administraciones Públicas seguían gastando ajenas a la caída de los ingresos. En el caso de las comunidades autónomas, porque su financiación depende de unos anticipos e ingresos a cuenta que fueron sobrestimados. Y en el conjunto de las Administraciones, porque la deuda se encontraba en mínimos históricos, lo que daba margen para soportar déficits sustanciales; y porque conscientemente se utilizó el presupuesto para tratar de estimular la maltrecha economía. Fuimos uno de los países del mundo más activos en este frente. Pero la recuperación no llegó pronto, como en la anterior recesión de 1993, y hubo que cambiar la estrategia. La consolidación fiscal fue dominando el escenario con éxito diverso según el nivel de administración, el territorio y el año.

La recuperación que arranca en 2014 hizo pensar a muchos que la etapa de la consolidación fiscal quedaría atrás. Con el retorno del crecimiento, las cuentas cuadrarían solas: el gasto en desempleo caería, la recaudación aumentaría y el déficit se situaría rápidamente por debajo de la barrera del 3% del PIB.

La realidad ha desbaratado las expectativas. Fundamentalmente, porque los ingresos no van como deberían. Las rebajas fiscales de 2015 y 2016 se suman al problema de insuficiencia estructural del sistema tributario y al pobre alza de la recaudación por cotizaciones sociales, debido a las bonificaciones y a la devaluación salarial. Por eso, a pesar de crecer al 3%, el agujero del déficit no se cierra y la Comisión Europea se disgusta. Bruselas exige reducciones anuales del déficit estructural de medio punto del PIB, pero no ve avances. Más bien, al contrario.

Ante esto, no valen parches ni remiendos. Necesitamos una estrategia fiscal clara y coherente para lo que queda de década, que cumpla con los objetivos de déficit y que pueda ser aprobada por apoyos parlamentarios suficientes. El Gobierno tiene que remangarse y va a tener que aceptar sendas de gastos e ingresos que no son las que declaraba como preferidas cuando estaba en mayoría. Y va a tener que afrontar una reforma fiscal. Necesitamos acuerdos y decisiones en cuestión de semanas o (pocos) meses.

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