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Draghi pide a España bajar los impuestos y recortar el gasto improductivo

El BCE opta por reservar las medidas de estímulo pese a la fuerza de la recesión Draghi mantiene los tipos en el mínimo del 0,50% y deja sin gravar los depósitos de la banca

Mario Draghi, presidente del BCE.D. ROLAND (AFP) | VÍDEO: EL PAÍS-LIVE! (reuters_live)

La economía no se lee como una novela río, con su planteamiento-nudo-desenlace; se limita a dejar aquí y allá destellos, signos, señales de humo a través de datos estadísticos, encuestas y tendencias. El encargado de resolver ese acertijo —el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi— decidió este jueves ignorar la multitud de huellas que parecen conducir a la eurozona por el camino que lleva hacia una larga y profunda recesión. Pese a las expectativas que él mismo levantó hace un mes, mantuvo intactos los tipos de interés (tal vez el precio más importante de la economía: el del dinero), y sobre todo dejó para más adelante todo tipo de medidas extraordinarias para desatascar el lío en el que se han metido la economía, el sector bancario y el mercado de deuda de la eurozona. En la rueda de prensa posterior al Consejo del BCE, además, Draghi recomendó a España bajar los impuestos y recortar el gasto improductivo.

La crisis es cada vez más profunda. El paro sigue subiendo. La inflación está lejos del objetivo del Eurobanco. La periferia del continente presenta síntomas depresivos. Y el crédito no fluye a pesar de la política monetaria supuestamente expansiva del BCE. Pero Draghi sigue impasible, cómodo en el papel del más conservador de los grandes banqueros centrales. 

Hay que evitar las medidas fáciles, como las subidas de impuestos en países que ya tienen impuestos muy altos" Mario Draghi

El BCE reconoció que la recesión será más profunda de lo previsto: el PIB del euro, que lleva siete trimestres en negativo, caerá el 0,6% en 2012. Y la inflación cerrará el año muy por debajo del listón del BCE, en el 1,4%. Los datos cambian para mal, pero el discurso en Fráncfort se repite como una letanía: "La actividad debería estabilizarse y empezar a recuperarse a lo largo de este año, aunque a tasas moderadas", aventuró Draghi en la sede del BCE, en Fráncfort. "Miraremos todo muy de cerca y estamos listos para actuar; estamos abiertos a aplicar medidas no convencionales", remachó.

Listo para actuar y con apertura de miras: así lleva Draghi mucho tiempo, pero no acaba de apretar el gatillo, más allá de la bajada de los tipos de interés en mayo, que dejó el precio oficial del dinero en el 0,5% pero tuvo pocos efectos sobre la economía real. El problema es que su política monetaria no termina de funcionar. El sistema financiero europeo se ha fragmentado y en algunas áreas --básicamente, en la periferia-- la banca no sirve como correa de transmisión de esos bajísimos tipos de interés. El juguete se ha roto: el precio del dinero está en mínimos históricos, pero en países como España o Italia el crédito cae a toda velocidad, no se conceden préstamos --básicamente a las pymes-- o cuando se conceden es a tipos de interés muy elevados, a pesar de ese 0,5% que marca Fráncfort. Y así no hay forma de salir de la recesión.

Medidas en la recámara

El BCE lo sabe. Y prepara varios cambios en su caja de herramientas. La semana pasada amagó con explorar los tipos de interés negativos (la banca deja en la ventanilla del BCE el dinero que no usa, y el Eurobanco se plantea hacer pagar por ese depósito para estimular el crédito), pero esa posibilidad se aleja: probablemente era un farol para conseguir que el euro deje de apreciarse. Draghi explicó que el BCE se plantea también una nueva barra libre de liquidez, y lleva meses preparando medidas para reactivar el crédito a las pymes. Pero dejó caer un jarro de agua fría sobre esa posibilidad: está explorando medidas para titulizar créditos de las pequeñas y medianas empresas con el apoyo del Banco Europeo de Inversiones (BEI) para que los préstamos a la economía real vuelvan a fluir, pero "eso no llegará en el corto plazo", apuntó. En fin: ni tipos, ni medidas extraordinarias. "Los cambios experimentados en el último mes no son lo suficientemente claros como para actuar ahora", se justificó.

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Tras esa lacónica disculpa hay causas de fuerza mayor: Alemania no quiere ningún tipo de medidas extraordinarias a apenas un trimestre de sus elecciones legislativas, y el jueves era el peor día para desafiar el poderío de Berlín: el Tribunal Constitucional alemán fallará dentro de una semana acerca del plan activado el pasado otoño por el BCE para comprar bonos de los países con problemas a cambio de las condiciones de un rescate. Eso es todo: Draghi ya ha desafiado varias veces a Berlín, y la relativa tranquilidad en los mercados invita a la inacción, al menos hasta que pasen las nubes del Constitucional germano y las elecciones.

El problema es que mientras las pequeñas y medianas empresas del Sur tienen que cerrar o no pueden contratar por falta de crédito. Y que a cambio de la complacencia de Alemania, las quejas de la periferia están perfectamente justificadas: en la peor crisis de las últimas ocho décadas, el BCE es el único de los grandes bancos centrales que sigue empeñado en esperar y ver desde su torre de cristal de Fráncfort. La Reserva Federal estadounidense compra activos por importe de 85.000 millones de dólares al mes. El Banco de Japón doblará su balance en dos años. Esas dos economías crecen, mientras la eurozona, con toda esa fanfarria pesudomoral de la ortodoxia monetaria, fiscal y demás, sigue contrayéndose y engordando las listas del paro.

A preguntas de este diario, Draghi dejó al final de su rueda de prensa un recado para España: "Hay que evitar las medidas fáciles, como las subidas de impuestos en países que ya tienen impuestos muy altos. Hay que bajar impuestos y recortar el gasto improductivo", recomendó. "Si los países que han conseguido una prórroga de dos años para su objetivo de déficit no consiguen recortar el agujero fiscal y mejorar su competitividad en ese tiempo, los mercados no estarán contentos y el país que haga esto será castigado", advirtió siguiendo esa fábula moral, tan de moda en esta crisis, basada en que los pecadores tienen que pagar, y de eso se encarga el mercado.

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