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COLUMNA

La modorra

Es posible que el tradicional atraso del continente africano se deba al bochorno y la templanza de su clima, no exento de lugares fríos. La existencia al aire libre comporta una comunión placentera con la naturaleza, una flexibilización neuronal y la tendencia a dejar que la imaginación flote. La verdad es que el fulano europeo, sin ir más lejos, tuvo que espabilarse, matar animales de confortable piel para abrigarse y las veladas en la caverna, con los niños, cuñados y suegros por doquier, empujaban a buscar algo de soledad abrigada, con lo que no tenía otro remedio que ejercitar la inteligencia. Siempre he sospechado que Confucio era de un pueblo parecido a Ávila o Teruel y los talentos de nuestros clásicos tendían a recluirse en los madriles o ciudades y pueblos visitados por el cierzo.

Siempre nos quedará la siesta, pero dormirla no es una improvisación

Pero llega el verano, ante el que parte de la humanidad se defiende gracias al aire acondicionado, menos frecuente que la calefacción invernal. El calor sume en una oximórica sensación de inercia desasosegada que en días como los presentes o recientemente pasados nos clava en el rincón más oscuro de la casa con la sensación de tener tasado el aire para respirar.

Siea siesta, pero dorirla no es una improvisación ni está al alcance de todos. Los habitantes de países nórdicos, con excepción de Winston Churchill, no podían o sabían dormirla, pues requiere cierta experiencia personal, entrenamiento y constancia. Hay que ejercerla incluso en invierno, ser practicada desde la infancia y asumida como una actividad cotidiana y necesaria. Desconozco si en muchos sitios se impone a los niños esta costumbre, indispensable hace menos de un siglo, no solo entre las familias pudientes, sino en las escuelas rurales.

Otro asunto que ha cambiado la vida madrileña es la presencia humana en las calles. Apenas hay diferencia con otras estaciones, salvo que han reducido las líneas de autobuses por una decisión municipal que podría parangonarse con la desaparición de los mantones de Manila. Notamos el verano y la calor en las oficinas públicas, donde se acentúa la ausencia de funcionarios. Y en los hospitales. Es aconsejable no ponerse enfermo en plena canícula, pues los doctores titulares disfrutan del merecido descanso y tengo una amiga que asegura que las mujeres y hombres que circulan con batas verdes o blancas no son facultativos, sino parados, liberados sindicales o indignados a la deriva que se ganan unas pesetillas llevando al cuello un fonendoscopio de segunda mano. El personal forzoso suele estar de mal humor, con la mente en la mojada arena lamida por las olas. Hay cierta ficción en la tendencia a recurrir a los centros sanitarios y eso se descubre en la falta de pacientes cuando la jornada es soleada.

El concepto de veraneo sufre la devaluación de la ruina que nos señorea y lo que antaño fueron dos o tres meses se ha reducido a la decena de días. Drástico recorte que, por arte misterioso apenas se percibe en el denso bronceado de los regresados, fruto del sol, los rayos UVA o estancias en las paradas del autobús.

Se han escalonado las vacaciones y, poco a poco, los días son más breves. La noche -botellones aparte- recupera su sentido del reposo y nos recuerda que vivir habemus, la oficina espera y persiste la pausa en que nos invadirá la modorra tras el almuerzo de la que sacaremos las fuerzas precisas para continuar y remontar la crisis, soñando con que unas elecciones mejoren la triste condición en que vivimos. Si no, díganme cómo nos las vamos a arreglar. eugeniosuarez@terra.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2011