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Crónica:TENIS | Final del Masters de Miami

Djokovic no se detiene ante nada

Tras un tenso tercer set, el serbio vuelve a derrotar a Nadal y logra su 24ª victoria seguida

El tercer set fue de fuego. Se disputa la final de Miami. Rafael Nadal y Novak Djokovic se han repartido las dos primeras mangas. Hasta entonces se ha jugado mal y se ha competido bien; el sol ardiente y el viento cuchicheante han torturado a los tenistas; y los dos mejores jugadores del mundo han concluido que nadie está para filigranas, que nadie está para sutilezas, que el día reclama sufrimientos y sudores, jugar desde las entrañas. Terreno Nadal, casi siempre. Desde ayer, también territorio Djokovic: el serbio venció 4-6, 6-3 y 7-6 (4) en 3h21m, tras una manga definitiva que castigó a los dos jugadores y les vio discutir a dentelladas, zarpazos y tiros.

Fue el cuarto torneo seguido ganado para el número dos del mundo. Fue su victoria 24, por ninguna derrota, en 2011, y su segunda remontada consecutiva ante el número uno, lento de piernas y diluido, igual que hace dos semanas, cuando perdió la final de Indian Wells ante el serbio.

El número uno, lento de piernas, jugó contra un tenista como un cohete

Mucho se decidió en el segundo saque: Nadal ganó el 45%; Djokovic, el 71%

Antes del encuentro, Francis Roig, el técnico que acompañó a Nadal en ese torneo californiano, desgranó las claves del partido decisivo de Miami. La sencillez de los mensajes reflejó la gravedad del problema: en Indian Wells, como en grandes tramos del encuentro de ayer, el número uno acabó desnaturalizado, sin poder imponer el patrón que le ha dado tantos éxitos, visto que Djokovic atacaba pronto su bola alta y neutralizaba con el revés su derecha cruzada, una de sus mejores armas.

"Rafa debe ser capaz de jugar todo el rato, tirando, sin esperar, yendo él por el partido", opinó Roig. "No debe irse para atrás. Si a Djokovic le das tiempo, estás perdido, acaba comiéndote. Rafa ha de tirar metido dentro de la pista. No se debe dejar echar para atrás por la zona del revés. Y el saque: no ganará la final con el servicio, pero sí debe sacar rendimiento en los puntos importantes, además de un puntito por game".

Hasta la tercera manga, muy pocas veces cumplió el español con esa hoja de ruta. Aculado contra la valla, cedió el gobierno de los puntos al contrario, hasta el punto de que sus juegos al saque superaron con frecuencia los 10 minutos, la medida de su castigo. Timorato desde el fondo, nunca igualó la agresividad y la decisión del rival. Penalizado por el servicio (60%) sufrió siempre (nueve bolas de break en contra) y fue castigado duramente: solo ganó el 45% de los puntos jugados con su segundo saque, frente al 71% del rival, que maquilló así su pobre jornada en el inicio de las jugadas (57%). Esa gestión de las oportunidades fue una de las cosas que decidió el partido. El resto estuvo en los gestos: el número uno estuvo un punto parado de piernas, que dicen los tenistas; el número dos fue un cohete, correcaminos de esquina a esquina.

Se compitió a chispazos y sin continuidad, igual que si los tenistas siguieran el guión marcado por las rachas del viento. Nadal, que estuvo a dos puntos de la victoria -6-4, 3-6, 6-5 y 15-30- sacó con 5-1 para ganar la primera manga, pero para entonces ya había salvado cuatro bolas de break. Djokovic, que tuvo instantes deliciosos, incluidos un par de puntos ganados con dos globos, amaneció respetuoso y con la alcurnia del rival siempre presente.

Nadal, sin embargo, le abrió demasiadas puertas. El serbio atacó la bola pronto y bien arriba. Tiró desde los dos lados, incomodando extremadamente al número uno, que no encontró valladar ni zona de descanso, diana contra la que dirigir sus tiros. Nunca, pese a ir perdiendo 5-1 en la primera manga, le perdió Djokovic la cara al partido. Que se mantuviera firme en ese set, que estiró hasta el 6-4, fue todo un mensaje: el número dos no llegó solo para pelear el título. Discutía, también, quién es hoy y ahora el mejor jugador de tenis del mundo.

La lista del ránking dice que es Nadal. El momento de juego y los enfrentamientos particulares, que Djokovic le persigue como un tiro: son 24 partidos seguidos sin conocer la derrota -26 si la cuenta arranca en 2010-, cuatro títulos en 2011 y dos victorias sobre el número uno en sendas finales. Nadal, competidor inigualable, tiene un crédito infinito, y afronta ahora la tierra, su territorio preferido. Djokovic, sin embargo, ruge y muerde, dispuesto a firmar un curso que entre en los libros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011