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NEGOCIOS

Las incógnitas turísticas

La estructura del mercado turístico no acaba de despejar las incógnitas planteadas desde los años sesenta

El turismo es un gran invento porque nunca falla del todo. La infraestructura comercial y hotelera española lo sabe muy bien; es posible que algunas temporadas sean peores, en ocupación y en ingresos, pero nunca serán tan malas que obliguen a drásticos procesos de reconversión, como los que han sufrido otros mercados. Hasta ahora la demanda, al menos en los países de cabecera (España es uno de ellos) un ha sufrido depresiones persistentes. En 2015 las previsiones turísticas empujan a un optimismo que se repite cíclicamente, causado en este caso por el atisbo de recuperación europea y la presión de los visitantes británicos sobre todo. Si en 2014 se registraron 65 millones de turistas, en la temporada actual puede superarse esa cantidad y el negocio hostelero y de servicios puede beneficiarse además de un moderado repunte del turismo interior. Sí, los españoles van a gastar este año más en viajes y en consumo fuera del hogar.

Pero el caso es que la estructura del mercado turístico no acaba de despejar las incógnitas planteadas desde los años sesenta del siglo XX (monocultivo abusivo de la oferta de sol y playa, incapacidad de la infraestructura de servicios para ofrecer opciones para viajeros con mayor capacidad de gasto) y, además, se enfrenta a problemas nuevos (captar turistas de países que, por así decirlo, irrumpen en el mercado de ocio, como China o los países árabes, quizá América Latina). El modelo de sol y playa tiene consecuencias, como es sabido: falta de renovación de las infraestructuras; baja capacidad de gasto de los turistas y masificación que tiende a desbordar los límites de las no demasiado boyantes estructuras de servicios; y dependencia de grandes oleadas de viajeros que suelen ser, por razones obvias, más sensibles a los episodios de recesión.

Las expectativas de un buen año turístico no debería ocultar la persistencia de acusadas disfunciones en el mercado. La renovación de las infraestructuras (alojamiento, restauración) ya no es un objetivo que pueda demorarse; exige urgencia para captar a los turistas de nuevas procedencias. Es probable además que se haya llegado a la saturación inmobiliaria en la costa; ya no es posible edificar más en el litoral salvo que se quiera eliminar cualquier atractivo local para el viajero al que se quiere atraer. Ha pasado el tiempo de impunidad para ls desmanes urbanísticos. La rentabilidad tiene que proceder de un aumento de la calidad de los servicios y de nuevas ofertas de ocio. La cuestión es si los agentes que participan en el mercado turístico son conscientes de la necesidad de este cambio y están en disposición de ejecutarlo.

En España no se ha desarrollado debate serio y continuado sobre el modelo económico. Esta es una de las razones (aunque no la principal) por las que el crecimiento sufre del eterno retorno a la construcción y al turismo. Son actividades que permiten el subempleo, los bajos salarios y una gran capacidad de reacción a las puntas o a las depresiones de la demanda. Con todo, el turismo es una actividad con mayores posibilidades de valor añadido (si se excluye la especulación inmobiliaria) que el ladrillo. Por muchas razones, entre las que cabe citar la imagen exterior del país, la diversificación de una fuente de riqueza que otras naciones (EE UU, Francia, Italia) no desdeñan, sino que miman, y por el poso de ayuda a la industria auxiliar que deja, este Gobierno o el que venda debería proponerse la elaboración de un Libro Blanco sobre el Turismo en el que intervengan todos los actores del mercado. Siempre en el esquema general de un debate sobre el patrón de crecimiento, claro.

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