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OPINIÓN

Los harapos de la peseta

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Para eludir la excesiva prima de riesgo de la deuda, España necesita a Europa (BCE). Para sanear algunos de sus bancos, parece que también (el fondo de rescate). Para obtener el apoyo de la UE, España debe ser creíble. Para ser creíble, debe rectificar ya los garrafales errores cometidos con su propio banco central. Unos errores que la retrotraen a la era de los harapos de la peseta, a antes de la unión monetaria, porque ha violado el espíritu y la letra del Tratado de Maastricht —que la configuró en 1991—, amén de su legislación doméstica.

En la segunda reforma financiera de este Gobierno, y sobre todo, en la crisis de Bankia, el Ministerio de Economía ha absorbido funciones propias del Banco de España. En efecto, las medidas de “intervención” y “sustitución” de las direcciones de los bancos en crisis —no otra cosa fueron la promesa de inyección multimillonaria de capital y el relevo de Rodrigo Rato— “se acordarán por el Banco de España, dando cuenta razonada” al Gobierno (artículo 32 de la Ley 26/1988, de 29 de julio sobre Disciplina e Intervención de las Entidades de Crédito). No fue así. Se quebró la ley.

Y al violarse la independencia del supervisor, se violentó Maastricht, que prohíbe al Gobierno (a todos ellos) darle “instrucciones” (artículo 7 del protocolo tercero, Sobre los Estatutos del Sistema Europeo de Bancos Centrales). Pero hay más. Si ese episodio hubiese ocurrido antes del examen de 1998 para el paso a la moneda única, España habría suspendido. Porque un requisito para aprobar era (artículo 109-J del Tratado) la garantía de la independencia de los bancos centrales que se iban a confederar: los Gobiernos se comprometían “a respetar este principio y a no tratar de influir” (artículo 107).

Hay que cumplir con Maastricht y nombrar un gobernador capaz de toser al propio Gobierno

No es un asunto de rábulas o leguleyos. La independencia de los bancos centrales fue y es una piedra sillar de la arquitectura de la unión monetaria. Que se discutió rabiosamente durante largo tiempo, hasta que Francia cedió frente a Alemania, como bien relata David Marsh en sus libros sobre el euro y sobre el Bundesbank. Y al cabo, la lección actual es que caminar como un cangrejo no otorga título de seriedad a quien pretenda galopar como liebre hacia una mayor y mejor unión económica y monetaria. Hacia más Europa.

Además, la prohibición al gobernador de explicar lo sucedido ante el Parlamento atenta contra el afán de la nueva Ley de Transparencia, al escamotear a la ciudadanía datos y versiones sustanciales. Supone un escandaloso acto de censura que mella la independencia, no ya solo de la persona, sino de la entidad que él encarna. Y retuerce también la legislación española, que impone a esta el deber (más que el derecho) de informar “regularmente a las Cortes Generales”, en el artículo 10 de la Ley 13/1994, de 1 de junio, sobre Autonomía del Banco de España, si bien por analogía, pues se refiere a la ejecución de la política monetaria.

Este rifirrafe acopia más enjundia. Un Ejecutivo que tanto exalta la “unidad del mercado” (español) debiera recordar que el Banco de España, nacido del Banco de San Fernando en 1856, no obtuvo el monopolio de la emisión de moneda hasta 1874, cuando la última carlistada y tras la insurrección cantonalista: hasta entonces competía con el Banco de Barcelona, en un mercado monetario fragmentado. Y no se configuró como banco central, como banco de bancos, hasta la ley Cambó de 1921. Debiera, pues, cuidar como oro en paño a los reguladores (además: Competencia, Energía, Telecomunicaciones, entre otros) que trenzan la unidad del mercado. Y no empañarlos.

Lo más urgente. Si el Gobierno desea rectificar el desmesurado intervencionismo y enviar a Europa un mensaje de europeísmo real, tiene una ocasión de empezar a hacerlo antes de que termine mañana. Nombrando como sustituto de Miguel Ángel Fernández Ordóñez en el Banco de España a una persona de perfil internacional; interlocutor con el BCE y el FMI; que se deba más a su propio prestigio que al dedo nominador; que, por independiente, se pueda permitir el lujo de desairar, si conviene, al propio Gobierno. Alguien como José Manuel González Páramo o como José Viñals. Ningún correveidile ni empleado.