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El extremismo domina el debate de los republicanos

Los candidatos Perry y Romney compiten en descalificaciones a Obama

El mayor aplauso del debate electoral republicano del miércoles se escuchó cuando uno de los conductores recordó que Tejas ha ejecutado hasta hoy a 234 presos, un récord nacional. Rick Perry, que es gobernador de ese Estado desde hace más de una década, defendió con orgullo esa marca -"eso no me quita el sueño"- y otros apartados de su programa ultraconservador, en una noche que demostró hasta qué grado la influencia del Tea Party ha situado al Partido Republicano en la extrema derecha del espectro político de Estados Unidos.

El partido que se asomó a los ciudadanos en las pantallas de televisión es un partido que limita hasta el absurdo el papel del Gobierno, renuncia a toda intervención en la economía, niega la ciencia, es aislacionista, se cierra a la inmigración e incluso pone en duda el sistema político. Perry, el favorito entre los ocho que intervinieron, cree que hay que devolverle todo el poder a los Estados en asuntos como la sanidad y la educación, y se opone a los artículos constitucionales que permiten recaudar impuestos federales y la elección directa de los senadores.

Entienden que el hombre fue creado por Dios y proponen menos regulación

A lo largo del debate se escucharon no solo críticas despiadadas a la gestión de Barack Obama -cuya reforma sanitaria se comprometieron todos a eliminar en su primer día en la Casa Blanca-, sino promesas de mantener abierta la prisión de Guantánamo, construir un muro en la frontera con México, eliminar la educación pública y la seguridad social, acabar con los reductos federales en la medicina o ignorar las advertencias del cambio climático.

La solución a los problemas nacionales es: menos regulación, menos control, más libertad a las empresas y menos impuestos o ninguno en absoluto. Se rechazó mayoritariamente la teoría de la evolución porque, en su entender, el hombre fue creado por Dios. Se presentaron propuestas como la de retirar los policías de los aeropuertos y dejar la seguridad en manos de la compañías aéreas, o la de negarle al Estado toda autoridad en materia educativa y entregársela plenamente a las familias.

Uno tras otro de los que intervinieron competían en radicalismo y respaldo a la ortodoxia del Tea Party. Newt Gingrich aseguró que despediría al presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, en el primer minuto de su mandato. Michele Bachmann criticó la intervención en Libia por considerarlo un asunto que no concierne a Estados Unidos. Incluso un supuesto moderado con Mitt Romney, el segundo en las encuestas, aseguró que se acabaron las intervenciones militares en el exterior, excepto cuando los intereses norteamericanos se vean directamente amenazados. Solo Jon Huntsman, quien hasta hace poco fue embajador en China, mostró en el debate el rostro patriota del viejo republicanismo, y ayer advertía de que, con mensajes como los escuchados en la Biblioteca de Ronald Reagan, la oposición nunca podrá derrotar a Obama.

Pero Huntsman tiene un 1% de respaldo en las encuestas y es el último del pelotón de candidatos. Su presencia en esta carrera es meramente simbólica, la prueba de la marginación a la que gente como él ha sido condenada en este partido. La espiral radical parece incontenible. Perry no dudó en marcar distancias con el exvicepresidente Dick Cheney o con el consejero Karl Rove, que hace poco parecían los más duros conservadores y hoy se antojan dos dulces palomas cuando se les compara con el grupo que busca la candidatura republicana a la presidencia.

El establishment republicano y algunos analistas confían en que todo ese radicalismo continuará mientras dure la temporada de elecciones primarias y acabará el día en que haya un candidato electo. Esa es, en efecto, la tradición de la política norteamericana: ganar el respaldo de las bases con un mensaje radical y moverse después al centro en busca del voto mayoritario. Pero esa estrategia puede esta vez estrellarse con una realidad distinta. El Tea Party ha cobrado ya fuerza suficiente como para extender su influencia más allá de las primarias. Cuando surgió, en el verano de 2009, nadie pensó que todavía seguiría dictando la política de Estados Unidos al borde del otoño de 2011. Sin embargo, así es. Ninguno de los que intervinieron en el debate del miércoles podrá ganar la nominación sin el apoyo del Tea Party, y es difícil que puedan gobernar después en su contra.

Eso le da una posición privilegiada a Perry, quien el año pasado -probablemente, ya con su candidatura presidencial en mente- publicó un libro titulado ¡Harto!, que, en realidad, es un compendio de la filosofía del Tea Party.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 2011