Tribuna:Diez años de la moneda únicaTribuna
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La consolidación de la divisa europea

Mañana se cumplen 10 años de la entrada en circulación del euro. En su corta historia, el euro ha sido incuestionablemente un factor de estabilidad macroeconómica y de dinamismo en los países que lo hemos adoptado. Con él han mejorado la transparencia y la estabilidad de precios en nuestras economías y, por tanto, la eficiencia asignativa, el comercio, la inversión y el empleo. Por ello, a pesar de su juventud, la moneda única es ya desde hace años la segunda moneda de reserva del mundo y, lo que es más importante, un símbolo de identidad compartida para casi 330 millones de ciudadanos en 17 de los 27 Estados que formamos parte del proyecto de integración y progreso que supone la Unión Europea.

La demasiado lenta toma de decisiones en la UEM tiene que cambiar para evitar ataques especulativos

El camino hacia el euro comenzó en 1971, cuando se derrumbó el sistema de tipos de cambio fijos de Bretton Woods. Ya en aquel momento, los Estados miembros de la entonces Comunidad Económica Europea mostraron su intención de estabilizar los tipos de cambio entre sus monedas a través de un primer proyecto de integración monetaria denominado Serpiente Monetaria Europea. Desde entonces se sucedieron distintos experimentos que, con éxitos y fracasos, fueron convenciendo a los líderes europeos de que el progreso y la mejora del bienestar de los ciudadanos pasaban por profundizar en la integración política y monetaria. La consecución de una Unión Económica y Monetaria (UEM) en Europa, inscrita en el Tratado de Maastricht de 1992, se alcanzó con la introducción del euro como unidad de cuenta en 1999 en 11 Estados miembros, entre ellos España, y con su puesta en circulación en 2002.

Los 40 años de historia europea hacia el euro han sido años de avance y de progreso, aunque también se han producido crisis, frente a las cuales los Estados miembros siempre respondieron con más integración. En la actualidad vivimos uno de esos momentos. Desde el verano de 2008, la economía mundial en general, y la de la eurozona en particular, atraviesan la peor crisis desde los años treinta del siglo pasado. Hoy más que nunca conviene recordar que, sin el euro, la Unión Europea (UE) habría sufrido una crisis mucho más grave. La fortaleza y credibilidad de nuestra moneda única han amortiguado para los Estados miembros las turbulencias de los mercados financieros de una forma que, sin duda, no habrían hecho nuestras antiguas monedas nacionales.

El euro es un bien común, y nuestro presente y futuro pasa por fortalecerlo. La crisis de deuda soberana que afecta desde hace meses a algunos Estados miembros de la eurozona nos ha enseñado que, para lograrlo, es ineludible seguir construyendo los tres pilares sobre los que se deberá asentar la UEM en el futuro: la mejora de la gobernanza económica europea, la creación de un instrumento financiero suficientemente dotado y la flexibilización y simplificación de los mecanismos internos de decisión.

En relación con el reforzamiento de la Gobernanza Económica Europea, el Consejo Europeo confirmó el pasado mes de octubre su acuerdo sobre seis medidas legislativas cuyo objetivo es reforzar la coordinación y supervisión de las políticas económicas de los Estados miembros, de forma que se minimice el riesgo de acumulación de desequilibrios macroeconómicos excesivos y se garantice la sostenibilidad de sus finanzas públicas. La consolidación fiscal ha salido doblemente fortalecida, sobre todo a partir de los acuerdos surgidos de la cumbre europea de diciembre, donde los Estados miembros de la eurozona hemos alcanzado el compromiso, abierto a otros países de la UE, de incorporar en nuestra legislación básica un límite de déficit estructural primario que no podrá exceder el 0,5% del PIB nominal y de establecer sanciones automáticas para aquellos países que superen un 3% de déficit observable.

El último Consejo Europeo también ha reforzado los acuerdos relativos al instrumento financiero de que se han dotado los países de la eurozona, al acordar, por una parte, adelantar en un año la entrada en vigor del Mecanismo de Estabilidad Europeo (MEE), con lo que la capacidad de préstamo disponible se elevará como mínimo a 500.000 millones de euros a partir de julio, y por otra, un préstamo bilateral por valor de 200.000 millones de euros al FMI, que deberá animar aportaciones de otros países para instrumentar programas de asistencia a estos países si fuera necesario. La importancia de contar con un instrumento financiero como este no se agota a corto plazo con la solución de la actual crisis de deuda soberana, sino que se trata de un pilar fundamental en el diseño de la UEM a futuro. Así, en la medida en que este instrumento sea robusto y creíble, servirá tanto para desalentar posibles ataques especulativos como para contrarrestar eventuales shocks asimétricos que pudieran afectar a los miembros de la eurozona en el futuro. Y, además, el Consejo Europeo ha garantizado que no habrá reestructuraciones de deuda en el futuro, aparte del caso de Grecia.

En cuanto a la flexibilización de los mecanismos internos de decisión, la crisis actual también nos ha mostrado que el castigo que sufre la deuda soberana de algunos países de la eurozona se debe no solo a razones económicas, sino también políticas. El euro sigue siendo una moneda fuerte. En términos agregados, tenemos más ahorro y una mejor posición externa y fiscal que otras economías, como Japón, Estados Unidos o el Reino Unido. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en estas economías, la velocidad de adopción de decisiones en el seno de la UEM, sujeta frecuentemente a la regla de la unanimidad, ha sido demasiado lenta y ha restado credibilidad en ocasiones a las declaraciones de los líderes en apoyo del euro. Todo ello ha dado espacio a los especuladores y ha abonado el euroescepticismo en una parte del electorado europeo que sufre los rigores de la crisis. Esta situación debe cambiar. Se han dado pasos en este sentido (como la regla de la mayoría cualificada del 85% en el seno del MEE), pero deberá avanzarse de forma más decidida en el futuro.

El desarrollo de estos tres pilares sobre los que se deberá asentar la UEM en el futuro supone un paso hacia una mayor integración en el seno de la UE. Sin embargo, no hemos de olvidar que los Estados miembros tenemos también trabajo por hacer en materia de reformas estructurales dentro de nuestros países. Estas reformas son esenciales en un doble sentido. Por una parte, porque en el marco de la Unión Monetaria son, tanto más en épocas de consolidación fiscal, la única herramienta de política económica íntegramente en manos nacionales que permite impulsar la competitividad, la actividad y el empleo; en una palabra, el crecimiento. Por otra, porque, como proyecto compartido, una Unión Monetaria se basa en la confianza entre sus miembros, y la responsabilidad y el esfuerzo de cada uno deben ser también pieza fundamental en la construcción de esta confianza.

En definitiva, el euro es un bien común y nuestro futuro pasa por mantenerlo y garantizar su estabilidad. Ese es nuestro decidido compromiso, y para ello necesitamos una Europa cada vez más integrada y la realización de las reformas necesarias para afianzar la solidez de nuestra moneda común y la sostenibilidad de nuestro desarrollo económico. Esto no será posible sin el esfuerzo de todos los agentes que conforman el espacio europeo. Confío en que sepan estar a la altura de ese futuro que todos deseamos.

Elena Salgado ha sido ministra de Economía entre 2009 y 2011.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0031, 31 de diciembre de 2011.