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COLUMNA

Menos paro pero mucho por hacer

El mercado de trabajo sigue siendo una incógnita en España

Acostumbrados como estamos a fustigarnos en esta España de problemas e incertidumbres, conviene de vez en cuando poner el énfasis en algún dato positivo. El del paro de ayer lo fue, tanto con el efecto de la Semana Santa, como con las oportunas correcciones estacionales. Cada paso adelante cuenta pero las cifras absolutas siguen siendo abrumadoras. La destrucción de empleo en España durante los peores años de la crisis es una herida abierta fruto, entre otras, de un mercado de trabajo disfuncional. Si se corrigen de efectos estacionales, en marzo hubo 59.161 cotizantes más y 45.456 parados menos. La tasa interanual de crecimiento de afiliados, aunque viene creciendo en los últimos meses, lo hace cada vez a menor ritmo. Le pasa como al PIB, a la confianza del consumidor (que, como también se supo ayer, volvió a caer en marzo) y, en general, al sentir empresarial por esta incómoda situación de impasse político. Todos los días deberíamos recordar que queda mucho por hacer. Que España no puede salir adelante con tres habitantes cobrando prestaciones de algún tipo por cada cuatro que trabajan. Y, en todo caso, preguntarnos por qué cuando la economía cayó durante la crisis, el empleo lo hizo mucho más. Se desplomó. En un momento de debate sobre alternativas políticas, qué hacer con el mercado de trabajo sigue siendo una incógnita.

Ahora que ha pasado un tiempo más o menos considerable desde su implantación en 2012, los resultados de algunos estudios nos ilustran sobre algunos efectos de la reforma laboral. Por ejemplo, como sugiere BBVA Research, que si durante la crisis se hubiera contado con unas instituciones laborales como las que se han conseguido con esta reforma, se hubiera evitado la destrucción de dos millones de empleos. O que, desde 2012, esta reforma ha impedido que se destruyan más de 900.000. Aunque con cuentagotas, el empleo indefinido aumenta y la probabilidad de despido de un trabajador temporal disminuye. Cierto es que la flexibilidad también ha podido implicar menores salarios, una pérdida de calidad del trabajo en algunos casos. De hecho, parece que comienza a ser pertinente un nuevo debate sobre la situación de los salarios en España, aunque sea con fórmulas que permitan premiar las ganancias de productividad. Además, donde se sigue fracasando es en las llamadas políticas activas para la inserción y formación, sobre todo de colectivos de parados de larga duración y, desgraciadamente, entre los jóvenes.

La peor noticia es que el paro estructural —aquel por debajo del cual la capacidad productiva potencial de un país no permite llegar—, puede variar mucho dependiendo de la estimación, pero está a buen seguro muy por encima del 8% en el que estaba la tasa de desempleo en España en 2007. Esto sugiere que no sólo queda muchísimo por hacer en el mercado de trabajo sino también con otras reformas. Otros países como Francia, donde el paro ya sube por encima del 10%, se encomiendan a cambios similares. También con contestación. Necesitamos más análisis y más didáctica. Destruir y criticar es más fácil que crear y avanzar.