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LIBRO | ‘SALVAD LA INDUSTRIA ESPAÑOLA’

Políticas al servicio de la competitividad

El catedrático de la UPV enfatiza que el sector manufacturero debe tener mayor presencia

El cambio de modelo productivo que España necesita tiene forzosamente que apoyarse en varios pilares, entre los cuales la industria aparece como fundamental. Pese al proceso desindustrializador que se viene sufriendo en los últimos años y se ha descrito pormenorizadamente en esta obra, el sector secundario continúa teniendo un papel trascendental en la economía española, debido a su inigualable capacidad de generar, absorber y difundir todo tipo de innovaciones, así como de vertebrar el territorio. Es por ello que la promoción de la industria, la reindustrialización de España, tiene que formar parte esencial de la nueva etapa económica que se abrirá cuando se dé por concluida la crisis iniciada en 2008.

Naturalmente, no todos los subsectores de la industria tienen los mismos efectos multiplicadores en el conjunto de la economía y también es cierto que algunas ramas son más sensibles a los ciclos económicos que otras, siendo los bienes de consumo no duraderos los menos volátiles, mientras la fabricación de productos intermedios y bienes de capital o de consumo duradero resultan más afectados por la coyuntura económica. Pero queda claro que "sin industria no hay país" y que todas las especulaciones que se vienen aireando en las últimas décadas sobre la terciarización económica suelen olvidar que una sociedad de ese tipo sólo es viable cuando se apoya en una sólida actividad industrial.

En otro capítulo de este libro se describen los cuatro grandes desafíos de la industria española (productividad, competitividad, tecnología e innovación, internacionalización) y no es cuestión de repetir aquí los detalles. Pero sí conviene insistir, siquiera brevemente, en la trascendencia que tienen en un sector sobre el que debe erigirse el nuevo modelo productivo de la nación.

En el caso español, la dimensión de su industria y los recursos del país vienen demandando un fuerte incremento de la productividad, un objetivo cuyo alcance exige reformas de naturaleza varia, desde los contenidos de la negociación colectiva a un decidido esfuerzo de diversificación del sector secundario. Suele decirse que la diversificación industrial es más fácil conseguirla en los grandes países (Alemania y Francia son ejemplos europeos de industria diversificada) pero también pequeñas naciones, como Bélgica o Austria, cuentan con una industria de ese tenor. Para ello es imprescindible contar con una mano de obra muy especializada y preparada para trabajar en sectores de alta tecnología y fuerte crecimiento. Y, por supuesto, con una verdadera estrategia de Estado para la industria manufacturera.

Lo peor sería favorecer las tendencias al repliegue sobre las habilidades productivas tradicionales, ya suficientemente intensas en la sociedad. Por el contrario, se requieren actuaciones para diversificar la estructura productiva hacia segmentos intensivos en conocimiento, no sólo mediante apuestas de las autoridades públicas, sino también desde la iniciativa privada. Hace falta una cierta masa crítica de proyectos empresariales para complementarla con apuestas concretas en sectores de claro futuro, como las biociencias, las nanotecnologías, la domótica, etcétera, sin olvidar las disciplinas directamente relacionadas con las TIC.

La mejora de la productividad no debería fijarse en términos de un objetivo único de lograr incrementar el peso de los sectores en los que la productividad crece más rápidamente, pues esta es una labor complicada que requiere tiempo. Las grandes diferencias de productividad entre empresas de un mismo sector indican que hay grandes ganancias potenciales de productividad dentro de cada uno de ellos, si las empresas más ineficientes convergen hacia las mejores prácticas. Una estrategia de esta naturaleza es, por otro lado, perfectamente compatible con la búsqueda de un modelo de crecimiento para la economía española en el que las actividades intensivas en conocimiento ganen peso frente a los sectores tradicionales.

El desafío español consiste en conseguir la mejora de la competitividad global del sector industrial, para lo que es preciso apoyarse en las ventajas competitivas de las empresas. Para ello se requiere una política macroeconómica sensible a las necesidades de la industria y de la inversión productiva, y unas medidas de carácter directo del lado de la oferta (ajuste del aparato productivo, mejora en la asignación de recursos, etc.). En definitiva, "hay que industrializar la política económica". La industria española necesita, además, del amparo de un amplio consenso por la competitividad, porque hoy en día no se concibe una política industrial que no esté diseñada y aplicada conjuntamente por los poderes públicos y el sector privado. Una competitividad que debe pivotar sobre cuatro pilares clave: la innovación, el conocimiento, la internacionalización y la sostenibilidad.

La corresponsabilidad de los sectores público y privado en mejorar la financiación de la I+D+i es otro objetivo relevante de la industria española. La Gran Depresión que comenzó en 2008 ha ejercido en todo el mundo un impacto considerable en las políticas públicas de Ciencia, Tecnología e Innovación. En los países más desarrollados se ha pasado a coordinar la política industrial y la política de innovación para promover la demanda a través de la apertura del mercado creando así oportunidades innovadoras para las pymes. Para ello, en España resulta imprescindible que los responsables de la política de innovación tengan conocimiento de las necesidades y limitaciones de las pymes en este campo, así como las fortalezas y debilidades de la relación de estas empresas con los demás actores del Sistema de Innovación.

Para lograr estos objetivos, la industria española debe alinearse con la de países europeos más avanzados y aumentar su peso en la actividad económica nacional, aprovechando también los nuevos aires que por doquier empujan a la política industrial para hacerla más activa. Para ello, la manufactura no parte precisamente de cero. Por el contrario, hay sectores que se muestran extraordinariamente dinámicos y muy integrados en las redes internacionales de producción, habiendo sido capaces de mantener sus cuotas en el comercio mundial del sector, a pesar de la intensa competencia proveniente de naciones menos desarrolladas. Y existen otras indudables fortalezas en materia industrial que conviene recordar para evitar cualquier inclinación fatalista.

En definitiva, la industria española no está urgida por la creación de lo que tradicionalmente se ha conocido como "los campeones nacionales", sino por la articulación de sectores capaces de producir bienes competitivos en los mercados internacionales. Este es, sin duda alguna, el camino acertado de la reindustrialización que España necesita para mantener el nivel de vida que caracteriza a los países del primer mundo. Un camino que, para transitarlo, exige abordar reformas en diversos ámbitos, como veremos a continuación en materia de mercado de trabajo, formación, tamaño empresarial, emprendimiento y política energética.