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Tribuna:Diez años de la moneda única

En defensa del euro

Tengo colgada en una de las paredes de mi despacho en la Comisión la portada de El País del 2 de enero de 2002. El titular a toda página dice: "Los ciudadanos reciben el euro con euforia". Una fotografía refleja a un grupo de jóvenes mostrando con enorme satisfacción dos billetes de 20 euros. Diez años más tarde, recuerdo muy bien la ilusión con la que pagamos las primeras compras con la nueva moneda. Desde Finlandia hasta Atenas, ese simple hecho constituía un significativo paso adelante hacia una ciudadanía compartida. En una Europa donde a menudo nos lamentamos de la escasez de símbolos, los nuevos billetes y monedas representaban una novedad: podíamos tocar con la mano lo que los europeos somos capaces de alcanzar cuando avanzamos juntos hacia un objetivo común. Con el euro, podíamos llevar nuestra Europa unida en el bolsillo. Y en el caso particular de los españoles, el euro nos permitía por fin tomar el tren desde el comienzo del trayecto tras una historia que, en los siglos anteriores, estuvo llena de ocasiones perdidas y de aislamiento. También desde el punto de vista económico imperaba el optimismo. Además de las ventajas prácticas de poder cruzar la frontera sin tener que soportar las molestias del cambio de moneda, el euro llegó en medio de una situación económica boyante.

Francia y Alemania protagonizaron un error mayúsculo con el ataque al Pacto de Estabilidad

Cuando la crisis financiera se precipitó, en 2008, no se pudo ocultar más la realidad

Después de diez años, ¿qué juicio merece hoy el euro?

Quienes dibujan escenarios apocalípticos de ruptura de la Unión Económica y Monetaria, se equivocan de plano. El grado de interdependencia entre las economías de la zona euro es tan avanzado, y las consecuencias del fracaso serían tan dolorosas, que es prácticamente imposible imaginar que alguien fuese a inclinarse por esa opción. No hay más que pensar qué sucedería si hoy tuviésemos que capear el temporal de esta fase de la crisis pertrechados cada uno con nuestras respectivas monedas. Tormentas financieras, inflación creciente, tipos de interés reales elevadísimos... Por no hablar de las consecuencias políticas, partiendo de proteccionismo y de enfrentamientos entre países, incluso entre aquellos que forman parte del corazón de la Unión Europea.

Pero la crisis ha puesto también de manifiesto las insuficiencias que lastran a la moneda única desde su creación. Además, sabemos que se han cometido errores, antes y durante la crisis, especialmente con algunas decisiones contrarias a la lógica de la Unión Económica y Monetaria. Y los errores se pagan. Un error mayúsculo protagonizado por Francia y Alemania -sí, por los mismos países que ahora quieren monopolizar las decisiones- fue el ataque al Pacto de Estabilidad y Crecimiento en 2003. Esa rebelión, a pesar de que en 2005 se corrigieron muchos de los destrozos que originó, ha tenido consecuencias muy serias para la credibilidad del compromiso de los miembros de la zona euro con la estabilidad presupuestaria. Un segundo error, en este caso imputable a los países de la periferia -España entre ellos-, fue ignorar que las pérdidas continuas de competitividad, una vez que se ha renunciado a la posibilidad de devaluar la moneda nacional, conducen tarde o temprano a situaciones insostenibles.

Las advertencias reiteradas de la Comisión Europea y del Banco Central Europeo sobre los efectos perversos de tales errores cayeron en saco roto, mientras los gobiernos miraban hacia otro lado, engañándose a sí mismos y ocultando a los ciudadanos el tumor que iba creciendo en el interior de la zona euro. Cuando la crisis financiera se precipitó, en el otoño de 2008, ya no se pudo ocultar más la realidad. La crisis ha dejado al descubierto, de manera brutal, los problemas mal resueltos y las tareas no abordadas. Los mercados, que habían permanecido aletargados durante los años anteriores, ahora nos lo recuerdan todos los días a través de las primas de riesgo de la deuda soberana. En tales circunstancias, la disciplina presupuestaria es la medicina imprescindible, so pena de quedar prisioneros de quienes deben financiar el endeudamiento público. La quimera de que, por el hecho de compartir una moneda, pudiésemos quedar exonerados del esfuerzo necesario para solucionar nuestros propios problemas se ha desvanecido para siempre.

Junto a ello, también es ahora evidente que el exceso de endeudamiento privado es tan incompatible con el buen funcionamiento de la Unión Económica y Monetaria como el exceso de deuda pública, salvo que su financiación pueda realizarse en función del ahorro interno. Porque cuando los mercados se cierran, refinanciarse es tan difícil, o más, para las empresas que para el Tesoro.

¿Cómo superar esta situación? La salida de la crisis requiere, más que nunca, decisiones comunes. Ningún país de la zona euro puede lograr mejorar su posición actuando por su cuenta; y mucho menos haciéndolo de forma egoísta a costa de los demás. Estas decisiones no son un secreto para nadie: la puesta en marcha de un sistema que garantice la disciplina y la aplicación de las reformas estructurales necesarias, la creación de mecanismos de solidaridad -los famosos eurobonos- y la utilización de los márgenes de maniobra existentes en los países sin un nivel de endeudamiento excesivo para animar la demanda agregada en el conjunto de la zona euro.

¿Es eso lo que se está haciendo? Solo en parte. Se ha avanzado mucho en cuanto a disciplina; las decisiones que se han tomado estas últimas semanas para reforzar la gobernanza dentro de la zona euro eran, hasta hace poco tiempo, inimaginables. Pero a partir de este punto, la solidaridad y el crecimiento tienen todavía que encontrar un lugar prominente en la agenda común. Más allá de la importancia simbólica del euro, lo que los ciudadanos europeos quieren es que el futuro común les ofrezca estabilidad y prosperidad. Que vuelva el crecimiento y se recuperen los empleos perdidos. Que las oportunidades para los jóvenes aumenten de generación en generación. Que se corrijan las desigualdades y se eliminen los privilegios. Nuestra responsabilidad estriba en hacer que todos esos objetivos se vayan traduciendo en hechos concretos. Y hoy, como hace diez años, los europeos tenemos en nuestra moneda común un instrumento mucho más capaz que las antiguas monedas nacionales para alcanzar estos objetivos. Por un lado, porque el euro es el mejor catalizador de nuestra integración económica y política, sin la cual los Gobiernos europeos quedarán cada vez más a merced de los mercados y de la tentación de enfrentarse unos contra otros. Por otro, porque nuestra moneda es la tarjeta de visita de un bloque económico de al menos 330 millones de personas, cuya dimensión es la mínima imprescindible para avanzar hacia la realización de nuestros valores y defender nuestros intereses a escala global.

Son tiempos difíciles para el euro y para nuestra Unión. Los mercados expresan desconfianza y los ciudadanos sufren las consecuencias diariamente. Sería un error señalar con el dedo a la moneda común y pensar que es la causa de nuestros problemas. Tenemos que explicar a los ciudadanos que el euro no es el problema, sino una parte importante de la solución. Y cuando se alcance un consenso sobre esta idea tan sencilla y tan lógica, Europa habrá, una vez más, transformado una crisis en una oportunidad para continuar avanzando en su proceso de integración.

Joaquín Almunia es vicepresidente de la Comisión Europea.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de diciembre de 2011