Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

El declive de la socialdemocracia

El declive de la socialdemocracia

Los resultados de las elecciones han confirmado, una vez más, el declive de la socialdemocracia en España, aunque sería injusto adjudicar al líder del PSOE la única responsabilidad de la pérdida continuada de apoyo a su partido. Se trata en realidad de un fenómeno que afecta a toda Europa como el fantasma que la recorría en los célebres versos de Alberti. Sólo que esta vez no es el sueño del futuro al que el poeta llamaba camarada, sino un populismo de derechas o de izquierdas que cuestiona los principios sobre los que se ha construido la Unión Europea.

Estamos ante un problema complejo y profundo al que se han buscado muchas explicaciones. Dejando aparte los factores demográficos y culturales, muy importantes sin duda, hay tres aspectos que conviene destacar y que están muy ligados entre sí. El primero de ellos es la ralentización del crecimiento económico y sus consecuencias, el segundo la llamada globalización y el tercero, aunque a medio plazo el más importante, la revolución tecnológica.

El periodo de esplendor de la socialdemocracia fue el que siguió a la reconstrucción de los destrozos ocasionados por la Segunda Guerra mundial en Europa. El incremento de la renta per cápita en Europa Occidental fue del 4% anual entre 1950 y 1973; desde esa fecha hasta 2003 fue del 2% y desde entonces hasta 2015 del 0%. El rápido crecimiento de los primeros años hizo que tomara cuerpo la idea de que el porvenir estaba abierto y que los hijos vivirían mejor que los padres. En aquella Europa que se abría hacia dentro y hacia fuera, el llamado ascensor social funcionaba y en consecuencia el sueño de una rápida mejora del nivel de vida del conjunto de la población parecía materializarse. El llamado Estado del Bienestar encarnó la promesa de un porvenir mejor: se generalizó la cobertura médica, se universalizaron los regímenes de pensiones, mejoró la educación y se multiplicaron las prestaciones sociales de todo tipo, lo que se reflejó en el aumento del peso del Estado en las economías europeas. Pero las elevadas tasas de crecimiento que permitieron esta evolución no podían durar.

La crisis del petróleo de 1973 fue el primer aldabonazo. Lo que de alguna manera se había interiorizado como permanente demostró ser sólo temporal. A ello concurrió el nuevo poder de los países emergentes, que tras la descolonización adquirieron un mayor control sobre sus riquezas. Por otra parte, a partir de 1980 y con la notable excepción de los países de habla germánica, se produjo una marcada reducción de la tasa de ahorro en las economías avanzadas en parte ligada a la mayor presencia de las Administraciones Públicas en la economía: se complicó así la financiación de unas inversiones dañadas por la reducción de oportunidades en el interior de los países más industrializados.

El centroizquierda no ha sabido dar respuesta a su base electoral, personas a las que más ha afectado la caída del crecimiento y del estado del bienestar

Las consecuencias de la caída del ritmo de crecimiento han sido dramáticas para el funcionamiento de los mecanismos de ascenso social: los hijos, hoy, no tienen la garantía de vivir mejor que sus padres. Vivirán de manera diferente y en muchos casos hay una probabilidad significativa de que vivan peor. En consecuencia, los jóvenes tienen menos hijos, lo que amenaza otro de los pilares del Estado del Bienestar: las pensiones. Las tasas de paro entre los jóvenes se han disparado por doquier. La idea de un crecimiento económico elevado acompañado de un reparto equilibrado de la riqueza (señal de identidad de la socialdemocracia) ha desaparecido sin que se haya propuesto un modelo alternativo viable (la integración de colectivos marginados, importante sin duda, no puede ser la única respuesta). No ha sido posible elaborar una hoja de ruta hacia una sociedad más equilibrada en un contexto de bajo crecimiento.

A los problemas antes mencionados e íntimamente ligados a ellos, hay que añadir los efectos de la llamada globalización. Es cierto que a largo plazo la apertura al exterior de las economías y el consiguiente desarrollo del comercio mundial aportan beneficios para todos, pero ha de pasar tiempo para que se operen los necesarios reajustes. Por el momento es posible afirmar que los principales beneficiarios han sido los países emergentes y, especialmente, China. Si lo consideramos desde una perspectiva planetaria, el hecho decisivo ha sido la mejora del nivel de vida de millones de campesinos de aquél país que han pasado de la más absoluta miseria, del hambre y de la muerte, a disfrutar de unas condiciones de vida que han permitido, al menos, alejar la pesadilla de los años duros del comunismo. En muy poco tiempo China se ha convertido en la fábrica del mundo. El acceso al mercado mundial de la producción de centenares de millones de trabajadores asiáticos cuyos salarios son una fracción de los europeos ha provocado el cierre de numerosas empresas en nuestros países. Al mismo tiempo, el abaratamiento de los productos importados ha aumentado la capacidad adquisitiva de las poblaciones afectadas.

Desde el punto de vista social, el impacto de estos cambios lo han sufrido en primer lugar los trabajadores de la industria: directamente por la destrucción de empleo o, indirectamente, por la contención de los salarios. En las áreas más afectadas por las reconversiones que han tenido lugar en Europa Occidental ha arraigado un sentimiento de hostilidad hacia un sistema al que se achaca destruir la dignidad de las personas, asistidas o no. Y las actitudes políticas se han desplazado de las convicciones a los sentimientos, de la socialdemocracia al populismo.

Por último, la revolución tecnológica ha suprimido muchos empleos intermedios que daban ocupación a personas encuadradas en las clases medias lo que, junto con las reconversiones, ha agudizado la tendencia a la polarización de las rentas en la mayor parte de las economías avanzadas. En conjunto, las personas más afectadas por los cambios que han tenido lugar son las que, precisamente, constituyen (o constituían) la base de los partidos de centroizquierda. Han funcionado, y siguen funcionando, los amortiguadores sociales pero éstos no han podido compensar el deterioro de la situación de amplias capas de la población por lo que se han roto las perspectivas de un futuro mejor. Y se han multiplicado los miedos del presente: al otro, al extranjero, al inmigrante.

La socialdemocracia no ha respondido hasta ahora con claridad a estas cuestiones. Los países nórdicos europeos han iniciado una posible respuesta gracias a la prioridad otorgada a la educación de sus ciudadanos, tanto en cantidad como en calidad. Y aún así no han podido librarse de las acometidas demagógicas del populismo.

Los resultados políticos de la evolución descrita los estamos viendo por doquier: en Grecia primero, en Inglaterra hace unos días. ¿Y en España?: en la campaña electoral apenas se habló de estas cuestiones. Aún así hay que conservar la esperanza de que la clase política sea capaz, primero, de ponerse de acuerdo para formar un Gobierno estable sin excesivas dilaciones y, después, de definir y llevar a cabo una política que permita hacer frente a los desafíos que tenemos planteados.