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OPINIÓN

México no reacciona

Las reformas estructurales abordadas, a pesar de los apoyos conseguidos por el presidente Peña Nieto, no acaban de dar sus frutos

El crecimiento de la economía de México durante las tres últimas décadas ha sido demasiado lento, en promedio del 2,4%, y la productividad casi inexistente. Insuficiente para generar la esperada prosperidad. Las zonas de economía informal siguen siendo cuantitativamente importantes, al tiempo que la desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza constituye una permanente amenaza no solo a la estabilidad económica, sino a la cohesión social y a la reducción de la violencia.

Las reformas estructurales abordadas, a pesar de los apoyos conseguidos por el presidente Peña Nieto, no acaban de dar sus frutos. Esa intensidad reformista (en el sector energético, la educación o la fiscalidad) empieza a generar cierto escepticismo. Aquel acuerdo histórico de 2012 con el que echaba a andar el gobierno recién elegido, apoyado en otras formaciones políticas, el denominado “Pacto de México”, se presenta agotado. Y quizás una de las manifestaciones más expresivas sea la falta de confianza, la atonía del consumo de las familias y la lentitud inversora.

Es verdad que a diferencia de otras economías de la región, la mexicana no presenta desequilibrios macroeconómicos importantes, especialmente los que en el pasado la llevaron a serias dificultades en su endeudamiento con el exterior. Por el contrario, las reservas internacionales son suficientemente abultadas. Tampoco la inflación es preocupante, mantenida en niveles históricamente reducidos, por debajo del 3%.

Pero la evolución de los pecios del petróleo no ayuda precisamente a suavizar los impactos contractivos y sociales de los recortes presupuestarios. En realidad, el descenso en el precio de esa materia prima ha supuesto un serio obstáculo a la propia reforma energética, a la desaparición del más de 75 años de monopolio en este sector. La todavía excesiva dependencia de esas rentas provenientes de los hidrocarburos no ha permitido alcanzar los ingresos públicos anticipados (representan una tercera parte de los ingresos del estado) ni las tasas de crecimiento económico previstas. El Banco de México no prevé que en este año el PIB crezca más del 3% en el mejor de los casos, en el mejor de los casos lo mismo que el pasado. Las decisiones de política fiscal adoptadas tampoco han favorecido la recuperación del crecimiento económico.

En el corto plazo, ni la evolución del precio del crudo ni las decisiones de política monetaria que adoptará EE UU, favorecerán la intensificación del crecimiento económico. La dependencia del vecino del norte sigue siendo importante, pero será en los próximos meses cuando esa influencia deje señales menos favorables, incluidas las asociadas a la reducción de la dependencia estadounidense de las importaciones de petróleo.

A medio plazo esa economía registrará los efectos favorables de algunas de esas reformas acometidas. Pero una de las más importantes, la educativa, esencial para reducir los niveles de desigualdad, tardará en aportar dividendos suficientes. Mientras, los recortes en partidas de gasto social no favorecen precisamente el freno al descontento.

Ese insatisfactorio panorama de crecimiento y el correspondiente al balance de las reformas no debería neutralizar la intensidad de algunas de estas últimas. En particular las destinadas a fortalecer la calidad de las instituciones. Y a reasignar los resultados del crecimiento a la cohesión social y a la reducción de la pobreza, que alcanza a 53 millones de ciudadanos. México es otro de los ejemplos de la necesidad de contar con la complicidad del crecimiento cuando se tratan de abordar reformas estructurales, en mayor medida si algunas de ellas tienen un sesgo contractivo, debilitador de la confianza de la mayoría de los agentes económicos. La inclusión es la condición necesaria de políticas de alcance en economías con una larga tradición de desigualdad.

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