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Europa mete presión a Draghi

La Comisión alerta de los riesgos de la baja inflación y la fortaleza del euro para la recuperación

El Eurogrupo debate los efectos del nivel de precios y del tipo de cambio

Draghi y los ministros de Economía de Irlanda y Finlandia, este lunes en Bruselas.rn rn
Draghi y los ministros de Economía de Irlanda y Finlandia, este lunes en Bruselas. reuters

Cuando Bill Gates entra en un bar todos los parroquianos se vuelven estadísticamente millonarios; con la llegada de Gates, su renta per cápita se eleva de forma exponencial. La Comisión Europea presentó este lunes sus previsiones de primavera, en las que destaca ese mismo efecto Bill Gates: la recuperación se afianza en el continente —aunque sigue siendo tímida y apenas da signos de mejora en lo laboral—, pero la salida del túnel va por barrios. La fractura norte-sur es cada vez más profunda.

Bruselas rebaja la previsión de inflación al 0,8% para este año

La economía europea cuenta una historia de dos reactivaciones: Alemania y sus satélites viven una crisis estupenda; la periferia, a la que Francia e Italia empiezan a acercarse en algún capítulo, presenta cifras más grises, un alivio desesperadamente lento y un horizonte cargado de nubes. Tanto esos pronósticos de la Comisión como la reunión del Eurogrupo giraron en torno a algo parecido a meter un dedo en el ojo del jefe del BCE, Mario Draghi: el Ejecutivo comunitario y los socios del euro alertan de los efectos del largo periodo de baja inflación que viene, y del fuerte tipo de cambio del euro, sobre la recuperación de baja intensidad europea.

Dentro de esa macedonia confusa que son las previsiones de la Comisión cabe espigar media docena de cifras. La recuperación toma cuerpo (la eurozona crecerá el 1,2% este año y el 1,7% en 2015), pero esos números siguen lejos de los de EE UU. “La reactivación ha echado raíces: los déficits bajan, las inversiones repuntan y lo más importante, la situación del empleo comienza a mejorar”, subrayó el vicepresidente económico, Siim Kallas.

Frente a ese lenguaje sedante, el informe admite que la salida de la crisis está plagada de obstáculos, desde las dudas sobre la banca hasta los efectos de la desaceleración de los países emergentes, la crisis ucrania o la futura reestructuración de la deuda en Grecia. Y llega por fin a Europa tras una cura de austeridad sensacional que ha provocado una doble recesión, pero llega prácticamente sin empleo (el paro apenas baja este año y el próximo; la media seguirá por encima del 11%, con picos dignos de gran depresión en Grecia y España), con la deuda pública disparada (rozando el 90% del PIB, al haberse aplicado recortes en plena recesión y por las ayudas a la banca) y con grandes dudas sobre el nivel de precios.

La Comisión es la última de una larga lista de instituciones internacionales obligadas a revisar a la baja las previsiones europeas de inflación, que no deja de dar sorpresas negativas desde noviembre. El índice de precios subirá apenas el 0,8% este año y el 1,2% el próximo, por debajo de los pronósticos de otoño y lejos del objetivo del BCE, ese “cerca del 2%” que Fráncfort incumplirá durante al menos dos años. Bruselas ni siquiera descarta el riesgo de deflación, que considera “muy lejano”. A las tensiones a la baja achacables a la débil demanda, los precios energéticos o los problemas en los emergentes se suma un euro fuerte que levanta ampollas en algunas capitales: Bruselas calcula que la apreciación de la moneda única en 2013, un 6%, restó tres décimas a la inflación. Eso es lo más cerca que puede estar la Comisión de presionar al BCE, que no acepta consejos de ningún tipo escudándose en su sacrosanta independencia.

Pero lo preocupante de esas cifras es lo mucho que difieren en Berlín o Ámsterdam respecto a las de Madrid o Atenas, y ya incluso a las de París o Roma: eso hace más difícil el papel del BCE y las recetas de política económica.

Alemania lidera una recuperación europea a dos velocidades

Justo antes de que explotara la crisis, en 2008, la Comisión publicó un extenso informe en el que presentaba el euro como un símbolo de unidad política y de convergencia económica (Éxitos y desafíos tras 10 años de UEM). Hoy los datos cuentan una historia bien distinta; explican con claridad por qué Europa está dividida en dos frentes: un grupo de acreedores capitaneado por Alemania al que le va estupendamente (Berlín crece al 2%, tiene un paro del 5%, un superávit comercial del 7% del PIB y la deuda pública cayendo al 70% del PIB) y un grupo de países que renquean aquí y allá: España, por ejemplo, tendrá un paro del 24% y una deuda pública del 104% en 2015, pero incluso las grandes economías se enfrentan a un camino espinoso. Francia crece la mitad y tiene un paro que duplica el de Alemania; Italia crecerá este año tres veces menos que Alemania y su deuda no bajará del 124% del PIB en 2015. Berlín ha conseguido imponer sus intereses y su particular lectura moral de la crisis, pero la situación de París y Roma anticipa nuevas batallas: Francia ha reavivado el debate sobre la necesidad de interpretar las estrictas reglas fiscales europeas con más laxitud, y encabeza la presión sobre el BCE para que cambie su política.

Los debates sobre la baja inflación y el imponente tipo de cambio del euro, aparentemente técnicos, esconden una guerra de guerrillas de alto voltaje político por las recetas económicas más adecuadas para esta fase de la crisis. Y, junto con la probable reestructuración en Grecia (otra discusión plagada de tecnicismos que esconden cuestiones políticas de gran calado), marcarán la agenda continental de los próximos meses. El primer ministro francés, Manuel Valls, dio un primer aviso de lo que viene el pasado fin de semana: el euro está “demasiado alto”, dijo, y requiere una política monetaria “más apropiada”. Berlín sacó este lunes las uñas y el portavoz de la canciller Angela Merkel, Steffen Seibert, aseguró que el tipo de cambio del euro “no es un asunto para los políticos nacionales, sino para el BCE, que no debe recibir consejos”. Los tratados desmienten al portavoz de Merkel: el euro concierne tanto a los países (artículos 119.2, 130, 138 y 219) como al BCE (si acaba afectando a la estabilidad de precios).

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