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Entrevista:EXTRAÑOS EN LA GRADA | IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN | FUERA DE JUEGO

"Me gusta la épica más mugrienta del fútbol"

Basta reproducir un breve diálogo con el escritor Ignacio Martínez de Pisón para entender por qué después del Zaragoza no hay nada.

-¿Le interesa algún otro equipo?

-Sí, el Zaragoza B.

-¿Y algún otro deporte?

-En otras épocas, el ciclismo. Ahora lo sigo menos. El baloncesto nunca me ha interesado demasiado. A su lado, el fútbol me parece más democrático. Permite triunfar por igual a deportistas altos y bajos.

A sus 50 años, Pisón acaba de publicar El día de mañana, novela polifónica en la que solo hay un personaje que jamás toma la palabra: su protagonista. Una estructura a lo Ciudadano Kane para viajar por el franquismo y la transición en busca de la sombra de un enigmático confidente de la policía. Al autor de Carreteras secundarias le gusta ver fútbol, pero también le gusta leer relatos y novelas sobre balompié: "Disfruté mucho con Saber perder, de David Trueba, y con Años sin tregua, una novela de Miguel Mena sobre el secuestro de Quini. De los autores, digamos clásicos, sobre fútbol el mejor para mí sigue siendo Osvaldo Soriano, cuyas crónicas sobre partidos de los pueblos argentinos más remotos son una auténtica delicia. En general, me gusta la literatura futbolística que habla de la épica más mugrienta del fútbol: campos de barro, viajes en autobuses destartalados... Yo mismo escribí hace años un relato titulado El fin de los buenos tiempos que tocaba esa épica menor del fútbol pueblerino".

Pisón vivió parte de su infancia en Logroño, donde su padre, militar, estaba destinado. Fue allí donde, por poco tiempo, dos equipos de fútbol, Logroñés y Zaragoza, dividieron su corazón. "Entonces el Logroñés estaba en Tercera y el Zaragoza en Primera, así que no me resultaba difícil ser de los dos equipos a la vez. El caso es que mi padre fue pronto destinado a Zaragoza y nos volvimos todos. El Logroñés consiguió por fin el ascenso y, mira por dónde, justamente ese año el Zaragoza bajó a Segunda. Ya no iba a poder ser de los dos equipos a la vez: tendría que elegir entre uno y otro. Recuerdo el día que fui con mi hermano mayor a La Romareda a ver el Zaragoza-Logroñés. Queríamos que ganara el Zaragoza porque esos puntos eran imprescindibles para el regreso a Primera, pero nos daba pena que el Logroñés perdiera. Mi hermano y yo salimos del campo unos pocos minutos antes del final, cuando el partido seguía cero a cero. Fue salir nosotros y oír los gritos de la gente: ¡Gol del Zaragoza! Y un minuto después, más gritos: ¡Otro gol del Zaragoza! Esos dos goles que por impaciencia no pude ver me convirtieron en un zaragocista completo. Por supuesto, el Zaragoza volvió a Primera al final de la temporada".

Afincado desde hace años en Barcelona ("me gusta planificar los viajes que hago a casa de forma que coincidan con algún partido interesante de mi equipo"), lamenta que la balanza de sus hijos, pese a ser de Barcelona, se incline por el Zaragoza: "Vista la situación de ambos equipos, no es la mejor herencia que les podía dejar. Pero el zaragocismo también les viene por el lado materno. Mi suegro, Luis Belló, fue uno de los entrenadores de la época de Los Magníficos".

Gracias a los cromos que salían en las chocolatinas, se aprendió de memoria alineaciones enteras de equipos, lo que ahora "sería incapaz de repetir": "Me da pena no haber guardado esos álbumes".

Cuando los días se tuercen, Pisón se guarda una receta futbolística solo apta para un zaragocista de pro: "Nuestro mejor recuerdo no puede ser otro que el gol de Nayim en la final de la Recopa contra el Arsenal. Sé de muchos que lo tienen grabado en vídeo y se lo ponen cuando están deprimidos para que les levante la moral".

Memorias de La Romareda

- "De los partidos que he ido a ver al campo, el que

me dejó el mejor recuerdo fue la final de la Copa que

el Zaragoza jugó en Montjuïc contra el Madrid y que acabó remontando gracias a un gol de Galletti. Mis peores recuerdos son, naturalmente, los dos últimos descensos. Después de un cuarto

de siglo en que el Zaragoza había estado más o menos plácidamente instalado

en Primera División,

me resultaba inconcebible que pudiera bajar a Segunda. Otro de los peores recuerdos fue un partido que vi

en La Romareda contra

el Barça a principios de

los noventa. A falta de pocos minutos, perdíamos por 1-6

y yo miraba a Stoichkov

y veía que no le parecía suficiente: iba a por todos los balones, disparaba con toda su furia a portería, se jugaba la vida en los remates... ¿Pero es que ese hombre no tenía bastante con los seis goles que nos habían metido?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2011

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