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COLUMNA

Maldición

Es nuestra tradición. Los españoles hablamos a gritos, cocinamos con aceite de oliva, somos morenos, juerguistas y trasnochadores. Pero eso no es lo único que llevamos escrito en los genes. Aquí, cuando 10 militantes de un grupo de izquierdas se convierten en 11, se escinden, las organizaciones consolidadas se enfrentan entre sí con mucho más brío del que despliegan contra el enemigo común y, cuando vienen mal dadas, el PSOE deja de ser un partido para convertirse en tres o cuatro.

Es como una maldición, un destino trágico, la trampa mortal a la que los socialistas se tiran de cabeza, generación tras generación, como si sintieran la llamada del abismo. Una vez, cuando la suerte de España estuvo en sus manos más que nunca, su partido fue la suma de tres distintos, el de Prieto, el de Besteiro y el de Caballero, que serían cuatro cuando Negrín asumiera el poder. Ahora que Zapatero ha renunciado a 2012, seguimos teniendo su partido, el de Rubalcaba y el de Chacón, aunque Bono se abalanza sobre los micrófonos cada vez que se reúne con Blanco, mientras los francotiradores se multiplican en los tejados. Para analizar las razones por las que tantos celebran la renuncia del compañero José Luis a un mes y medio de las municipales, hay que esperar a un columnista más inteligente. Yo, honestamente, no lo entiendo.

Tampoco creo que existan muchos países donde un líder derrotado en dos elecciones sucesivas, haya conseguido acorralar a su vencedor gracias a la entusiasta colaboración del partido en el Gobierno. El encarnizamiento parecería más lógico en el PP, donde ni siquiera se discute la sucesión de Rajoy el perdedor. Pero la derecha española también tiene sus propias tradiciones. La principal, paciencia y barajar. Saben que les basta esperar a que se manifieste la legendaria desunión de la izquierda para volver al poder.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011