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Eurodécada prodigiosa

No es probable que vuelva a registrarse un periodo tan favorable para el conjunto de las economías que comparten moneda como el que presidió la primera década de vida del euro. La emergencia de esta crisis y su particularización en los mercados de deuda pública de la eurozona puso fin a ese muy favorable balance de la operación iniciada el 1 de enero de 1999. Fue entonces cuando nació la moneda única, aunque empezara a circular dos años después. En mayo de 1998 se examinó el cumplimiento de las condiciones de convergencia nominal exigidas -que no de viabilidad de la unión, desafortunadamente- para acceder a la tercera fase del proceso de integración monetaria de Europa. Bajos tipos de interés y ausencia de riesgo de cambio eran algunas de las contrapartidas que las economías con una tradición menos rigurosa encontraron a esa cesión de soberanía monetaria; también el compromiso de convergencia macroeconómica con las más estables y respetables, especialmente Alemania.

Poco importaba que a partir de entonces fuera Fráncfort quien diseñara la política monetaria o que las devaluaciones dejaran de ser placebos con los que aparentar la recomposición de la erosión competitiva. Lo importante era participar de esa suerte de mutualización de ganancias de credibilidad que transferían las economías rigurosas y, de paso, educar a los agentes españoles, políticos incluidos, a conducir las políticas económicas hacia la competitividad y modernización. Estos serían los fundamentos del crecimiento de la productividad y, en última instancia de esa otra convergencia, la real, que aportaría el más rápido crecimiento del PIB por habitante.

Siempre y cuando, claro, los recursos financieros provenientes de países como Alemania, buscando mayores rentabilidades, se asignaran a proyectos verdaderamente modernizadores de la economía. Aquí fallaron Gobiernos e instituciones: se confió en que los mercados podrían llevar a cabo esas asignaciones de forma eficiente y las autoridades miraron hacia otro lado cuando el endeudamiento privado cabalgó hasta hacerse insostenible. Fue este excesivo apalancamiento privado, más que el endeudamiento público, el que abonó el terreno al arraigo de la crisis financiera americana en la eurozona. En esa larga década, ni las autoridades alemanas, ni las comunitarias, advirtieron a las españolas o las irlandesas, que sus sistemas bancarios estaban intermediando volúmenes de deuda poco sostenibles, no solo por la cuantía en relación con el tamaño de las economías, sino por la concentración sectorial de esos flujos de financiación.

Ahora habrá que acelerar tareas que se omitieron en esos diez años. Los países más endeudados, los considerados periféricos, asumirán políticas procíclicas que, lejos de favorecer la recuperación, van a contraer las posibilidades de crecimiento y a destruir más empleo. A cambio está la promesa de reducir la asimetría con la que nació la unión monetaria, definiendo otro horizonte de convergencia, en este caso fiscal, que permita en algún momento mutualizar las deudas públicas. Es probable que para cuando se alcance ese destino, las pérdidas de bienestar sean lacerantes. Compatibilizar crecimiento a corto plazo con saneamiento financiero a medio es la condición para que esta segunda década no sea la de la desafección.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0031, 31 de diciembre de 2011.