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Análisis:Tragedia en el estadio

Algo más que una pasión

Recién aterrizado en El Cairo, aferrado aún a un precario árabe, cualquiera que pretenda afincarse en Egipto debe tomar una importante decisión. A la primera que monte en uno de sus desvencijados y eclécticos taxis y chapurree varias frases seguidas en áspero dialecto capitalino, deberá contestar a tres preguntas: nacionalidad, estado civil y equipo de fútbol egipcio preferido. Y no es una cuestión baladí. Definirte como hincha de uno de los dos grandes equipos que durante años han monopolizado el balompié puede hacer que tu viaje por las atestadas y caóticas calles de la capital termine paladeando un azucarado café con un nuevo amigo o que te bajen en la siguiente esquina y te tripliquen el precio de la carrera. Y es que el fútbol en Egipto es algo más que una pasión. Es una forma de vida y de pensamiento.

Durante años, la rivalidad -nunca exenta de violencia- se limitó a las dos grandes escuadras capitalinas. El Zamalek, considerado el equipo de la burguesía acomodada y el Ahli (Nacional), asociado durante décadas a los barrios proletarios. Fundado en 1911 por un abogado de origen belga llamado Merzbach, su primer nombre, Kasr al-Nil, hacía referencia a la orilla del Nilo en la que los primeros egipcios comenzaron a pegar patadas a un balón. Cuenta la leyenda que la pionera versión del fútbol más allá de las fronteras de China fue a orillas del Nilo y que la disputaban los obreros que trabajaban en las pirámides cuando ganaban algún tipo de permiso. El Zamalek creció a lo largo del siglo XX en la isla del mismo nombre que acogía las grandes villas de la corte del rey Faruk, de quien algunos aseguran que era uno de los mayores fans del equipo blanco. Pronto entró en dura competencia con el Ahli, considerado uno de los equipos más antiguos de África y el que más títulos atesora en este continente. Una rivalidad que ha llegado a obligar a la federación egipcia a contratar árbitros extranjeros para dirimir sus siempre duros partidos. En la primera década de este siglo, uno de los derbis cairotas acabó a los dos minutos de haber arrancado. En ese tiempo, el árbitro, llegado de un país europeo, tuvo tiempo suficiente para expulsar a una decena de jugadores entre los dos equipos.

Una pasión que arde igualmente en las gradas. Durante los años de la dictadura de Mubarak, el fuerte dispositivo policial evitaba la violencia. Alineados en las gradas, miles de policías y efectivos de los grupos antidisturbios formaban un muro que separaba a las dos aficiones.

Un dispositivo que los servicios secretos trasladaban a las cafeterías. Allí, la pasión de los egipcios por el fútbol compite con su adicción al narguile o shisha (pipa de agua), el té negro intenso y el backgammon o taula. Pero, cuando el balón rueda, todo se detiene. Es una cuestión de política y vida. Así lo cuenta Al Khamissi: "Intenté que [el taxista] se hiciera del Ahli, como yo, pero me dijo que el Zamalek iba cada vez peor y que necesitaba que estuviera a su lado; no como el Ahly que estaba en la cumbre y no necesitaba que nadie le animara".

-El Zamalek es como Egipto. Por eso tenemos que estar a su lado, para detener su retroceso.

-¿Y cómo podemos ayudarle nosotros?, le pregunté.

-Podemos ayudar a Egipto preparando a nuestros hijos para la guerra.

Javier Martín, redactor jefe de la agencia Efe, fue 12 años corresponsal de este medio en El Cairo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de febrero de 2012