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Editorial:

Secuelas del cataclismo

Fukushima no acabará con la tecnología nuclear, pero elevará las inversiones en seguridad

No se ha conseguido todavía controlar los reactores de la central nuclear de Fukushima, gravemente dañada durante el terremoto y tsunami del 11 de marzo. Y siguen emitiendo material radiactivo fuera de los recintos de contención, con una intensidad considerable en las cercanías de la central y menor en localizaciones más alejadas, aunque preocupantes por su afectación a alimentos y agua potable, además de haber contaminado las aguas marinas próximas debido al agua utilizada durante todos estos días para refrigerar núcleos y piscinas de almacenamiento de combustible usado. Los cadáveres de dos operarios, desaparecidos durante los primeros días de la catástrofe, aparecieron el sábado para subrayar la gravedad del accidente.

Pero las consecuencias de estos hechos no se limitan a Japón; sus efectos se están haciendo notar en todo el mundo, en particular en los países con industria nuclear. No parece que estos efectos vayan a acabar con una tecnología que está contribuyendo de forma significativa al suministro de energía no generada a partir de combustibles fósiles. Si se prescindiese de la energía nuclear, las renovables, aún con un fuerte apoyo público, no podrían reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles y al tiempo sustituir a la energía nuclear en un horizonte temporal próximo. Pero se iniciará un periodo de reflexión sobre las condiciones de seguridad y la localización de este tipo de plantas, junto con la conveniencia de desconectar los reactores que no cumplan condiciones exigentes de seguridad y su sustitución por otros más seguros.

Habrá un antes y un después de Fuku-shima. A ese cambio responde la propuesta del presidente francés, Nicolas Sarkozy, para una conferencia mundial de responsables de instalaciones nucleares para revisar las normas de seguridad en el sentido de hacerlas más rigurosas, y por tanto más costosas, y universales. La propuesta y su visita a Japón no son solo gestos de solidaridad con el pueblo japonés; responden también al interés de Francia en un sector en el que es líder, tanto por el papel que juega en su propio suministro eléctrico como por su potente industria nuclear.

El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) debería tener una presencia activa en la fijación de estándares técnicos que pudieran (y debieran, a riesgo de sufrir sanciones) ser adoptados por todos los países que apuesten por esta tecnología.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011