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Muere en San Sebastián el último belga condenado por colaboracionista

Paul van Aerschod vivía en España con identidad falsa desde 1964

Dos esquelas publicadas en la prensa donostiarra el pasado sábado anunciaban el fallecimiento de Pablo Simons De Aerschot, con una fotografía en la que se veía a un anciano sonriente. Sus nietos le despidieron en una de ellas en euskera y francés. Como cualquier familia bien integrada, ofrecían información sobre el velatorio y el funeral. Bajo esa aparente normalidad se escondía la figura de un criminal de guerra que logró esquivar la condena a muerte por colaborar con el régimen nazi.

Bélgica tiene una tortuosa relación con su pasado, por una parte, de país ocupado por los nazis durante la II Guerra Mundial, y por otra de país productor de millares de colaboracionistas en el norte, por mor de la soñada ayuda de Hitler a las ambiciones separatistas de los nacionalistas flamencos, y en el sur, por simple filia fascista y anticomunista de los valones encuadrados en el movimiento rexista de Léon Degrelle, muerto en Málaga en 1994, al medio siglo de haber huido de Bélgica y encontrar la protección de la España de Franco.

El prófugo fue detenido en 2008, pero sus delitos ya habían prescrito

Ahora acaba de expirar en San Sebastián Paul van Aerschodt, a sus 88 años uno de los últimos seguidores vivos de Degrelle y último condenado a muerte en Bélgica por colaboracionismo que aún quedaba con vida. Su historia es de aventura, desafío, identidad falsa y eterna huida con momentos de gloria tan llamativos como el haber trabajado para Naciones Unidas, en su vertiente de Organización Internacional del Trabajo, como experto en turismo, o, según él llegó a decir, haberse reunido en Bolivia con el exjerarca nazi Martin Bormann, que llevaba una plácida vida de sacerdote redentorista, o con Klaus Barbie, El Carnicero de Lyón, luego condenado a cadena perpetua.

La muerte de van Aerschodt ha pasado prácticamente desapercibida en su país de nacimiento, aunque hace año y medio se arrojaron sobre él los focos al descubrirse que había sido detenido en 2008 en Bélgica, que los crímenes por los que había sido condenado en 1946 estaban prescritos y que había escapado de nuevo, raudo, a su refugio donostiarra, donde quienes llegaron a hablar con él le tuvieron que escuchar: "Sí, fui colaboracionista ¿y qué?".

Su colaboracionismo empezó a los 18 años, cuando se sumó a los rexistas para reclutar a decenas de miles de jóvenes valones que debían trabajar como voluntarios en la Alemania nazi. Su nombre de guerra era El Gran Rubio del Revólver y con él también denunció a unos 2.500 chicos que se resistieron a ese voluntariado, 20 de los cuales fueron ejecutados. Esas actividades, cuatro años de trabajo para los nazis y su adhesión a las juventudes hitlerianas le valieron una condena a muerte en rebeldía en 1946 y la privación de la nacionalidad belga, al año de haber huido ya a España con la derrota de Hitler. Su pasado se nubla a partir de esa fecha, con una aparente boda en España, la creación de una familia numerosa y una huida poco detallada a la Bolivia, que tanto cobijo dio a los nazis huidos. En La Paz abrió un restaurante con el nombre de Juan Pablo Simons, y allí vivió hasta regresar a España, en 1964.

El emparejamiento del nombre Simons con el de una van Aerschodt en un acta notarial de 2006 levantó las sospechas de veteranos de los servicios de información belgas dedicados en su vejez a la caza de criminales de guerra huidos. Sus complicadas pesquisas consiguieron que la policía belga le echara el guante al prófugo en 2008, en una de sus nada inhabituales estancias en Bélgica. Al juez no le quedó más remedio que constatar que sus crímenes habían prescrito en 1976 y que, a falta de imprescriptibles crímenes contra la humanidad de los que no estaba acusado, no había más remedio que ponerle en libertad. Antes de que llegara la orden judicial de libertad, Simons-van Aerschodft volvió a escapar, esta vez a Lille, para coger el tren que vía París le llevó a San Sebastián, donde ahora le ha alcanzado la muerte sin haber pagado por sus crímenes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2011