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COLUMNA

Corín, Rosemunde y Moliner

Amores casi imposibles y primeros amores que no fraguan, corazones partidos y besos furtivos junto a lagos solitarios, piadosas mentiras y sinceridades que se convierten en un torrente de lágrimas, sentimientos que no respetan las diferencias de edad o la estructura de las clases sociales, rencores de ancestrales familias que destruyen la pasión de la sangre joven, adulterios que no son tales y destruyen uniones matrimoniales llegadas a la nada en bellos caseríos sobre colinas cubiertas de hierba: son las realidades que giran en torno a la llamada novela rosa o romanticismo de mesa camilla. Todo es sentimiento y corazón. Y tienen un éxito enorme: María del Socorro Tellado López, Corín Tellado, es la autora en lengua castellana más leída después de Cervantes en el ámbito de los países hispánicos, y otro tanto ocurre en la geografía anglosajona con Rosamunde Pilcher, escritora británica, afincada en Escocia.

Las obras de la española y la británica fueron traducidas a varios idiomas y sus historias amorosas popularizas mediante guiones para la pantalla grande, o la pequeña de casa. Verdad es que esas narraciones acarameladas de amores y desamores tienen sus críticos y sus detractores, pero es verdad también que merecen un respeto, porque gozan de un éxito social innegable entre un determinado y numeroso grupo de lectores a quienes esas historias les sirven de acicate para la lectura. En el ámbito de la lectura, las historias del corazón disfrutan de un espacio merecido; en otros ámbitos, sin embargo, esas historias acarameladas resultan peregrinas.

Sin ir más lejos, ni abandonar las comarcas norteñas valencianas, la novela rosa está fuera de lugar como argumento para defender, en un estado regionalizado y autonómico, las decimonónicas diputaciones provinciales de aquí y de cualquier otro lugar del Estado, donde dichas instituciones se van viendo como innecesarias y como un gasto añadido en la Administración Pública. Puestas las diputaciones en tela de juicio, sus partidarios y beneficiados reaccionan de una forma peculiar. El presidente de la Diputación de Valencia amenaza con eliminar la consignación de aquellos diputados provinciales de la oposición que pongan en duda la eficacia o la existencia de la institución.

En Castellón, el joven Javier Moliner, no es tan rudo en la cuestión: el castellonense convoca a los alcaldes de la decimonónica provincia con un eslogan más propio de la inglesa Pilcher o la asturiana Tellado, que de un político eficaz y realista del siglo XXI: "Un corazón, 135 latidos". La convocatoria amorosa debió celebrarse durante la reciente campaña electoral, y la Junta Electoral decidió prohibirla por partidista, no por el romanticismo de mesa camilla de su eslogan. Ahora tendrá lugar con el patrocinio de Moliner, émulo aquí de Corín y Rosamunde. Aunque sea irrisorio confundir la novela rosa con caducas diputaciones, y apelar al sentimentalismo ante la falta de argumentos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de diciembre de 2011